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Secretos árabes en el norte de Marruecos

De paseo por el barrio antiguo de Chefchaouen, donde todas las paredes están pintadas de celeste, abundan las especias y se habla más español que francés

Domingo 08 de marzo de 2015
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CHEFCHAOUEN (The New York Times).- Fue allá por el cuarto bis que la fila de la conga se retiró: una multitud de niños y adultos jubilosos, con pantalones harén y jeans, que serpenteaban por el patio espectacularmente iluminado de una kasba del siglo XVIII. Una banda francesa de punk gitano, Basta Paï Paï, rompía el escenario, sus miembros llevaban galeras y esmoquin con solapas de un rojo diabólico.

"Vous dansez bien, Chaouen", gritaba el líder de la banda, con el pecho desnudo, mientras el público saltaba en los asientos y alrededor de ellos. Era una noche de primavera en Chefchaouen, una ciudad recostada en las montañas del Rif en el norte de Marruecos, y parecía que una buena parte de sus moradores -en especial, los jóvenes- habían llenado la plaza. Cuando la banda anunció un tema de reggae, el público casi estalla.

"Intentamos que algo ocurra en Chaouen, desde lo cultural", comentó Karim Khlifi, uno de los organizadores del evento. "Nuestra misión es hacer que Chaouen sea conocida en todo el mundo."

Foto: Corbis

Desde luego, Chefchaouen -o Chaouen, como a veces se la llama- ya es famosa por ser una ciudad muy pintoresca de fachadas azules. Dentro de las murallas de la antigua medina, casi todos los edificios están pintados en tonos de azul celeste intensos, los colores del cielo se yuxtaponen con las molduras blancas y los techos terracota. Senderos zigzagueantes de adoquines trepan en torno a la kasba donde predomina el ocre, pasan por un cementerio derrumbado donde pastan las cabras, hasta llegar a un paisaje de colinas verdes y cumbres, con un cielo ininterrumpido que se extiende más allá. Es como estar dentro de un cuadro de Chagall.

Establecida en el siglo XV, Chefchaouen fue el hogar de moros y judíos. Se dice que estos últimos comenzaron con la tradición de las fachadas azules hace generaciones y fueron parte del enclave marroquí español desde 1920 hasta 1956. Para quienes no hablan árabe aquí, el español sigue siendo más común, y más útil, que el francés, la principal lengua comercial de Marruecos. Y Chefchaouen continúa atrayendo a europeos, sobre todo españoles que en el verano descienden del ferry que cruza el estrecho de Gibraltar.

Pero a pesar de haber sido descubierta por los extranjeros, Chefchaouen conserva sus encantos nativos sosegados. Es un lugar de retiro, bucólico y de arte, a menos de tres horas por tierra desde la más bulliciosa y de mala fama Tánger, y es popular para el turista por las prácticas de excursionismo y montañismo los fines de semana, y las sumergidas en las cascadas para los lugareños.

Al llegar al atardecer, luego de transitar por caminos sinuosos de montaña, tras salir de Fez -a aproximadamente cuatro horas de allí- un fotógrafo, Ben Sklar, y yo enfilamos hacia el hotel Atlas, uno de los pocos lugares de la ciudad en los que se puede tomar una cerveza. (Si bien no es ilegal, el alcohol está muy regulado en Marruecos, un país musulmán.)

Al igual que muchos hoteles de aquí, anunciaba vistas de la montaña, aunque la escena en el lobby un poco pasado de moda también era sobrecogedora: un músico sentado ante un teclado, cantaba sobre las melodías de danzas de Oriente Medio sintetizadas, mientras los hombres bebían cerveza Casablanca a su alrededor. Además de los recitales y de las horas bebiendo té de menta en los cafés, así transcurre la vida nocturna local. El hotel Parador, más cerca de la medina, tiene un ambiente similar, pero atrae a más turistas, incluso una convención de motocicletas cuando estábamos allí.

Una mano amiga

Dejamos el coche cerca de allí, en una playa de estacionamiento vigilada por un encargado amigable por unos pocos dírhams la noche. No hay necesidad ni tampoco lugar para dejar el auto dentro de la medina, que es lo suficientemente compacta como para recorrerla a pie, aunque a veces la pendiente es elevada. Los petit taxis, como los llaman aquí, se congregan en la puerta de los principales hoteles para viajes cortos fuera de la ciudad o hasta la estación de ómnibus. (No hay trenes.)

Rumbo al estacionamiento, recibimos una breve lección de hospitalidad local, cuando nuestro SUV quedó atascado en un angosto callejón sin salida. Retroceder era imposible, aunque una docena de hombres nos apoyaban a que lo intentáramos, comunicándose en tres idiomas. Antes de darnos cuenta, y sin que lo pidiéramos, intercambiaron unas pocas palabras, rodearon el auto y, como una cuadrilla de superhéroes de la vida real, levantaron el auto. Lo dejaron a unos pocos metros más adelante, y pudimos salir. "¿Su primera vez aquí? ¡Bienvenidos!", dijo uno de nuestros rescatistas, saludándonos con la mano.

El ambiente apacible podría ser cultural o medicinal: Chefchaouen es también conocida por estar justo en el medio del país del hachís. Las montañas del Rif son el sitio de las vastas plantaciones de quif, o hachís, y no hacía ni una hora que estábamos en la ciudad cuando un hombre se nos acercó e invitó a visitar una. Le dijimos amablemente que no, y siguió su camino (los vendedores aquí no son cargosos como en otras ciudades marroquíes). A pesar de que fumar es técnicamente ilegal, aquí se juntan mochileros jóvenes y parejas de hippies; es una parada muy usada en la ruta global de la calma.

Aunque el solo andar por las calles de la medina es lo suficientemente relajante. A la vuelta de cada esquina, hay una toma digna de Instagram: bolsas de pigmentos con los colores del arco iris, para pinturas, debajo de una ventana con postigos azules; un vendedor exprimiendo naranjas frescas, con las cáscaras brillantes formando bucles alrededor de su puesto, en una plaza pequeña; un grupo de niños jugando al fútbol en los pasajes o deslizándose por las escaleras, llevando rondas de sfenj (roscas marroquíes) recién hechas en los brazos. A los lugareños no les gusta que les saquen fotos, pero no les molesta que admiremos su arquitectura o sus artesanías: se puede comprar un par de babuchas, hechas a medida en dos días, y los bereberes que habitan las aldeas de los alrededores son famosos por sus objetos de hierro y textiles.

Como un bereber

Las piezas están todas disponibles en las ferias alrededor de las cuatro babs, o puertas de entrada, de la medina, donde el regateo es de rigor, pero siguiendo el consejo de un conserje, nos detuvimos en un local de la calle con precios fijos. Allí encontramos a Fadal, un artesano octogenario, aún en actividad trabajando en su telar.

"Aparezco en fotos en todo el mundo", nos dijo en francés, mientras hilaba hebras de lana blancas y azules que formaban amplias mantas a rayas. Su hijo y aprendiz me envolvió con una tela, de modo que parecía un verdadero bereber, y completó mi atuendo con un gorro con pompón, y me fui con un montón de fundas de almohadas y mantas. A veces pagar el precio minorista tiene su recompensa.

Gracias a la afluencia constante de turistas que llegan por el hachís, abundan los hostales y el alojamiento económico en la ciudad, pero yo preferí Casa Perleta, administrado por una alegre y servicial española llamada Begoña. Como en los demás hoteles, estaba construido en torno a un patio central arbolado y decorado con muebles, adornos y faroles marroquíes. Nuestra habitación era fresca y sencillamente acogedora, con un sofá bajo en el área de estar.

El desayuno se servía en la terraza cubierta, una ladera de casas de color cian y azul prusiano se extendía delante de una profusión de aceitunas y aceite de oliva, fetas de queso fresco, jamón y bocados marroquíes, que incluían sfenj. Chefchaouen no se destaca precisamente por su cocina, la mayoría de la docena de restaurantes que hay sirven la misma combinación de tajines, albóndigas de cordero y sopa harira. En Chez Hicham cerca de la kasba, recomendamos la pastilla -masa de hojaldre rellena con cordero y cubierta con almendras tostadas- y se destaca la vista de las terrazas escalonadas.

Aunque la mejor comida fue a pocos kilómetros de la ciudad en Caiat, con su porche envuelto de vistas de la montaña, un tajín de cordero con pasas, y cerveza y vino en el menú. Este lugar, a cargo de una pareja de portugueses aventureros, es la parada de rigor para los montañistas de la zona. Cansados de las especias marroquíes, también fuimos varias veces a la Pizzería Mandala, un extraño lugar italiano en Chefchaouen, donde la carta incluye pizza de cuatro quesos, espagueti a la boloñesa y bife.

Al cruzar las puertas de la medina, hay más cafés y sandwicherías, seguí a los lugareños y caminé por la avenida Hassan II, el bulevar principal. Flanqueado por naranjos perfumados, termina en un placentero parque circular, en el que el canto de los pájaros compite con el llamado a la oración y grupos de adolescentes que se reúnen y comen papas fritas y dulces de los puestos callejeros. También se pueden conocer los parque nacionales de los alrededores, a los que se llega con el grand taxi (negocie el precio primero) si no se tiene auto.

Un domingo fuimos hasta una localidad de los alrededores a media hora de la ciudad para hacer una caminata en Akchour, con la intención de llegar a la estructura natural conocida como Pont de Dieu (Puente de Dios). El estacionamiento estaba repleto de minibuses y muchachos de juerga, como una fiesta sin cerveza. Familias jóvenes se metían en la pileta al pie de la montaña y hacían picnics junto a los arroyos. Un puñado de restaurantes servían bebidas en el borde del agua, los mozos llevaban tés de menta de a media docena.

Trepamos el sendero, seguidos de chicos que correteaban y, a medida que ascendíamos, por caminantes europeos con calzado resistente. El camino estaba bordeado de flores silvestres. Era una cuesta de 45 minutos, no demasiado extenuante, hasta el puente, un arco de piedra de casi 25 metros de altura. Ninguna guía de viaje ni consejo nos preparó para lo que encontramos allí: en lo alto, en una choza de ramas y barro, había -¡esperen!- otro café.

Tenía una mesa de madera y un banco de piedra cubierto con una esterilla. Detrás del mostrador de barro, se veía al dueño, Mohammed. Él mismo construyó su lugar de trabajo, nos explicó en español. Le llevó siete meses. El techo de paja se sostenía con ramas, y había un catre oculto en el fondo. Durante la última década, bajaba todos los días desde su aldea que queda cerca de allí, ofreciendo gaseventanaosas y dando consejos, en busca de claves perdidas en la roca y preparándose para el ocasional tajín para nadadores hambrientos, que hacen sus pedidos a los gritos desde el arroyo de abajo.

"Soy el jefe del Puente de Dios", exclamó orgulloso, ofreciéndonos tragos gratis y galletas. Contemplamos la vista de la campiña y el correr del agua en la cascada, dimos un sorbo a nuestro té y le dimos la razón.

Melena Ryzik

(Traducción: Andrea Arko)

Datos útiles

Dónde alojarse. Casa Perleta (Medina, entrada Bab el Souk, casaperleta.com, habitaciones desde 45 euros la noche, con desayuno incluido) es pequeña, hermosa y apacible, su gracia sólo combina con su agradable gerente, que brinda consejos sobre excursiones y datos culturales por igual.

Hotel Parador (Place el Makhzen, hotel-parador.com, habitaciones desde 480 dírhams la noche, a aproximadamente 9 dírhams el dólar) es bastante modesto, pero está muy bien ubicado en la base de la medina, posee bar y restaurante.

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