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Viaje en el tiempo a territorio de dinosaurios -La Rioja

Dos lugares extremadamente áridos de la provincia andina conforman un paquete ideal para aficionados a la paleontología y la prehistoria de todas las edades

Domingo 08 de marzo de 2015
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PARA LA NACION
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Sólo falta que ruja... o que gruña, bufe o brame. Lo que fuera que hicieran estos colosos durante sus andanzas por las selvas de helechos gigantes millones de años atrás. Silencioso, mira fijo a los visitantes mostrando los dientes mientras la cabeza asoma entre las ramas de un espinillo que se calcina bajo un sol digno del fin del mundo.

No es una escena de la película Jurassic Park, sino un encuentro cercano habitual en La Rioja, en el Parque Nacional Talampaya o en el Valle de los Dinosaurios, las dos máquinas del tiempo que existen en esta provincia de caudillos y olivares. Y no hay ningún cartel que diga Bienvenidos a Riojassic Park, porque alcanza con estas réplicas de los desmesurados habitantes de la prehistoria para sumergirse de golpe en un escenario con millones de años a sus espaldas.

Saurios en el cañadón

Unos 230 kilómetros y 250 millones de años, según la fórmula consagrada, separan La Rioja capital del Parque Nacional Talampaya. Caminar entre los famosos paredones de piedra rojiza pulida por ríos extinguidos en tiempos geológicos es como dar una vuelta por el Triásico, antes aún de los dinosaurios: ni siquiera se habían levantado los Andes. Las placas no habían chocado y las lluvias caían en abundancia sobre bosques y lagos. Un oxímoron de la historia: hoy Talampaya está entre los rincones más áridos no sólo del país, sino del continente.

Los guías que acompañan obligatoriamente las visitas al cañadón no siempre logran dar una verdadera imagen de aquella era: el tiempo transcurrido es tanto que resulta difícil plasmarlo en imágenes o comparaciones concretas. Además, el único testigo que ha sobrevivido hasta hoy tampoco será de mucha ayuda: se trata del ginkgo biloba, una esencia que se formó en el Triásico -40 millones de años antes de los primeros dinosaurios- y ha perdurado en las montañas del Lejano Oriente. No hay que buscar este venerable ancestro en el Parque Talampaya: no resistiría a las condiciones extremas -durante buena parte del año las temperaturas coquetean con los 45°C o más- y es mejor programar las visitas lo más temprano posible o al atardecer, cuando el sol ya está bajando.

El paseo por el Parque Nacional comienza en el Centro de Interpretación, donde se concentra el área administrativa, junto a una serie de sitios cubiertos para acampar (para protegerse del sol más que de la lluvia): desde este punto salen las visitas guiadas en pequeños buses hasta la entrada del cañadón.

Para aprovechar el tiempo mientras se espera el comienzo de la excursión, se puede seguir el Sendero del Triásico, un miniparque de réplicas frente al Centro de Interpretación. Es un paseo autoguiado que presenta, a lo largo de unos 250 metros y en orden cronológico, algunos de los bichitos que vivieron en la región de Talampaya, en el tamaño que se estima que tenían a partir de los fósiles encontrados. Las réplicas fueron realizadas por un grupo de artistas y paleontólogos que se encuentran en el otro Parque Triásico de la provincia, cerca de la capital.

Aquella era geológica duró unos 50 millones de años, suficiente para permitir una verdadera evolución de la vida. Hay un bestiario compuesto por anfibios, cinodontes (los abuelos más que lejanos de los mamíferos más primitivos) y arcosaurios (que conocemos muy bien gracias a algunos de sus descendientes: los yacarés y cocodrilos actuales, pero también las aves), así como otras especies que fascinan a los chicos a lo largo del Sendero del Triásico.

La geología al aire libre

Foto: LA NACION

La visita a Talampaya comienza en el lugar más emblemático: el cañadón, excavado por un río tan antiguo que ya no existe; sólo dejó sus huellas en la roca rojiza. Para el guía, y para sus oyentes, es como una clase de geología a cielo abierto: las formas mismas de las rocas permiten entender cómo se formó este terreno con sedimentos acumulados durante miles de millones de años, hasta que se levantó durante la formación de los Andes y volvió a erosionarse cuando la región se tornó árida. El trabajo del agua y el viento hicieron el resto.

Fotográficamente, el resultado es espectacular. En el fondo del cañadón, corre un poco de agua, y algunos manchones verdes de vegetación atraen a grupos de guanacos. A la sombra de los algarrobos, hay ñandúes y hasta algunas maras. El arca de Noé de la Patagonia está casi completa.

Durante el paseo se baja en cuatro ocasiones para caminar sobre pasarelas de madera, acercarse a las paredes de roca pulidas por el agua o subir a algún punto panorámico, como aquellos donde se puede ver el Tótem o el Monje, dos de las formaciones más reconocibles del parque: las torres de rocas más duras, que resistieron mejor a la erosión.

A lo largo de la visita, los guías aportan más y más datos: sobre los primeros habitantes de la región, que dejaron como testimonio petroglifos rudimentarios; sobre la superficie total del parque y su vecindad con Ischigualasto en la vecina de San Juan; sobre los algarrobos que resisten el clima al pie del cañadón y sirven de comedor a bandadas de loros, y sobre los fósiles que regularmente se encuentren en toda la zona.

Un valle prehistórico

Hay que volver a La Rioja capital y seguir la ruta 75, que bordea la Costa Riojana, para descubrir el otro nido de dinosaurios provincial. Apenas cruzadas las montañas que dominan la ciudad por el Oeste, y saliendo de un pequeño túnel, se llega a Sanagasta, la primera localidad de esta costa que no bordea ningún mar, sino otro cordón de montaña, la Sierra de Velazco.

Este parque está escondido entre los relieves de la región. Aquí María de los Ángeles Meza -lentes negros, gorro sobre la cabeza y botella de agua en mano- espera a los visitantes para acompañarlos a lo largo de un sendero que baja hacia un barranco, donde fueron ubicadas de la manera más realista posible una decena de réplicas. "En este mismo valle se encontraron muchos nidos fosilizados, con sus huevos. Fue un hallazgo bastante reciente: el tema surgió cuando algunos paleontólogos y geólogos descubrieron una gran mancha de rocas blancas o blanquecinas en imágenes satelitales de Google Maps, que los guiaron hasta este descubrimiento. No se pueden visitar los nidos ni decimos con precisión dónde están, justamente para preservarlos", explica María de los Ángeles, que es museóloga y llegó junto con su marido, Sebastián Pérez Parry, desde Trelew, donde ambos se formaron como técnicos paleontólogos para fabricar réplicas de dinosaurios a escala 1:1.

Una precaución antes de seguirla por el sendero: equiparse con una botella de agua bien fresca en el bar del centro interpretativo, porque en el fondo del barranco arden los rayos del sol. Mientras tanto, nuestra guía precisa: "Aquí estamos sobre terrenos del Cretácico, de hace 90 millones de años, que fueron erosionados y permitieron que los huevos salgan a la superficie luego de millones y millones de años en terrenos sedimentarios. El paisaje cambió mucho desde entonces, luego de la formación de los Andes, pero los dinosaurios que hemos construido son los que vivían en esta región".

Masticando plácidamente algunas hojas, vigilando el valle desde lo alto de un barranco, en busca de una presa o listos para atacar, los gigantes de fibra de vidrio exhiben un impresionante realismo: "Trabajamos con paleontólogos a partir de los fósiles encontrados en este lugar, así que pudimos recrear cada especie de la manera más fiel posible para la ciencia actual. Lo único que los científicos dejaron a criterio nuestro son los colores, aunque nos dieron indicaciones sobre cómo suponen que eran a partir de los animales que evolucionaron desde ellos, en particular los pájaros".

En otras palabras, estos mastodontes tienen el color del plumaje de los inocentes pájaros que hoy vuelan por el lugar buscando un poco de sombra.

En cuanto a los huevos, no se pueden ver allí ni en el valle, pero sí sus réplicas en los negocios de la zona o en el taller de María de los Ángeles y su esposo, situado en el centro interpretativo. Allí, además de las visitas y las réplicas, moldean huesos, fósiles y huevos a pequeña escala para vender como suvenires.

¿Por qué los dinosaurios venían a poner sus huevos en este lugar? María de los Ángeles concluye: "Pensamos que era una zona de mucha actividad volcánica, por las rocas que encontramos. Los huevos eran muy gruesos y necesitaban una fuente de calor importante para que los pequeños dinosaurios nacieran. Los padres los dejaban y el hidrotermalismo empollaba, por decirlo así, para ellos. Los huevos encontrados eran además todos de la misma familia. Son huevos de Titanosauridae, parecidos al Argentinosaurus que se encontró en Neuquén".

La ruta de los dinosaurios, lejos de terminar aquí, se prolonga por el resto del país y alcanza a San Juan, Neuquén, San Luis, Chubut y muchos otros destinos paleontológicos argentinos.

Datos útiles

Talampaya. La entrada cuesta $ 35 para residentes en la Argentina y $ 25 para residentes en la provincia. La excursión con guía en las combis de la empresa concesionaria del parque, Rolling Travel, cuesta $ 275 por persona y dura un poco más de dos horas. Hay descuentos para familias. Las excursiones salen cada hora hasta media hora antes del cierre del parque. El parque se visita de 8.30 a 17.30 en invierno y de 8 a 18 el resto del año. Se accede por la ruta nacional 150, kilómetro 144.

Sanagasta. La entrada general cuesta $ 20. El parque abre, de 10 a 18, todos los días. La visita acompañada por un guía dura unos 90 minutos y cuesta $ 35 por persona. Se llega por la RN 75 y la entrada está en el kilómetro 27.www.lariojaturismo.com

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