Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Una campaña condicionada por el peronismo

Eduardo Fidanza

SEGUIR
PARA LA NACION
Sábado 14 de marzo de 2015

Las repercusiones sociales y políticas del caso Nisman tienden a diluirse. Al contrario de lo que se pensó en un primer momento, pareciera que este suceso no constituirá un punto de inflexión que afecte decisivamente el escenario electoral. En cierta forma, la mayoría de los argentinos ya descontó el probable futuro: no cree que la Justicia pueda resolver alguna vez el caso. Esa opinión se completa con la creencia de que la Presidenta no hizo lo suficiente para ayudar a esclarecer lo que ocurrió. Sin embargo, eso no parece afectar su imagen, que vuelve a trepar a los valores que tenía hacia fin de año, antes de la muerte del fiscal. Por otra parte, las expectativas de la sociedad sobre la economía también tienden a recuperarse, esperándose menos inflación en el año que se inicia y descartándose una crisis severa en los próximos meses.

Estos datos no implican la consagración presidencial, pero muestran la fortaleza política relativa que el Gobierno conserva en el último trecho de su mandato. Cristina Kirchner quedó lejos del 54% de los votos y de una imagen positiva del 70% como a fines de 2011, pero retiene el favor de cuatro de cada diez argentinos. Eso, más la iniciativa política y el uso discrecional de los medios de comunicación y publicidad oficiales, le otorga plena relevancia a su liderazgo. Considerando esa solidez, los distintos archipiélagos que hoy conforman el peronismo evalúan sus próximos pasos procurando no cometer errores estratégicos en su relación con la Presidenta. En rigor, todos buscan descifrar sus gestos y están en vilo aguardando que manifieste sus preferencias.

Haciendo una lectura política de mediano plazo, podría interpretarse que la vigencia agónica de Cristina es, en realidad, una de las manifestaciones emblemáticas del vigor perdurable del peronismo. El politólogo Ernesto Calvo ha escrito estos días que el peronismo se encuentra en la fase de universalización, considerando, entre otros fenómenos, que los principales candidatos presidenciales están directa o indirectamente vinculados con él (un gobernador, un ex jefe de Gabinete, un ex vicepresidente), mientras que el único aparentemente independiente -Mauricio Macri- busca congraciarse con sus banderas. Lo cierto, por otra parte, es que la vigencia del discurso y de las políticas del populismo peronista, que expresa Cristina, condiciona fuertemente a los candidatos opositores, ya que el grueso del electorado es reacio a perder beneficios obtenidos en esta década, desde los planes sociales hasta la transmisión del fútbol.

La actitud relativamente conservadora de la sociedad consterna, por un lado, al 25% de votantes que quiere revisar el conjunto de la política kirchnerista y, por el otro, a los analistas críticos del oficialismo, quienes consideran que los logros del Gobierno se basan en falacias, que de no corregirse precipitarán al país a un abismo. El economista Jorge M. Streb hace una sugerente referencia a la discrepancia entre votantes y especialistas en un artículo reciente, donde ensaya un balance equilibrado de la política económica del Gobierno ("Evaluaciones encontradas sobre el desempeño económico argentino 2003-2013"). Partiendo de la relevancia del voto por razones económicas, concluye, con buen sustento bibliográfico, que el elector decide considerando el ciclo económico de corto plazo, mientras que el analista toma en consideración no sólo el ciclo, sino las tendencias a largo plazo. Si el criterio es el ciclo corto, argumenta Streb, los resultados son claramente favorables al Gobierno, aun utilizando estadísticas independientes. Así, el crecimiento económico, la baja tasa de desempleo y la mejora relativa del valor del salario en comparación con 2002 explicarían los éxitos políticos y electorales del kirchnerismo.

Este desempeño no garantiza, sin embargo, un nuevo gobierno peronista, aunque la suma del voto de los candidatos de esa tendencia es predominante. Hasta ahora, el justicialismo concurrirá dividido a las urnas, lo que debilita su fuerza electoral, compensando las chances de las otras candidaturas. Pero, acaso, lo más importante no sea eso a la hora de evaluar la vigencia del peronismo. Quizá su poder político no deba medirse solamente en votos, bancas, gobernaciones e intendencias, sino en la capacidad de supeditar a los candidatos presidenciales obligándolos, de algún modo, a ser o parecer peronistas, aun sin serlo. De esta forma, el peronismo como cultura hegemónica, casi obligatoria, pareciera constituirse en el legado de 70 años de dominación política.

Como dice metafóricamente Ernesto Calvo, "todos los caminos a la Presidencia están asfaltados de peronismo" y eso obliga a los competidores a buscar votos, discursos y políticas dentro de sus fronteras. No obstante, y a pesar de sus condicionantes, la política argentina encierra vitalidad y sorpresa, dando nuevas oportunidades a los que participan en ella. La parábola de la Unión Cívica Radical, cuya Convención tiene hoy en vilo a una porción importante de la sociedad, es un ejemplo de este fenómeno. Tal vez la vigencia del peronismo encuentre aquí y en otros espacios un límite y una compensación que tornen más equilibrado el futuro político de la Argentina.

En esta nota:
Te puede interesar