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Romagnoli, el rebelde: el ídolo de San Lorenzo que se mantiene vigente por su corazón

Nació en cuna de quemeros y transformó el sentimiento familiar por su pasión azulgrana; marcó un gol en el clásico y el símbolo de la victoria barrial; "El cariño que me da la gente lo devuelvo en la cancha", afirma

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LA NACION
Domingo 15 de marzo de 2015 • 23:59
Foto: LA NACION / Fabián Marelli
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Estaba rodeado. Asfixiado de fervor quemero. La familia (el padre, el tío, los primos), los amigos (los de la esquina, los de la plaza) volaban en Globo. Leandro era el rebelde de la familia. Leandro y Rita, su mamá, el primer tatuaje en el cuerpo tapizado de marcas sentimentales de la vida, cantaban otras canciones. Melodías nacidas en Boedo. Leandro, Pipi, desde pequeño, no andaba en globo: soplaba como un ciclón. Hubo un trabajo fino: día a día martillando su cabeza fresca y juvenil. Pipi, en realidad, lo único que quería era jugar a la pelota. El papá, el tío y los atorrantes de Villa Soldati, en las calles barrosas, en las casas bajas derretidas en humedad, todo el pequeño gran universo lo martirizaba. Y Leandro, firme, como una roca. "Siempre voy a ser de San Lorenzo ", cuentan que, alguna vez, frenó el último impulso de Atilio, antes de pisar el Palacio un sábado por la tarde.

Pipi era un 11 de los de antes. Inseparable de su viejo amigo, Juan Carlos Padra, aquel chico hábil, aunque algo discontinuo, que actuó en Huracán. Desde los cinco años en Franja de Oro, un modesto club de Nueva Pompeya, entre gambetas y sueños de primera. "Jugaba de once, bien de wing, como mi papá, que también fue jugador. Padra era el diez del equipo, el que manejaba todo; yo estaba más cerca del arco", le contó, alguna vez, a LA NACION, aquel chico convertido en ídolo. El campeón de la Copa Libertadores. El jugador azulgrana más ganador de la historia. La rúbrica del clásico contra Huracán, el guapo de barrio, el mejor del triunfo por 3 a 1. Con un gol, celebrado a corazón abierto. Con una falta que provoca el penal que cierra la tarde. Que abre la noche, esa que señala que "Boedo es carnaval". Su último tanto había sido el 19 de febrero del año pasado, un 2-0 contra Argentinos. No suele acabar su impronta en el arco rival. Se debía ese noble sentimiento, justo contra el lado oscuro de su luna. Contra parte de su propia sangre.

De Franja de Oro, ocho años después, Romagnoli cambia de barrio: al Bajo Flores, apenas a unas cuadras de su vieja casa. De la avenida Rabanal al 2000 y pico a la historia grande. Ya nadie ensayó una gambeta a su sentimiento: la familia saltaría una lágrima unida en cada una de sus vueltas olímpicas. Las tuvo todas en el Ciclón.

"Nos jugamos el barrio y la historia. Somos hinchas y sabemos lo que se siente. Había que ganarlo. Había que jugarlo a muerte", se confiesa, con la obra consumada. Detrás de las gambetas, voces con sustento. "El cariño que me da la gente lo devuelvo en la cancha. No tengo más palabras que ofrecer", se confiesa, recostado sobre unas de las paredes que conoce de memoria. Romagnoli es San Lorenzo: hasta con los ojos cerrados, debe encontrar la llave del estadio. Son más de 25 años recorriendo el mismo escenario. Inferiores, primera, Europa, México y vuelta a casa. Por eso, tal vez, se arrepintió de volar a Bahía: el calor sólo lo consigue en su tierra. Se quedó y levantó la copa maravillosa. Anduvo en el Mundial de Clubes. Vigente, apasionado.

"Una definición de colección. Se besa el escudo, el mismo que eligió desde pequeño, desfachatado, insolente ante el mandato familiar. "
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Así juega el clásico. Con gambetas, con dientes apretados. La desventaja temporaria es un desafío para Leandro: ahora es cuando aparecen los grandes. No sólo toma el balón: eclipsa el escenario. Contagia a sus compañeros, derrumba a los adversarios. Romagnoli, contra el mundo. Gana Romagnoli.

Una definición de colección. Se besa el escudo, el mismo que eligió desde pequeño, desfachatado, insolente ante el mandato familiar. "Pipi, Pipi", esgrime la tribuna pétalos de rosas. Amagos cuando los pases se abortan. Fantasía cuando las asistencias desaparecen. Sin aire, con el corazón en la mano, Romagnoli cae al vacío luego del golpazo de Vismara. El penal que define el clásico más desparejo que se tenga memoria. Justo él, el rebelde. El último 10 de barrio.

No puede más. A punto de cumplir 34 años (será mañana), el cuerpo exige el cambio, aunque la mente se queda a vivir sobre el Nuevo Gasómetro. Edgardo Bauza lo protege, un mimo al ego: sale a los 20 minutos del segundo tiempo, reemplazado por Pitu Barrientos. La ovación es espontánea: a veces, ganan los tipos buenos. Levanta el brazo, besa el escudo, agradece igual que alguna vez habrá hecho él con tantos ídolos. San Lorenzo lo extraña: no tiene la pelota y casi, casi, Huracán araña el descuento.

Nadie como Leandro puede cobijar la pelota, protegerla. Esconderla. Nadie como Pipi puede exhibir tamaño sentido de pertenencia. Quedan pocos. Adiós Verón, adiós Riquelme. Hay un par, es cierto, dando vueltas por nuestro firmamento. Romagnoli es único. "Hacía mucho que estaba esperando esto, jugar el clásico y ganarlo es una alegría para todos", señala. La alegría del rebelde con causa.

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