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Síntomas de la etapa postsocial de Internet

Sábado 21 de marzo de 2015
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LA NACION
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He publicado poco y nada en mi cuenta de Pinterest (www.pinterest.com). Me encanta el sitio y todo, pero tengo muy poco tiempo y, de hecho, no había subido nada durante los dos últimos años. Por lo tanto, y como dicta una ley de hierro de las redes sociales, casi nadie empezó a seguirme allí. Si no publicás, no existís. Simple.

Pero de pronto, y sin que hubiera hecho nada, el smartphone empezó a indicarme que tenía nuevos seguidores en Pinterest. Es más, me puse a subir imágenes, porque me daba un poco de vergüenza que tantas personas vieran el total abandono de ese perfil.

Mi cuenta de Instagram, mucho más doméstica e intimista que la de Twitter, también empezó a sumar seguidores desde hace unos 3 meses. Y sólo he publicado 7 fotos en las últimas 11 semanas.

Muy raro. Algo estaba pasando.

Me concentré en las fechas en las que arrancaron estas inexplicables adhesiones. Fue para las Fiestas, cuando solemos hacer un balance que alcanza también a las redes sociales. Le damos una lavada de cara a nuestras líneas de tiempo y empezamos a seguir a otras personas (y dejamos de seguir a otros). Había detectado este fenómeno cada fin de año. Lo extravagante aquí era que esto ocurriera en cuentas con casi nada de actividad.

De vuelta a la Web

Y estaba pasando algo más. Las redes sociales desplazaron hace mucho al correo electrónico de las primeras lecturas de la mañana. En muchos casos tomaron el lugar del diario o la tele. Nos despertamos y miramos Facebook. Los más inquietos vamos a Twitter. Una dosis de Instagram antes del desayuno nunca viene mal. Pues bien, en algún momento del año último empecé a sentir que esas redes sociales ya no surtían el mismo efecto. Una frase, que anoté en mi cuaderno de ideas, se repetía a diario: "Necesitamos una nueva red social". Las súbitas e inexplicables adhesiones a mis cuentas menos activas podrían tener que ver con esta sensación.

Dos o tres años atrás entrar en Twitter era de lo más emocionante. No terminábamos de abrir los ojos y ya estábamos en Facebook. Ahora ya no se sentía igual. En mi caso, la app de LA NACION volvió a ser mi primera opción de lectura por la mañana. O Stumbleupon, con su estilo tan de principio de siglo que, sin embargo, ahora empezaba a recuperar millaje. La Web de antes, en suma.

Pero entonces, ¿era eso? ¿Era simple aburrimiento? Dado el inmenso valor de las redes sociales (más allá de los trolls, la inundación de bebes y gatitos y las teorías conspiranoicas), me permití dudar. Confirmé con amigos y conocidos que las redes sociales tradicionales estaban perdiendo rating frente a otras prácticas. Los grupos de WhatsApp, por ejemplo.

Entonces apunté en mi cuaderno otra idea: "Es oficial, ya estamos en la era postsocial de Internet".

La dosis ya no alcanza

Socializar es una de las actividades que el cerebro humano premia con la liberación de un neurotransmisor llamado dopamina. Se trata de una actividad ligada a la supervivencia del individuo y de la especie, como la alimentación y la reproducción, así que tenemos mecanismos para garantizar que les dedicaremos tiempo. Muchas drogas, empezando por el tabaco, actúan sobre los sistemas dopaminérgicos. Uno de los resortes detrás de estas adicciones es la tolerancia. El cerebro se resiste al exceso de dopamina reduciendo el número de receptores de ese neurotransmisor. El adicto entonces aumenta la dosis, el cerebro vuelve a ajustarse, y así.

Cuando cortamos en seco con el cigarrillo, el cerebro se encuentra súbitamente con una escasez de dopamina y, a la vez, con pocos receptores de ese neurotransmisor. Cualquier ex fumador sabe que la sensación es en extremo desagradable. Algo así como todo lo opuesto a sentirse bien.

Aunque esta crisis dura muy poco (menos de un mes) y es por completo inofensiva (nadie se muere por cortar en seco con el tabaco, al revés de lo que puede ocurrir con otras sustancias, como el alcohol), se trata de una de las adicciones más difíciles de vencer. El poder de la dopamina es abrumador.

Ahora, ¿socializar mediante la pantalla de un celular es para el cerebro lo mismo que socializar en el mundo real? Un estudio de la Escuela de Información y Comunicación de la Universidad de Rutgers (http://luci.ics.uci.edu/predeployment/websiteContent/weAreLuci/biographies/faculty/djp3/LocalCopy/p189-naaman.pdf) parecería indicar que no. Más bien al revés. Según los investigadores, lo que más publicamos en Twitter es lo que estamos haciendo. En segundo lugar, compartimos información.

Es como si en una reunión de amigos uno dijera "Estoy acá sentado con ustedes". Mínimo, te mirarían raro. O que en una fiesta lanzaras: "Anoten, les voy a contar las 20 características más copadas de Windows 10". Es seguro que a la próxima no te invitan.

Además, mientras la satisfacción causada por socializar en el mundo real es resultado de la interacción de todo el grupo, en las redes sociales la experiencia depende siempre de los otros. No alcanza con poner una foto en Instagram. Después esperamos ansiosos los likes. Más likes, más dopamina. Más RT, más dopamina. No se trata de reforzar el vínculo con un grupo de pertenencia -algo que es de vida o muerte para la especie, porque somos gregarios-, sino de saciar el insaciable hambre de reconocimiento. Es egocentrismo asistido por computadora.

No voy a decir que Facebook es adictivo, porque creo que sería una exageración, y es también subestimar las verdaderas adicciones. Pero estoy convencido de que no nos estamos aburriendo de las redes sociales más populares, sino que las dosis actuales ya no causan el mismo efecto. Después de un número de likes, de RT, de favoritos, la respuesta del cerebro es cada vez menos intensa. Hemos desarrollado tolerancia al premio neurológico de socializar en Facebook y Twitter.

Mi teoría, que no puedo probar, es que una posible reacción ante esta tolerancia sería abrir una cuenta en otras redes sociales. Pinterest, por ejemplo. O Instagram.

Desde luego, esto no va a resolver el problema de fondo. Sin dramatizar, porque valoro mucho el rol de las redes sociales (http://www.lanacion.com.ar/1692079), creo que esa intensidad que estamos buscando bien puede encontrarse con los seres queridos de carne y hueso.

Una par de links, para que no piensen que la medicación me está haciendo daño. La idea de que las redes sociales, las notificaciones del mail y otras actividades en línea son adictivas y que esta adicción tiene que ver con la dopamina no es de ninguna manera nueva. Este artículo de Psychology Today de 2012 explica algunos de los supuestos mecanismos (en inglés) que operan en estas situaciones: https://www.psychologytoday.com/blog/brain-wise/201209/why-were-all-addicted-texts-twitter-and-google

Aquí un artículo de The Atlantic del mismo año: http://www.theatlantic.com/health/archive/2012/07/exploiting-the-neuroscience-of-internet-addiction/259820/

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