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Finlandia nos muestra que la revolución educativa es posible

Miércoles 25 de marzo de 2015
PARA LA NACION
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Saber de otras realidades y compararlas con la nuestra es una práctica valiosa que nos permite conocer las estrategias y modalidades que han desplegado diferentes países para solucionar problemas que en muchos casos nos son comunes. Por ejemplo, el de educar a las nuevas generaciones. Cada cultura porta una serie de recursos simbólicos y materiales que son los elementos con que cuenta para dar respuestas a los desafíos que enfrenta. Asomarse a lo que han hecho otros permite enriquecer el bagaje con el que contamos para avanzar en lo nuestro.

Comparar es un ejercicio útil para romper con los provincialismos que consideran a lo propio como lo único posible y valioso. Es una posición que rechaza lo diferente y opta por encarar sus problemas de acuerdo con un patrón histórico que lo coloca en un camino cíclico de permanente repetición. Los sectarismos religiosos, étnicos o ideológicos o los nacionalismos a ultranza o la simple ignorancia se inscriben en esta línea.

Es cierto que hay una tendencia algo frívola a copiar modelos implementados en los países considerados exitosos, y esto sucede mucho en el campo de la educación. Se piensa que se puede recortar una tecnología educativa y trasplantarla sin más de un país a otro. En estos casos, se olvida o se elude que cada sociedad tiene características culturales y estructurales diferentes que viabilizan o no aquello que se quiere implementar. Es ingenuo pensar que sin cambiar lo estructural, con una simple adopción de formas, propósitos o planes se pueden obtener los mismos resultados.

Sin embargo, la presencia de cierta frivolidad no invalida el valor de la comparación. Tomemos el ejemplo de la referencia a Finlandia en educación. Es cierto que se trata de un país mucho más igualitario que el nuestro, sin pobreza y que, por lo tanto, no es lo mismo educar en el cono suburbano bonaerense que en Finlandia. A pesar de ello, me animo a decir que un modelo pedagógico que transforma a los alumnos en protagonistas del hecho educativo a través de la resolución de problemas y el desarrollo de proyectos no requiere alumnos provenientes de sectores acomodados. Por el contrario, creo que es un plan mucho más adecuado para ellos que las tediosas clases que ofrece la escuela actual.

Más allá de si el modelo es apto o no para su aplicación en contextos de pobreza, cabe preguntarse si debemos aceptar el dato de la pobreza y la marginalidad como un fenómeno sobre el que no podemos actuar. En los últimos años, lo que estamos haciendo es flexibilizar, aflojar y a la vez agregar una ortopedia de apoyos (clases, tutorías, etc.) a la escuela tradicional para que ésta pueda mantener a chicos que provienen de los sectores populares. Es una estrategia paternalista que incluye falsamente a los nuevos sectores porque los deja fuera de saberes imprescindibles para participar en el mundo contemporáneo.

Del mismo modo, los jóvenes de sectores sociales más acomodados tampoco reciben una educación acorde con las necesidades actuales: según las pruebas PISA, nuestros mejores resultados están a la altura de los peores alumnos de Estados Unidos.

Lo que hacemos en educación secundaria no sirve, tenemos que avanzar en cambios y para hacerlo vale mirar a los otros.

Se alega que los docentes finlandeses son profesionales altamente calificados y muy bien remunerados, y que en nuestro caso ni una cosa ni la otra. Pareciera que docentes mal formados, con bajos sueldos, con mucha demanda asistencial y poca exigencia profesional es algo inmodificable de nuestro sistema; así lo fuimos construyendo a partir de los años 60 y así es, porque así somos y no tenemos por qué violentarnos con un cambio, que además tendría pesados costos políticos. Total se pueden implementar cursos y formaciones que permiten sostener el discurso de la mejora de la calidad docente sin conflictos y con el agregado del rédito político que proporciona el reparto de recursos entre instituciones afines.

Quienes nos interpelan con Finlandia saben que ese país se reinventó a partir de los años 60 haciendo una opción económica y cultural estructurada sobre la base de una educación de calidad para todos. Valoran el ejercicio de pensar el futuro considerando las carencias y posibilidades propias en relación con las oportunidades que ofrece el mundo. Con esta interpelación nos llaman la atención sobre un modo de pararse ante las dificultades que nos es totalmente extraño, porque en general tenemos una actitud nostálgica del pasado que nos dificulta proyectarnos sobre el futuro.

Es posible que los que miran a Finlandia vean que las nuevas generaciones de ese país asisten a escuelas diseñadas a la luz de la cultura contemporánea y que esto las habilitará para participar plenamente del mundo que les tocará transitar. Quienes comparan tal vez sueñan con un país mejor, saben que los pobres no son un hecho de la naturaleza y que educarlos desde esta condición no es otra cosa que aceptar esta realidad como inmutable. Hay nuevos soñadores de un país mejor, no empuñan armas, no hacen gestos heroicos, no persiguen épicas, pueden ser un poco ingenuos, pero es valiosa su irrupción para recordarnos que se puede y se debe hacer otra cosa, ya que existen otros que quisieron y pudieron.

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