Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La cofradía de los huéspedes lectores

Martes 07 de abril de 2015
0

"Qué descanso, entrar a una casa con biblioteca." La frase podría parecer excesiva. Pero mi amiga, que posee como pocos el don de la delicadeza, se explica: hace tiempo que, de un modo difícil de precisar, comenzó a detectar la falta.

Primero fue la remota percepción de una anomalía. Luego, el registro de lo que suponía simples excepciones. Hasta que la pequeña molestia se hizo hallazgo recurrente: en su más reciente circuito de conocidos, ése que fue creciendo a medida que sus hijos atravesaban la edad escolar, los libros no tenían más entidad que la de una herramienta: objetos -manual de instrucciones, texto educativo- orientados a un fin. Pero no los impredecibles arcones de maravillas que habían marcado su vida.

"No exagero", insiste, como disculpándose. Asegura que todavía le cuesta creer que esas personas a las que ve cada día a la salida de la escuela, con las que comparte talleres, salidas infantiles, tormentos y delicias del cotidiano ejercicio de ser padres -esas personas que, inevitablemente, comienzan también a ser sus amigos- no tengan en algún rincón de sus casas la aglomeración, a veces un poco caótica, de autores, títulos, obsesiones y descubrimientos con la que se arman esos templos laicos, las bibliotecas hogareñas.

""Qué descanso, entrar a una casa con biblioteca." "

Lo que le pasa se parece al escándalo ("¿realmente hay gente que puede vivir sin libros?"). Y jura que no tiene que ver con diferencias de formación -los otros padres son, como ella, profesionales-, ni de recursos -nadie está por fuera de los típicos consumos de la clase media-, ni de dificultades de relación -se lleva bien con todos ellos; son inteligentes, divertidos, amables-. Pero los libros, como si una maldición acechara, no forman parte de la ecuación.

Por eso sólo recupera la calma cuando vislumbra, tras las ventanas de cualquier vivienda de barrio, la silueta de alguna biblioteca. Y descansa cada vez que, apenas transpuesto el umbral de una casa, unos cuantos estantes atiborrados de tapas y lomos gastados le dicen más de sus habitantes que el más preciso de los identikits.

El eco de sus palabras me sorprende justo ahora: cuando junto a mi propia familia, haciendo equilibrio entre bolsos, equipo matero y juguetes de playa, abro la puerta del hotel que nos recibirá en una breve escapada otoñal. Porque sé que en la recepción, discreta, ordenada y a disposición de los pasajeros, aguarda una biblioteca. Y cada vez que la redescubro vuelvo a sentirme en casa.

"Sé que en la recepción, discreta, ordenada y a disposición de los pasajeros, aguarda una biblioteca. Y cada vez que la redescubro vuelvo a sentirme en casa. "

Como en un negativo de lo que por estos días desvela a mi amiga, mi primera estadía en el Viejo Hotel Ostende culminó con una revelación: en un rincón de la costa argentina existía un lugar donde el tiempo, más que detenerse, se hacía más lento. Donde las estridencias estaban vedadas. Y donde cada sofá, cada mesita acunada por las plantas del jardín, cada reposera de cara al murmullo del mar, estaban habitados por un huésped lector.

"¿Acá todos leen?", preguntaba, maravillada.

"Son veraneantes iluministas -me respondía, risueña, una habitué del lugar-. Buscan el sabor de las vacaciones de otra época."

Con el tiempo supe que, más allá de la broma -y del hotel creado, efectivamente, en 1913-, algo de eso había. Porque la familia que refundó al Viejo Hotel y le otorgó la enorme personalidad de la que goza actualmente es una familia atravesada por la cultura letrada. Y, como escribió bellamente Guillermo Saccomanno, "su hotel imaginario, dotado de una fenomenal aura de utopía, sería un hotel de lectores".

Sin duda, lo lograron. La singular cofradía de los huéspedes lectores puede prescindir de spa, televisión o Wi-Fi en las habitaciones. Pero no de tranquilidad en las áreas comunes, que no se denominan "de lectura" pero que en definitiva lo son. Y no hay necesidad de visitar -aunque la posibilidad existe- la habitación que ocupó Antoine de Saint-Exupéry entre 1930 y 1931, entre cuyas paredes escribió parte de Vuelo nocturno. Ni de evocar la presencia de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, cuyo policial Los que aman odian se ambienta en un hotel tan pero tan parecido al Ostende. Basta ver a la muchachita de unos diez años que, hoy por hoy, se acerca a la recepción y pide un ejemplar de El principito. O al adolescente que, amurallado en una de las carpas de la playa, devora una novela de Conrad. Yo que mi amiga, estaría tranquila.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas