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Juan Carlos Cáceres: el eslabón perdido del tango negro

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LA NACION
Miércoles 08 de abril de 2015
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"Se está apagando en su casa de Perigny", decía hace unos días Ariel Prat, uno de sus amigos cercanos, quien había organizado un homenaje en el auditorio de Radio Nacional para mandarle a la distancia "una caricia musical". De él participaron Juan Subirá, Marí­a Volonté, Omar Giammarco, Nicolás Choco Ciocchini, Los Viciosos de Almagro, Garufa de Constitución y Julián Peralta. Dicen que el músico se enteró del gesto y agradeció con una sonrisa reparadora. Anteayer se conoció la noticia de su muerte, ocurrida el domingo último en su casa de Perigny, a 30 kilómetros de París. Cáceres tenía 79 años y estaba acompañado por su mujer, Silvia.

El paso de Juan Carlos Cáceres por el tango y por el rock no puede pasar inadvertido. Los dos fueron su escuela de vida, que junto a la pintura, la bohemia de los 60 y el jazz terminaron de redondear un personaje difícil de encuadrar. "Soy como una especie de ovni para el mundillo tanguero, pero es porque durante un tiempo fui a contracorriente de la cosa", se definía en una entrevista para la nacion en 2005.

Cáceres tocaba el piano, componía y era un investigador de los orígenes negros del tango, donde podía dar cátedra en conferencias o sobre el escenario. Fue el factótum de la mítica Cueva de Pasarotus, donde circulaban los pioneros del rock argentino. Vinculado con la cultura francesa, desde niño se sumó a la ola del movimiento surrealista; participó del magma creativo del Di Tella, donde se cruzaban la vanguardia artística con la intelligentzia porteña; tocó jazz en el Bar Florida, donde los primeros beatniks llegaban con sus libros de Kerouac y Rimbaud, y terminó afincándose en el centro de París, desde donde proyectó su fusión de milonga negra y murga porteña.

Foto: LA NACION / Maxie Amena

"Paradójicamente yo estuve donde había que estar. Pensá que llegué a París en mayo del 68 y una semana más tarde cerraron la frontera. Y antes de irme, estaba en la movida del underground porteño. Circulaba por el Bar Florida y era parte de toda esa bohemia existencialista del centro de Buenos Aires, entre la calle Viamonte, San Martín y Córdoba; era habitué de lugares como el Moderno o el Di Tella y tocaba jazz. En los ratos de ocio hacía un tango cuando ya estaban todos borrachos y terminábamos con esa barra de chicos de Belgrano jugando al póquer y escuchando a Piazzolla."

Nació en Buenos Aires en 1936, a orillas del arroyo Maldonado, cuando todavía lo estaban entubando, en lo que era un barrio industrial, pobre y gris. Estudió Bellas Artes en la escuela Manuel Belgrano, que demolieron para prolongar la 9 de Julio, y en la Prilidiano Pueyrredón, de Las Heras y Callao. Para pagar sus estudios tocaba el piano y el trombón. Hacía tango en esos tímidos inicios junto a Osvaldo Piro y un sexteto que tocaba al estilo de Julio De Caro.

Después se interesó por el jazz y se fue a París, enamorado de los aires revolucionarios de mayo del 68. Allí se quedó y forjó una extraña y solitaria carrera de tanguero en el exilio, pintor inspirado y conferencista erudito. Cáceres fue un distinto. Podía ser reo, como si nunca se hubiera fugado de la bohemia porteña y lunfarda; renegado de los tangueros, y un bon vivant que utilizaba elegantes definiciones en francés.

Su voz aguardentosa y su toque negro dentro del género fueron toda una revelación para la escena de la década de mediados de los noventa. Con Juan Carlos Cáceres el tango recuperó su negritud perdida. Sus seis discos fueron una síntesis de esa búsqueda casi arqueológica para trazar en sus nuevas composiciones, un link entre el origen y los sonidos urbanos actuales. El pianista, compositor y arreglador reconstruyó la historia negra del género y, como un arqueólogo, se dedicó a rastrear sus orígenes hasta llegar a esa onomatopeya africana del tangó (tocar tambor). Esa vuelta a la rítmica negra del tambor en el piano y sus derivados estilísticos -el candombe, la milonga y la murga porteña- le dieron a Cáceres un sonido distintivo y original en la escena porteña.

Su regreso a Buenos Aires, para presentar su emblemático disco Tango negro (1998), no sólo insufló una nueva energía a la escena de compositores de tango de la nueva generación, sino que coincidió con el despertar de un movimiento tanguero que se deslumbró por esa raíz afro del tango y que tuvo discípulos como Ariel Prat, Omar Gianmarco, Flavio Cianciarulo, Juan Subirá -de La Bersuit- y Dany Buira, de La Chilinga.

Una vez el periodista Julio Nudler le preguntó: ¿Qué es el tango?

"Seguramente no es ese estereotipo que se conoce como tango."

Cáceres, estaba en las antípodas del estereotipo. Su música fue el eslabón perdido del tango negro.

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