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Causas de la violencia escolar

Opinión

Por Inés María Correa
Para La Nación

 
 

EN ocasiones, la conciencia de ser actores de hechos de violencia no es suficiente para corregir las conductas propias o ajenas. Recuerdo la historia de Jesica, una joven de dieciséis años que protagonizó un hecho de violencia escolar que, visto sólo como noticia, podría resultar inexplicable y atroz. Pero a menudo hay detrás de estos hechos alguna historia previa que (excluyendo los casos de serias patologías psiquiátricas) puede darnos luz no para justificar sino para entender cuáles son muchas veces las causas que llevan a un niño o joven a cometer esas acciones.

Jesica fue concebida casi por accidente. Sus padres, resolviendo apenas las dificultades de la adolescencia, debían resolver también qué hacer con una criatura. En el momento de nacer ella, su madre tenía sólo doce años. Edad por cierto de la fantasía, de la imaginación, de los grandes descubrimientos. Aún en la escuela primaria, y aún jugando a sortear los exámenes para alcanzar el aprobado de cada grado. Vivían en un distrito rural, no sufrían hacinamiento, lo que sufrían era aislamiento. Lejos de muchas cosas, pero sobre todo de la comunicación. Sus veinte minutos a la estación ferroviaria representaban veinte años de atraso. Cuando llovía torrencialmente, no se podía llegar al tren para ir a trabajar. Esta situación no varió mucho desde entonces: sigue siendo difícil viajar. Además, el contacto con la Capital implica un oneroso trayecto.

Y Jesica nació en la casa de su madre, porque no llegaron al colectivo... Cuando tenía tres años, sus padres, todavía adolescentes, decidieron irse a vivir juntos. Se armaron un ranchito y formaron su pequeña vivienda familiar. Su padre, de dieciséis años en el momento de iniciar la convivencia, juntaba sus pocos pesos con algunas changas en un mercado y sus ingresos rara vez cubrían las necesidades básicas. Comenzaron a llegar otros hijos y la situación era cada vez peor. La pareja empezó a resolver los problemas con gritos, objetos arrojados y cada tanto un golpe.

Conducta adquirida

Jesica creció y aprendió de pequeña que los conflictos se resuelven a los gritos, con violencia, no conocía otra forma de resolverlos. Sus padres, entre ellos; ella, con sus hermanos. Intercalaban violencia con juegos. Ninguno de ellos había terminado de crecer y la vida les había mostrado sólo la cara del sufrimiento y de la madurez precoz. Pocas veces contemplaban el horizonte de la paz.

A la vez, ¿cómo pensar en desvincularse, en buscar otra familia u otra realidad, si lo cotidiano es la conducta violenta adquirida? La situación familiar de Jesica tenía muchos componentes negativos: padres inmaduros, desocupación, pobreza extrema, hacinamiento, alcoholismo. Esta situación fue gestando criaturas vulnerables y extremadamente sensibles a las frustraciones, aun las mínimas. Frustraciones como una mala nota en la escuela, la negativa ante una solicitud de trabajo, un tren suspendido que hace que se pierda la hora de presentación para un posible empleo, el dinero que no alcanza para la comida del día, tantas cosas...

Jesica cursaba el noveno año de la educación general básica tratando de cumplir las exigencias de sus estudios. La combinación estudio-falta de alimentación por lo general no es buena. Sin embargo, había en esta niña un llamado interno que le decía: "Debes terminar tus estudios; si no, no vas a ser nadie". Cada examen aprobado le producía el mismo vértigo que puede sentir un estudiante universitario al alcanzar su título.

El barrio en el que vive Jesica es de extremo riesgo. A veces a los profesores les roban, no pueden dejar demasiadas cosas guardadas en el colegio por temor a ser saqueados. Comparten los bancos jóvenes que están enfrentados en las distintas bandas del barrio. Cierta vez se produjo una gresca que nadie sabe bien cómo se originó. Puede haber sido algo tan trivial como que alguien necesitara una birome para escribir una prueba. Lo cierto es que en el medio de toda la batahola que se armó, Jesica empuñó una navaja que tenía guardada entre sus ropas, y que jamás había utilizado para nada. Con esa navaja fue herido un compañero de la misma edad que ella.

Familia, sociedad, Estado

Inmediatamente, todas las medidas: suspensión de la escuela con vistas a la futura expulsión. No se puede dejar pasar un hecho de semejante gravedad. Pero Jesica había aprendido que los conflictos se resuelven así. ¿Quién se había sentado con ella a explicarle que el diálogo y la comunicación son posibles? ¿Y cuántas cosas habrá que enseñarle a Jesica para que aprenda que, a pesar de las medidas tomadas con ella, vale la pena emprender otro rumbo?

Esta historia transcurre a cincuenta minutos del centro de la Capital, pero hay muchas de estas historias que están más cerca, algunas con otras características, en colegios tradicionales de la ciudad. ¿Quién puede sostener con honestidad que esta responsabilidad no le incumbe? Familia, sociedad y Estado es la trilogía que propone la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. Cada uno desde su lugar puede, sin que sea una utopía pretenderlo, luchar por una sociedad que no sea violenta. Si trabajamos por una comunidad menos injusta y desechamos imágenes y conductas violentas, estaremos aportando para que Jesica y otros como ella puedan cumplir su sueño de ser alguien.

La autora fue jefa del Programa contra la Explotación de Niños del Consejo Nacional del Menor y la Familia. .

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