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Las mejores experiencias son siempre las más espontáneas

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PARA LA NACION
Sábado 02 de mayo de 2015
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Nuestro viaje fue cambiando con el tiempo y la manera de encarar cada destino, también. Cuando empezamos a viajar, hace ya seis años, planificábamos cada uno de nuestros viajes de manera minuciosa. Principalmente nos basábamos en guías como la famosa Lonely Planet, donde te dicen que lugares "sí" y cuáles "no" deberías visitar. Después de un tiempo, nos dimos cuenta de que esta estricta planificación estaba logrando llevarnos como ganado a los mismos lugares a los que todos los turistas que se guiaban por la misma información que nosotros estaban yendo, y en lugar de acercarnos a la verdadera cultura del país, pasábamos la mayor parte del tiempo rodeados por otros turistas y casi exclusivamente los únicos locales con los que teníamos contacto eran vendedores, empleados de hotel y taxistas.

La segunda contra fue que el exceso de planificación hacía que estuviéramos más pendientes por cumplir con nuestro apretado itinerario autoimpuesto, que por disfrutar de los lugares y momentos que estábamos viviendo. El tiempo que estábamos en cada lugar lo definíamos únicamente por la cantidad de "atractivos" que había para ver, en vez de por cómo nos sentíamos o las ganas que teníamos de quedarnos. Llegábamos a la ciudad, dejábamos la mochila en el hostel y salíamos, porque de lo contrario no llegaríamos a ver la estresante cantidad de lugares que habíamos marcado. Caminar sin rumbo o sentarnos en un parque a ver a la gente pasar no era una opción. Terminábamos agotados porque nos pasábamos todos los días corriendo de un templo a un museo, de un palacio a una escultura y a lo que fuera que como turistas debíamos tachar de nuestra extensa lista.

Desde ya que hay un gran grado de planificación necesaria en todo viaje, pero hoy son nuestros sentimientos los que inclinan la balanza. Disfrutamos mucho informándonos sobre los países que visitamos, leyendo libros al respecto y diarios locales y mirando documentales, pero ya no nos limitamos a algo planeado previamente porque los viajes nos demostraron que las mejores experiencias siempre llegaron por situaciones espontáneas. Desde innumerables invitaciones a tomar té en Irán, hasta pasar una tarde charlando con presos de una cárcel sin rejas en Filipinas, pasando por imborrables historias como que monjes budistas nos levanten en la ruta mientras hacíamos dedo en Myanmar; hablar con sobrevivientes del genocidio de los Jemeres Rojos en Camboya; presenciar la celebración del Año Nuevo Lunar de las tribus Hmong en las montañas de Laos, e infinidad de vivencias que empezaron a darse al aflojar el cinturón que nos ataba a una estructura que creímos conveniente.

Viajeros y autores del blog marcando elpolo.com

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