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Las huellas de la primera UCR en la cultura política argentina

En El radicalismo y el movimiento popular (Edhasa), Joel Horowitz describe las estrategias del partido hacia el mundo obrero, que luego retomaría Perón

Domingo 17 de mayo de 2015
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LA NACION

Pocas veces, al considerar las fuentes del peronismo, se hace referencia a la Unión Cívica Radical, que desde la sanción de la ley Saénz Peña, en todo ese primer proceso de movilización del apoyo popular para lograr votos, y en el primer experimento democrático de la Argentina -entre 1916 y 1930- dejó sentadas algunas innovaciones políticas que retomaría y profundizaría en su propia clave Juan Domingo Perón, y que en alguna medida marcan hasta hoy la cultura política argentina.

Así lo propone el historiador norteamericano Joel Horowitz en el libro El radicalismo y el movimiento popular (Edhasa), que retrata minuciosamente los catorce años de gobiernos radicales de comienzos del siglo XX para discutir algunos mitos extendidos sobre ese partido y, en particular, para describir la particular combinación de tradición e innovación que supuso la UCR en el gobierno, con la poderosa figura de Hipólito Yrigoyen a la cabeza.

Según el historiador, que se formó con Tulio Halperin Donghi en Berkeley, se especializó en la cuestión obrera y sindical en la Argentina y hoy enseña en la Universidad de St. Bonaventure, en EE.UU., el radicalismo, en su primer y activo proceso de búsqueda de votos, desarrolló una estrategia para acercarse a las clases populares, lo que, junto con la imagen de Yrigoyen, puede explicar su popularidad en las primeras décadas del siglo XX, tanto como el clientelismo y las estrategias de patronazgo, más asentadas en la tradición política argentina.

En efecto, en esos años, escribe Horowitz, "se desarrollaron nuevos estilos de hacer política y conquistar el apoyo popular, pero el radicalismo e Yrigoyen también adaptaron tradiciones anteriores". Lo amplía en diálogo con la nacion: "El primer experimento democrático estableció algunos estilos que duraron mucho tiempo. Muchas tácticas de Perón luego reflejaron las de los radicales, que habían comprendido la importancia de la clase obrera y el papel posible de los sindicatos, que podían actuar como un puente hacia los trabajadores. La ayuda que se les prestara podría redundar en apoyo popular, y los vínculos con los sindicatos podían legitimar esa popularidad. Perón llevó esa idea mucho más lejos, y además en los años 40 la Argentina era un país mucho más industrializado", explica. El "obrerismo" radical, dice el autor -que interviene en un campo relativamente poco explorado en la Argentina, más allá del libro clásico de David Rock y los trabajos de la historiadora Virginia Persello, entre otros-, nunca estuvo caracterizado por la ideología ni por ningún objetivo claro, salvo una preocupación por el mejoramiento de la clase obrera.

Otro legado duradero del radicalismo fue su estrategia retórica, con tintes nacionalistas, que lo situaba "por encima de la batalla política. Sólo ellos abogaban por la buena política y los buenos procedimientos electorales. Había un amplio consenso en percibir que la apertura del sistema político se había debido a la presión ejercida por el radicalismo". Sigue Horowitz: "Los radicales tenían un estilo retórico que negaba a los opositores toda legitimidad. Sólo ellos representaban a la democracia y la Patria. Ese estilo persistió después del golpe de 1930 y caracteriza en gran medida a casi todos los gobiernos y movimientos políticos argentinos hasta el presente". Y, para Horowitz, esa visión de la oposición como "el otro" del pueblo dificultaría la continuidad de la experiencia democrática.

La poderosa figura de Yrigoyen y el personalismo construido a su alrededor marca otra continuidad con la política que siguió. "En el partido radical, Yrigoyen tuvo poder hegemónico hasta su derrocamiento en 1930. El proceso se repitió tanto en el radicalismo como en el peronismo: un líder que consolida su poder y se aferra a él durante muchos años -afirma Horowitz-. Hubo disputas por el liderazgo, pero siempre terminaba por aparecer alguien que afirmaba su autoridad solitaria. En la UCR la posición dominante pasó de Yrigoyen a Alvear, de él a Balbín, y de él a Alfonsín, mientras que en el peronismo el poder pasó de Perón a Menem hasta Néstor y Cristina Kirchner."

Entre las innovaciones radicales, mientras tanto, Horowitz cita la constitución de la UCR como un partido policlasista. "La UCR fue la primera organización política que tomó las oportunidades que dio la ley Sáenz Peña. Entendía que necesitaba el apoyo popular para ganar elecciones, pero al mismo tiempo tenían espacio para la clase media. Hacia el año 1928, muchos de sus políticos eran de hecho de clase media, algo que a los sectores más conservadores no les gustaba nada -dice el historiador-. Sin embargo, también es cierto que muchos de los líderes más importantes eran miembros de le elite, con Alvear como el mejor ejemplo."

Según escribe Horowitz, "Perón no fue el primero en incorporar sectores populares al sistema político". La UCR lo hizo mediante las tradicionales estrategias del clientelismo -por ejemplo, bajo la forma del empleo público, la comida a bajo costo, juguetes para niños o atención médica gratuita- y el patronazgo, mediante el cual creó estructuras partidarias, "maquinarias bien aceitadas en diferentes regiones del país", una estrategia que otras fuerzas políticas también utilizaban, aunque con menos éxito.

¿Por qué fracasó aquella primera experiencia democrática en 1930? El derrumbe puede explicarse por múltiples razones, internas y externas, y Horowitz elige algunas: "La renuncia o, al menos, la ineptitud para fijar reglas claras del juego y respetarlas"; la "incapacidad radical para aceptar la legitimidad de otros partidos políticos", el hecho de que "los radicales nunca hicieron esfuerzos para burocratizar sus relaciones con el movimiento obrero" y "descuidaron la construcción de burocracias eficientes". Además, como dice el autor, "la suerte cuenta" y alrededor de los años 30 la UCR tuvo poca. "La gran depresión tuvo un impacto muy grande; no eran pocos los que cuestionaban el consenso liberal no sólo en la Argentina, e Yrigoyen era un hombre grande con un estilo muy personalista en medio de una enorme crisis."

Como primer "partido de la inclusión", como agrupación política que "simbolizaba la integridad moral", con la figura "casi santa" de Yrigoyen y los primeros puentes genuinos tendidos a seducir a los sectores obreros, aquella primera UCR en el poder dejó huellas profundas. A tal punto que puede ahora estar sufriendo su propia retórica. "La idea actual de que la UCR no puede gobernar tiene mucho que ver con la retórica de hegemonía que existe en la Argentina -apunta Horowitz-. Ahora los peronistas hablan como los radicales de antes: sólo ellos representan al pueblo, sólo ellos pueden gobernar el país." Sin embargo, el peronismo profundizaría la construcción de un relato: como escribe Horowitz, "el matrimonio Perón se apoyó en las tradiciones retóricas y simbólicas del radicalismo, pero los radicales nunca controlaron el discurso político como lo hizo el peronismo".

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