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El sentido de todo lo demás

Domingo 17 de mayo de 2015
PARA LA NACION
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Estoy leyendo un libro extraordinario. Se llama El fin del poder, de Moisés Naim. No voy a contarlo acá, pero me interesa compartir una parte que subrayé. Es en la que Naim asegura que estamos viviendo tres revoluciones: la revolución del más , la revolución de la movilidad y la revolución de los mentalidad.

La segunda y la tercera son consecuencia de la primera, pero en la que quiero enfocarme ahora es en la revolución del más. Si nos comparamos con 1950 podemos darnos cuenta que hay más gente, más delincuentes, más dinero, más drogas, más aviones, más salud, más autos, más ricos, más viejos, más niños, más vasos, más zapatos, más y más de todo y en todos lados. Como dice Naim: "La revolución del más no se limita a un cuadrante del planeta ni a un segmento de la humanidad. Se ha desarrollado a pesar de todos los acontecimientos negativos que ocupan cada día los titulares: recesión económica, terrorismo, terremotos, represión, guerras civiles, catástrofes naturales, amenazas medioambientales. Sin restar importancia al costo humano y planetario de estas crisis, podemos asegurar que la primera década del siglo XXI fue, sin duda, la más exitosa de la humanidad".

No importa qué categoría se observe, de todo hay más. Sin embargo, entre tanta abundancia hay algo que no crece. Es algo de lo que nunca habrá más; al contrario, cada vez habrá proporcionalmente menos. Pero para entender esta escasez antes debemos mirar una abundancia en particular: la explosiva creación de contenidos. En efecto, como de otras cosas, cada vez hay más contenidos. Millones de medios que publican miles de millones de palabras, millones de horas de videos, millones de posts en Facebook, millones de fotos (350 millones cada día en Facebook), millones de canciones en Spotify que crecen de a 23.000 por mes, cientos de miles de películas en Netflix, millones de libros en Amazon, millones de tuits (paro acá porque ya se entendió la idea).

Todo ese contenido que no deja de crecer puja para existir como tal por algo que no puede crecer de ninguna manera, ni con dispositivos, ni con drogas, ni con entrenamiento. Algo de lo que nunca habrá más: nuestra atención mental. Si vemos una película dejamos de ver todas las demás, y tampoco podemos leer, o escuchar música, ni responder un e-mail al mismo tiempo. Quien lee esta columna ha dejado de leer por un instante todas las cosas del mundo, o de mirar televisión, o de responder un mensaje de WhatsApp. Cuanto más contenidos se producen menos atención disponible existe para ellos.

Tengo la fantasía delirante de que un día cercano la atención humana será tan escasa que nos pagarán por ella. Nos pagarán por leer una nota, por ver una película, por escuchar una canción. Nos pagarán para que una marca nos cuente su historia, por leer un post en Facebook, o por asistir a una conferencia. En algún sentido, eso hace rato que pasa. Es lo que hace Facebook, Google y todos los medios en general cuando les cobran dinero a las marcas o las organizaciones para interrumpirnos con sus anuncios. Pero lo que venden no es de ellos. Cuando se lo ve de esa forma es impresionante: hay alguien que entrega dinero por alcanzar nuestra mente y nosotros no recibimos ni un peso. ¿Qué clase de economía es ésa?

Tal vez, habría que empezar a poner las cosas en su lugar para que aprendan quién manda. Somos nosotros los que le damos sentido a todo lo demás. Es la energía perecedera que chispea entre nuestras neuronas con su propia voluntad lo que vale, eso que ahora lee esta línea en tu mente y la entiende. Ése es tu tesoro y el mío.

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