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Preguntar: signo de inteligencia

Nos causa vergüenza y temor mostrar desconocimiento o dificultad para entender distinos temas, pero pedir consejo se recibe como señal de compromiso

Domingo 17 de mayo de 2015
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PARA LA NACION
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Foto: LA NACION / Alma Larroca

Pasé los primeros años laborales sin entender prácticamente una palabra de lo que estaba haciendo. Bueno, un poco exagero, pero créanme que era mucho más lo que no entendía que lo que sí. Desde muy chica asistí a reuniones con experimentados CEO y jefes técnicos, en los que sentía que me había disfrazado de ejecutiva y que en cualquier momento uno descubriría el engaño. De sus bocas salían siglas tremendas como ERP, CRM, CSM, FTP, todas relacionadas al mundo del software, llamadas de horas y en inglés que yo anotaba e investigaba tratando de darles algún lugar lógico en el papel.

La cuestión es que no me animaba a preguntar. Se iban a dar cuenta de que no entendía nada. Para colmo luego debía escribir largos artículos técnicos. Permítanme aquí un saludo (y mil perdones) a mis editores de ese momento. Con el tiempo, la práctica y mayor entrenamiento, al menos algunas cosas fueron quedando más claras. ¿Por qué nos cuesta preguntar? ¿Pedir que se nos explique todo otra vez? ¿Decir no lo sé? La ciencia está del lado de quienes se animan a bajar la guardia y mostrar su ignorancia. Quienes preguntan y piden consejos son considerados más inteligentes que quienes no lo hacen. Hay algún tipo de mecanismo en el que se mezcla el ego, la competencia con pares y una vanidad de Gurú Sabelotodo en la que somos capaces de encerrarnos en el baño y preguntarle a Dr. Google todo lo necesario para meter bocadillos asombrosos en la próxima reunión.

Dos estudios de la Escuela de Negocios Wharton, de la Universidad de Pennsylvania, concluyen que preguntar resulta en extraordinarios beneficios como parecer más inteligente y comprometido. Allí, expertos en estudio de conductas humanas confirman lo que muchos presumimos: las personas no tienen una inclinación natural a preguntar por miedo a quedar como estúpidos. En varias pruebas donde los consultados creían que su reputación estaba en juego, sólo la mitad de las personas se animó a hacer preguntas.

En un estudio se les pidió a 200 estudiantes que completaran un test de IQ con siete preguntas. A la mitad se les dijo que le pagarían un dólar por cada respuesta correcta. A la otra mitad, que serían evaluados por un par y se les pagaría según la puntación obtenida. Antes de contestar podían enviar un mensaje a ese colega que ya había completado el test antes. Podían elegir entre pedirle consejo, desearle suerte o no mandar el mensaje.

La mayoría de a los que se les pagó por contestar correctamente no tuvo problema en pedir ayuda. Los que pensaron que estaban siendo juzgados por sus conocimientos fueron más reticentes: sólo el 32.7% pidió ayuda. Las personas que recibieron un pedido de ayuda puntuaron a los consultantes como más competentes que quienes no lo hicieron.

Un estudio de la Universidad Northwestern de Illinois hizo un ejercicio en el que criticó ferozmente el trabajo de un grupo de ejecutivos. Los empleados que preguntaron cómo podían mejorar resultaron más agradables y competentes que los que se quedaron en silencio en la crítica.

Ir a otros en busca de su enseñanza resulta una palmada de aprobación a quienes se los sitúa en el lugar de poder ayudar. La semana pasada, mientras un paciente ingeniero intentaba explicarme la evolución del hardware del chip recordé estos estudios y con menos miedo lancé: No entendí nada. ¿Podés empezar por favor todo de nuevo?

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