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Violencia contra las mujeres: siempre una noticia, nunca una política de Estado

Sumado a una larga lista, el asesinato de Chiara Páez en Rufino originó, desde la sociedad civil, una convocatoria al Congreso para el 3 de junio, en protesta por los femicidios. Pero, en pleno año electoral, y pese a la creciente presencia femenina en puestos de poder, la violencia de género no termina de aparecer de modo contundente en la agenda de la clase política

Domingo 24 de mayo de 2015
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PARA LA NACION
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"Viste la chica que mataron?", comenta alguien. Y sí: uno siempre vio, porque es imposible no verlas cuando son casi dos mil desde que alguien comenzó a contarlas, hace apenas siete años. Las radios, los canales, las redes sociales multiplican hasta el infinito las caras de Melina Romero, Lola Chomnalez, Gabriela Parra y tantos otros nombres apenas más antiguos, y ya olvidados. Ésa es la cuestión: las muertas y las desaparecidas son un "producto" más que se retira de la góndola de los medios en cuanto llega uno nuevo. Más novedoso, más impactante. Así esto implique -como en el caso de Gabriela Parra- ser acuchillada en un bar mientras los parroquianos toman un cortadito. Una, dos, tres, mil veces, hasta que todo degrade en escenografía. Parte de lo esperable. Y lo esperable en la Argentina es que cada día (cada 30 horas, para ser más exactos) haya un nuevo cadáver en corpiño. Así como en el cuento de Poe la mejor manera de esconder una carta robada es ponerla bien a la vista, aquí la mejor manera de ocultar un nuevo asesinato parecería ser disimularlo en un océano de cadáveres. "Femicidios: cómo reconocer a los que matan por amor", tituló un diario luego de que Parra fuera apuñalada por su ex hasta morir. Y no es casual ni anecdótico ese título, ni privativo de periodismo berreta. Hasta hoy, muchos efectores de salud, representantes de la Justicia, autoridades policiales y un largo etcétera piensan en términos de exceso de pasión lo que es lisa y llana violencia sexista. A Suhene, por caso, una joven apaleada por su novio, la policía la llevó caminando ocho cuadras hasta la comisaría. Y una vez allí los uniformados le recomendaron "arreglar las cosas en la cama". ¿Por qué? Porque así es como se han arreglado "estas cosas" siempre: puertas adentro, sábanas de por medio, rica comidita mediante. Sin alzar la voz. Sin hacer escándalo.

Mucho de todo eso quedó pegado en las mentes, los ojos, los oídos. "Esto es lisa y llanamente una cuestión de poder y de asignación arbitraria de posiciones según se trate de hombres o de mujeres. Está naturalizado que las mujeres ocupen ciertos lugares que son del ámbito de lo privado y que por eso sus problemas deben resolverse privadamente", explica la investigadora y legisladora Diana Maffía. "Entonces, cuando una mujer va a denunciar al marido, la policía la manda de vuelta a que se reconcilie con una comida rica o en la cama. La suposición es: hay un conflicto, pero como es de mujeres es privado y, por lo tanto, el Estado no debe intervenir. Ése es el velo invisible a través del cual hasta el «progre» más pintado mira la realidad, y la transita, por más que después se horrorice al escuchar a Mirtha Legrand preguntándole a una invitada: «¿Y vos qué hacías para que él te pegara? ¿Hacías algo anormal, algo malo?»."

Lo que sin duda es anormal y malo es, por caso, que desde la entrada en vigencia de la ley 26.485 haya habido sólo tres (va de nuevo: tres) femicidas condenados a cadena perpetua. José Arce, asesino de su esposa, Rosana Galliano, no es uno de ellos. Fue condenado y goza, junto a su madre, de prisión domiciliaria. Lo acompañan sus dos hijos, de 11 y 10 años, hijos también de la mujer a la que asesinó. Pero su caso no es el único. "Más terrible todavía es el caso de la hija de Adriana Marisel Zambrano, porque la nena no quiere ver al padre y la jueza la obliga a hacerlo dos veces por semana", comenta Fabiana Túñez, directora de la ONG La Casa del Encuentro. Esta organización lleva desde hace años el único registro de femicidios que existe en nuestro país. Arman el listado teniendo en cuenta los crímenes aparecidos en dos agencias de noticias (Télam y DyN) y 120 diarios de todo el país, "por lo que siempre la cifra es menor a la real", aclara Túñez. Ese observatorio de femicidios se llama justamente Adriana Marisel Zambrano, en recuerdo de esa mujer muerta a golpes y patadas, y dejada agonizante junto a su hija de nueve meses. Ésa es la niña hoy forzada a ver al hombre que pasó apenas cinco años en la cárcel por matar a su mamá.

La Justicia sin sostén

Fue hace más de un año, frente al Palacio de Justicia. La propuesta era de la ONG Mujeres en Igualdad y la llamaron "un abrazo de corpiños". Se rodeó con decenas y decenas de brassieres la casa de la señora de los ojos vendados, sólo para poner en evidencia que tras cientos y cientos de crímenes, sólo había habido una condena. Desde "locas" hasta "¿Qué pasó, chicas? ¿Lavaron la ropa?", pasando por una señora que se puso a explicar a los gritos que "les pasa lo que les pasa porque ustedes salen desnudas a la calle", esa mañana fue un curso de sexismo exprés. Pero también el mejor ejemplo de que tener una buena ley contra la violencia de género es, apenas, el comienzo. Apenas. La razón: "Por más que tengamos una ley buena, con eso solo no alcanza", explica Túñez, y pasa a detallar parte de los pendientes del Estado en materia de violencia contra las mujeres. "Como lamentablemente este tema no forma parte de la agenda política, no tenemos ni siquiera lo básico, que son las estadísticas oficiales. La asistencia legal gratuita a las víctimas tampoco está garantizada, y cuando hay ayuda nunca es integral, sino fragmentaria y espasmódica. Entonces, la mujer tiene que ir a un lado a hacer la denuncia, a otro a recibir asistencia psicológica, a otro a gestionar algún tipo de apoyo económico. En otros países del mundo, eso está todo junto, y las causas (a diferencia de lo que sucede aquí) también están unificadas. Pero además se ha hecho mucho énfasis en las denuncias sin analizar el después. ¿Qué pasa con esa mujer luego de la denuncia? ¿Quién la cuida? ¿A dónde va?", se pregunta. La que responde es Patricia Sanmamed, abogada especializada en temas de género y precisamente por eso conocedora de la fragilidad de las normas cuando entran en contacto con la realidad. "La ley es muy interesante, pero no está implementada. Por caso: ¿cuántos refugios hay en la provincia de Buenos Aires? Tres. Entonces, hay que elegir entre seguir con el maltratador y rogar que no te mate o ir a parar a la casa de un familiar. Sin duda, lo que está pasando con las mujeres en nuestro país es un genocidio. Está totalmente naturalizado que las mujeres somos cosas y estamos a disposición de. ¿Un solo caso? El de Karina Abregú, una mujer que sobrevivió a una tentativa de homicidio. El marido la quiso quemar. El daño fue tanto que ella perdió su trabajo y quedó totalmente desfigurada. Al marido lo condenaron por tentativa de homicidio, pero está libre. Claro, ¿no?"

Y tan claras como eso resultan algunas cifras. Por caso: la ley de protección integral contra la violencia no sólo no alcanzó para disminuir los crímenes, sino que aún no se han adherido a ella media docena de provincias. No existe, como se prometió, un Observatorio Nacional de Femicidios. No existen planes de educación para capacitar a todos, chicas y chicos, en equidad de género. No hay suficiente cantidad de refugios para las que deban huir de sus hogares con sus hijos. No hay políticas activas para que tengan un ingreso. No hay un ingreso para los hijos de las mujeres muertas, que se convierten luego del crimen en una responsabilidad (y en una carga económica) para la familia que se haga cargo de ellos. No existe en la Argentina provincia que dedique a este tema ni siquiera un solo dígito de su presupuesto. Por otro lado, la implementación de la ley está a cargo del Consejo Nacional de la Mujer (CNM), organismo que desde 2009 ha visto jibarizado su presupuesto en un 13%. Así, si se lo divide por la cantidad de argentinas que hay, la conclusión es que "el Estado nacional invirtió sólo $ 0,80 por mujer para erradicar la violencia de género", según se consigna en el informe "Deudas pendientes en la eliminación de la violencia contra las mujeres", presentado por MuMaLa y el ISEPCI en marzo de 2015. Ochenta centavos. Ni dos chicles. Toda una definición.

Sexismo en acción

Transparente. Invisible casi, de tan translúcido, ahí está el sexismo nuestro de cada día, diciendo presente de muy sutiles modos. En la mamá que manda a su energética hija de cinco años "a árabe, para que se ponga más femenina". En el papá que anota a su hijo en rugby, "para que se endurezca". En mí misma, aquella vez que torcí involuntariamente la boca cuando mi hijo de cinco años me pidió que le comprara una escoba de juguete. En algún lugar de la cabeza de todos, la división de posibles e imposibles entre los géneros persiste, y da batalla. Las niñas serán pues rosadas y de plumetí; los nenes, recios y de rodillas roñosas. Las unas y los otros. Y en el medio nosotros mismos, dirigiendo el tránsito infantil. No sea cosa que "equivoquen" el camino, que no entiendan a tiempo que celeste por acá, y rosa por allá, y que unos la fuerza y otras la dulzura, que unos arriba y que otras abajo. Y así nos va, aunque a veces nos espantemos de ver los resultados indirectos de tan atroz pedagogía. El nene forzado a pegar para ser "macho"; la nena obligada a tener que elegir entre acunar o trepar. El nene al que la Justicia deja librado a los lobos porque, según los jueces, a los seis años ya era gay, y había sido violado, y entonces a qué hacer tanto lío. "Lo que pasó con ese niño es por demás revelador -apunta Maffía- porque ese episodio vuelve a evidenciar el prejuicio que existe acerca del lugar de cada uno. Como este niño muestra una orientación homosexual, dicen los jueces, que lo violen no es tan grave. Lo mismo que aquel famoso fallo de Zaffaroni, en donde, como había habido fellatio, pero no penetración, no había habido en realidad violación. Acá más o menos es lo mismo: como el niño era hijo de un abusador, su mamá lo había abandonado y ya tenía problemas, entonces ya está." Pero no ver el lazo que une este episodio con lo que ocurre en la mayoría de los casos en los que la víctima es una mujer habla del éxito de la operación. De lo bien que lo ha hecho el patriarcado en estos últimos miles de años para lograr su truco mejor: volverse invisible y ser capaz de estar ahí sin que siquiera lo notemos. Sin que nada pase (aunque pase de todo, y las muertas desfilen desnudas frente a casa) y todos nos sentemos tranquilos a cenar, mirando las noticias. Hasta que algo pasa. Y algo de hecho pasó hace días, en Twitter, durante un intercambio entre periodistas y artistas que terminó en la convocatoria al Congreso, el 3 de junio, a las cinco de la tarde. Desde entonces, el hashtag #Niunamenos se popularizó y hasta Aníbal Fernández (jefe de Gabinete de Ministros, el mejor posicionado para hacer algo al respecto y, por ende, el menos indicado para posar con el cartelito del caso) se tomó la foto con él. "Pero no hay que confundirse: esto no es partidario ni sectario. No expresa un reclamo sólo de las mujeres, sino un hartazgo social", asegura Túñez. "Por eso central es reconocer que éste es un problema de todos y que tenemos que darle entidad y rango de Estado. Se necesita que la clase política, ahora interpelada por esta convocatoria que organizaron periodistas y artistas, deje de ser políticamente correcta y se ponga manos a la obra." Sí, quizás haya llegado el momento de trasladar la pregunta a ellos. "¿Viste la chica que mataron? ¿Viste esa que cuidaste por el precio de dos chicles?" Ésa, la misma. Sólo que repetida 1808 veces.

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