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Ésa primera ráfaga

Aún puedo sentir la adrenalina generada por mi primer viaje en solitario

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 31 de mayo de 2015
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¿Cuál es el lugar del mundo que más te gusta? ¿Cuál es tu país favorito? ¿Cuál es la ciudad más increíble del mundo? Estas son algunas de las preguntas recurrentes a las que soy interrogado por la gentil curiosidad de los que me rodean. Siempre contesto lo mismo: ¡qué pregunta difícil!

Es tal el nivel de compromiso emocional con el que me uno a cada uno de los lugares que visito que no podría elegir uno por sobre otro.

¿Qué tienen que ver las Highlands escocesas con Tokio? Absolutamente nada. Y ambos lugares son maravillosos. ¿Cómo comparo unas txistorras vascas, en una taberna de las afueras de San Sebastián, con un salmón del Pacífico, en la isla de Kodiak? Imposible. ¡Y son tan ricos!

¿El amanecer sobre el Everest o el atardecer en la Patagonia? ¡Ambos! ¿La ciudad del Vaticano o Varanasi? Ambas ciudades representan demasiado para cientos de millones de personas alrededor del mundo. ¿La Gran Muralla China, las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino o el Coliseo? Qué maravilla viajar miles de años en el tiempo para aprender sobre culturas antiguas.

Cuando comencé a viajar por el mundo dos décadas atrás, lo hice desde el primer momento con un espíritu lúdico, con la ilusión de revivir y observar de cerca los lugares que tanto había soñado durante largas noches de lectura en mi niñez. De comprobar si estaba acertado cuando transformaba en imágenes, dentro de mi mente, lo leído.

Todavía, incluso con la cantidad de años que han pasado, puedo sentir en mi cuerpo la adrenalina generada por mi primer viaje importante en solitario. Me puedo transportar al momento en el que me despedía de mi madre en la terminal de Ezeiza y el mundo se abría ante mí. Me acuerdo hasta de la persona que viajó a mi lado durante el vuelo, tal es la importancia que le doy a esa jornada.

Habiendo nombrado a mi madre, nunca podré dejar de agradecerle por la increíble y generosa educación que me transmitió tanto con palabras y ejemplos, la cual me permitió desenvolverme, crecer, interactuar, aprender y divertirme con una mente abierta, sin prejuicios y sobre todo con mucho respeto. Y fue la lejanía la que me hizo no sólo valorar esto, sino también apreciar enormemente lo que dejaba en casa.

Quizás al principio, por mi incipiente juventud, me resultaba más fácil inclinarme por algo. Pero a medida que fue madurando mi espíritu, mis ojos fueron aprendiendo a descubrir, para así enamorarme de lo que cada país tenía para ofrecer. Algunos me entraron por su historia. Otros, por sus costumbres. Algunos por sus paisajes y arquitectura. Muchos por su gastronomía. La gran mayoría por la hospitalidad de sus habitantes.

Aunque a ustedes les sorprenda, lo primero que me conecta con el lugar al que llego es esa primera ráfaga de aire que siento cuando se abren las puertas automáticas del aeropuerto y salgo al exterior. Ninguna ráfaga se compara con otra y sin embargo no me olvido de ninguna. Tanto la fresca brisa en San Petersburgo como la tórrida de Nueva Delhi están cargadas de las condiciones climáticas propias además de los aromas y olores autóctonos.

Y no hay ninguna de estas sensaciones que no quiera volver a vivir. No importa cuántas veces visite una ciudad tanto en el mundo como en nuestra querida Argentina, nunca se apaga en mi la capacidad de asombro. Puedo pasar mil veces por la misma esquina y encontrar algo que no vi en las ocasiones anteriores.

Por eso, viajando siempre se activaron en mí diferentes emociones y sensaciones. Momentos y recuerdos. Ganas e ilusiones. Y así, de a poco, fui creciendo sin darme cuenta.

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