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Inmigrantes: los nuevos porteños van dejando sus huellas en los barrios de la ciudad

Colombianos en Palermo, dominicanos en Constitución y coreanos en Flores..., como a principios del siglo XX, Buenos Aires crece incorporando las costumbres de los extranjeros que la eligen para vivir

Martes 02 de junio de 2015
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LA NACION
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Palermo: Eduard Meléndez sostiene una bandeja con arepas, una delicia típica de su país, Colombia
Palermo: Eduard Meléndez sostiene una bandeja con arepas, una delicia típica de su país, Colombia. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Eduard Meléndez se prepara sopa, lentejas, mandioca frita, como si viviera en Colombia. Pero no, está en el barrio de Palermo, Buenos Aires, Argentina. La dominicana María Isabel Berroa, una peluquera que también se dedica a esculpir uñas, escucha bachata desde temprano, como si estuviera en su país. Pero está en el barrio de Constitución, Buenos Aires, Argentina. La coreana Hye Hyun Son (Alexandra) organiza en un rincón de su restaurante una biblioteca con los clásicos de su país, algunos traducidos al inglés; su vecino, el empresario Song Hee Ho (Víctor) armó el club de amigos del cine coreano; así se sienten como en Corea, pero en el barrio de Flores, Buenos Aires, Argentina.

La Argentina y, en particular, su capital tiene una historia receptiva de inmigrantes. El proceso de migración de finales de siglo XIX se enmarcaba en la necesidad del país de contar con una inmigración blanca, europea en el proceso de repoblamiento y nueva identidad nacional que se estaba desarrollando. La nueva inmigración, en cambio, se caracteriza por las complejidades de la globalización: multitud de orígenes y de propósitos. En ambos casos, "la migración, como proceso histórico siempre deja huella", señala el doctorando en ciencias sociales y políticas, especialista en temas migratorios, Sergio Prieto Díaz.

"Según el último censo nacional, en la ciudad de Buenos Aires hay 381.778 extranjeros, lo que representa el 13% de la población. "

Según el último censo nacional, en la ciudad de Buenos Aires hay 381.778 extranjeros, lo que representa el 13% de la población. Los barrios más receptivos en la última década fueron el de Constitución, Monserrat, Puerto Madero, Retiro, San Nicolás, San Telmo (Comuna 1), donde residen 50.948 extranjeros; le siguen Villa Lugano, Villa Riachuelo, Villa Soldati (Comuna 8), con 43.742 y son 40.967 los que eligieron vivir en el barrio de Flores y Parque Chacabuco (Comuna 7).

El barrio de Palermo está entre los seis más elegidos: viven 23.399 extranjeros. El 40% de los migrantes de los últimos años son del "resto de América"; hay una fuerte presencia de mexicanos, brasileños, uruguayos y colombianos, estos últimos, los que más aumentaron recientemente.

Las verdulerías de esa zona de la Capital, con diversidad de frutas típicas de Centroamérica, ofrecen una pista de esta tendencia. En la esquina de El Salvador y Salguero, Paco Pineda termina con una clienta y se pone a acomodar las frutas. "En el barrio hay una verdulería por cuadra", dice. "A la gente de por acá le gusta comer mucha fruta". Habla de cómo fue incorporando variedad en los últimos cinco o seis años.

"Antes esto no se veía acá", dice con un plátano en su mano; se parece a la banana pero no es dulce y se come frito. "Me lo piden mucho los colombianos y mexicanos", comenta. Y también menciona frutas que sumó de tanto que se las nombraron: mango, papaya, maracuyá y guayabas. El maracuyá sólo lo trae por medido: cuesta $90 el kilo. La mayor demanda proviene de extranjeros, pero con el tiempo los porteños también las incorporan, como pasó con la palta.

El experto en desarrollo y gestión de ciudades Fabio Quetglas explica que como se migra en red, es decir, no se da de un modo aislado, cuando se consolida una colectividad en un país la posibilidad de que siga creciendo es altísima. "Funciona el efecto llamada", sintetiza. Estos nuevos pobladores, en general, eligen concentrarse en determinadas zonas de la ciudad. Allí recrean sus comidas, recuperan su música, celebran a sus santos, hablan su idioma, se sienten contenidos. Algunas de sus costumbres se mixturan con las del barrio que los recibe. "Una ciudad mientras más multicultural es, más rica es", dice Quetglas.

I Love Arepa

Eduard Meléndez pasa todos los días por la verdulería de Paco de camino a su trabajo, en una sucursal de comidas rápidas "I love arepa". El joven veinteañero vino de Colombia hace dos años para estudiar gastronomía en la universidad y, al mismo tiempo, trabajar de lo que fuera. Una vez que se reciba, planea seguir su ruta hacia otro país, aún no decidió cuál. Pero para eso falta. A media tarde de un miércoles, sin movimiento en el local, prepara los ingredientes de relleno de su especialidad: las arepas. "Algunos clientes me dicen que el pan de las arepas se parece a la polenta. Nunca he comido, me tocaría probarla. Debe ser porque está hecho con maíz blanco", arriesga.

El sonido de una radio llena el lugar de rock. En el cartel que cuelga a modo de menú se observan doce variedades de arepas: Caleña, rellena con carne desmechada, plátano maduro y queso rallado; Bogotana, con pollo desmechado gratinado con salsa de queso con cebolla de verdeo; Barranquillera, con pollo, maíz, mayonesa, aguacate (palta) y queso; Paisa, con carne, frijoles y aguacate; Argentina, rellena con chorizo, tomate y queso, entre otras.

"A los patacones los tuvimos que dejar de hacer porque los vecinos se quejaron del olor a frito. Y, pues, para evitar problemas tocó retirar la freidora", cuenta. Los patacones son una comida típica colombiana: plátanos aplanados y fritos. Una pareja de colombianos abrió este local hace algunos meses -es el segundo en capital- porque cada vez eran más los colombianos que no tenían opciones para comer lo que extrañaban de su país. "Cada vez se consiguen más cositas nuestras acá. Por ejemplo, yo cuando llegué no había porotos, ahora en los chinos hay", dice. "También venden maíz blanco". Y cuenta que ahora sí puede cocinarse lo que le gusta en su casa: alguna sopa, lentejas, mazorca, palta, mandioca frita.

La peluquera que extraña los gandules

Constitución: la dominicana María Isabel Berroa deja a punto el degradé en el pelo de un cliente
Constitución: la dominicana María Isabel Berroa deja a punto el degradé en el pelo de un cliente. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

En la peluquería Raquel, un local de pocos metros en Santiago del Estero al 900, esquina EE.UU., a simple vista hay unas 20 caras cuando uno entra; la mayoría son jóvenes: sólo desentonan un señor canoso y un niño de unos ocho años que recuerda a Arnold, del programa televisivo Blanco y negro). Suena música en un volumen tan alto que no se identifican las conversaciones. El sonido llega de una computadora conectada a un televisor de 32 pulgadas ubicado en el medio y arriba de los dos espejos centrales que ocupan una pared. Suena un mix de éxitos de Hildemaro, "Lo mejor de la salsa", se lee en la pantalla.

Belkis Taveras, la peluquera dueña del lugar, dice que ahora está ocupada, que espere. La música podría transportar a un lugar al aire libre, preferentemente de playa, cerca de alguna bebida refrescante. Pero aquí dentro enseguida se siente el encierro: no hay cielo, ni playa, sino demasiada gente esperando un turno para un degradé, en el caso de los varones; un planchado o trenzas para las chicas. Bebidas hay: dos cervezas Brahma a medio tomar se ubican entre tijeras y peines. Los clientes tienen la confianza de acercarse y empinar la botella.

Belkis se vino de Dominicana a la Argentina para "sacarse un clavo", poner distancia con un hombre. Acá tenía una tía que la alojó. De esto hace 20 años. Recién hace dos que tiene la peluquería; antes trabajó como secretaria, dice. "¿Qué si extraño algo? Pues, no. Acá está nuestra gente también, somos muchos. Y la cocina es igual, hacemos nuestros platos, en el supermercado nos venden lo que necesitamos", dice. La clienta, también dominicana, se suma con espontaneidad: "¡Los guandules! Esos no se consiguen todavía". Son unos porotos pequeños que se sirven con arroz y que en su país son muy típicos. "Cierto. ¡Traéme una latita! Es muy común pedir cuando sabemos que alguien viaja", retoma Belkis.

"El barrio de Constitución es el que más extranjeros tiene. La comunidad paraguaya es la más numerosa, le sigue la peruana y en tercer lugar el "resto de América", con una fuerte presencia de dominicanos. "

La entrada y salida de clientes es constante ahora que cae el sol. "Siempre es así. Los muchachos valoran la prolijidad y el arte que hacemos acá. Los cortes degradé, los dibujos, somos especialistas", promociona. Lo siente como un talento ligado a la nacionalidad. "Y hay mucho trabajo porque alguien con un corte así para mantenerlo tiene que venir todas las semanas", dice, y se ríe consciente de la "trampa". Un corte con dibujo cuesta $130 y uno sin, sólo con degradé, 80. De voz cantarina, piel morena, cabellos rizados, curvas pronunciadas, cuando conversa y gesticula todo su cuerpo habla. "Acá construimos nuestro mundo, una mezcla de costumbres de acá y de allá", dice Belkis y es la despedida.

El barrio de Constitución es el que más extranjeros tiene. La comunidad paraguaya es la más numerosa, le sigue la peruana y en tercer lugar el "resto de América", con una fuerte presencia de dominicanos.

María Isabel Berroa tiene 24 años y pasó la mitad de su vida en Buenos Aires. Forma parte de la estadística. Santo Domingo es para ella un lugar donde todo sucede demasiado temprano: madrugan, cenan a las siete, las fiestas terminan a las dos de la madrugada. A media tarde de un martes no tiene clientas a quien esculpirle las uñas. Ese es su trabajo en la peluquería unisex de Independencia al 1500.

Como en la peluquería Raquel, aquí el nivel de diálogos, carcajadas y televisión es tan alto que cuesta seguir la conversación. María Isabel se instaló en este barrio epicentro de los dominicanos porque es el lugar de referencia para todo. "El que quiere un estilista dominicano viene acá, también tenés los restaurantes nuestros, los bares que pasan la música de allá, los boliches que organizan fiestas", dice. Para su comunidad son muy importantes las festividades de los santos, la principal es la de San Miguel. "¿Qué día cae San Miguel?", pregunta casi con un grito a dos mujeres que charlan y ríen en el otro extremo del local. "¡29 de septiembre!", llega otro grito.

Piensa y recuerda que antes lo que extrañaba de su país era la música. "Me acuerdo que hace diez años ponía bachata en el colectivo con el celular y me hacían caras como: ‘¿Qué está escuchando esta?’ Ahora suena bachata en la música de cualquier auto que pasa, todo el mundo baila bachata", dice. "Veo que en el barrio la gente está más alegre, canta, baila. Hay mucho de eso acá desde que estamos nosotros", suelta.

El restaurante coreano que fusiona dos mundos

Flores: Hye Hyun Son, o Alexandra, y las efigies de dos parejas en bailes típicos: una, coreana; la otra, argentina
Flores: Hye Hyun Son, o Alexandra, y las efigies de dos parejas en bailes típicos: una, coreana; la otra, argentina. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Si Constitución vive de fiesta, si allí habita el ruido y la risa estridente, en esta zona de Flores elegida por la comunidad coreana anida el silencio, la delicadeza de palabras y gestos. La comuna 7, de la que Flores forma parte junto con Parque Chacabuco, es la tercera receptora de extranjeros y la comunidad oriental tiene un peso preponderante. Lideran los inmigrantes bolivianos, peruanos y la tercera es la asiática.

Son las cinco y media de la tarde y en el restaurante "Una canción coreana" una pareja de orientales cena. Su conversación es fluida y a dos pasos de ellos apenas se oye un murmullo. El silencio sólo se interrumpe, apenas, por el rozar de algún palito de acero en los cuencos de loza, el sonido del agua que se vierte en un vaso. Aunque la dueña del negocio se presenta como Ana, cuando conoce el motivo de la visita prefiere ceder el lugar a su marido, Song Hee Ho (Víctor). "El sabe mejor la historia", dice esta mujer coreana de quien su esposo destaca sus dotes de cantante lírica.

"Llegué con mi padre en el año 77, con la época de Videla. Yo tenía 13 años", dice este empresario oriundo de Seúl que se dedica al comercio entre la Argentina y Corea. "En esa época mi país era más pobre que acá, ahora es a la inversa. Vinimos buscando una mejor situación para los hijos, ése era el principal objetivo", agrega. Se instalaron en la villa 1/11/14, a pocas cuadras de donde viven ahora. "En esa época había muchos coreanos en esa villa; fuimos progresando y terminamos acá en Flores. Mi papá pudo comprar una casa en tres años en aquella época. El se dedicaba al textil, como muchos coreanos".

La familia de Víctor, ya con dos hijos, históricamente se dedicó al bazar. En la última década, con las restricciones para importar, el negocio se fue complicando y apostaron al cambio de rubro. La suegra de Ana, con ellos en la Argentina, propuso hacerse cargo de la cocina si abrían un restaurante. Eso hicieron los Ho. "Se consiguen todos los insumos, a veces, mejor que en Corea", dice, y aclara que no es una exageración. "Hace años el repollo oriental no se conseguía. Con eso se hace kimchi, que es como el asado para los argentinos. Ahora llamo y hago el pedido y a la mañana lo tengo acá", dice, encantado con la logística. "La Argentina es un paraíso para nosotros".

"En el restaurante de Alexandra, ella armó una biblioteca con clásicos coreanos, algunos traducidos al inglés. "Son libros de mi biblioteca. Preferí mudarlos acá, así los presto. Es un poco el encuentro entre dos mundos", dice "

El restaurante tiene una clientela fuerte de coreanos, pero Víctor dice que lo visitan cada vez más argentinos. "Les aclaramos que si vienen cerca de las diez de la noche ya no se sirve comida; acá se come más temprano", dice. Aunque son permeables con otros cambios: el cartel grande del local está en castellano, la carta está toda en español también e incluye el grado de picante de cada plato y el local tiene un gran ventanal, algo impensable en su país. "Desde hace un tiempo hay más conocimiento de la cultura coreana a través del K-Pop (diminutivo de korean popular music), y de las telenovelas. Como siempre pasan escenas de almuerzo o cena nos dicen que después vienen a probar", cuenta Víctor.

Habla y en él fluye un entusiasmo por su vida en la Argentina. No sólo por la prosperidad en lo laboral sino también porque aquí encontró un espacio para el arte: es cinéfilo y organizó un club de amigos del cine coreano. Todos argentinos", aclara. Se juntan a ver películas en distintas casas y luego conversan. Víctor dice que lo que no puede hacer con argentinos es jugar al golf. "Nosotros somos muy machistas –sonríe al reconocerlo, y sigue-, en cambio los argentinos siempre tienen que preguntarle a la mujer si pueden ir, si no tienen ya otro compromiso. Y el juego tiene que ser algo constante".

Su vecina, Hye Hyun Son (Alexandra) concluye la tarea de acomodar libros. En su restaurante "Midam", que significa ‘llego de sabores’, armó una pequeña biblioteca con los clásicos coreanos y algunos traducidos al inglés. "Son libros de mi biblioteca. Preferí mudarlos acá, así los presto. Es un poco el encuentro entre dos mundos", dice. Su local refleja desde el frente esta intención: en uno de los dos ventanales, se ve una pareja de coreanos con vestimenta típica; en el otro, una pareja que baila el tango. En las paredes también confluyen artes de uno y otro país, como si dialogaran.

Alexandra, como su vecino Víctor, ya tiene una historia de apego con la Argentina. Llegó con sus padres a los 16 años, ahora tiene 43. Por una costumbre de su país a los 20 se fue a estudiar la universidad a Corea: regresó hace cuatro años como licenciada en Ciencia Política y especialista en estudios de América latina. "Decidí volver porque este barrio es nuestra casa. Me interesó la idea de servir acá como si fuera la mesa diaria de los coreanos, para que los que visitan se sientan como si estuvieran en una casa cualquiera de allá", dice. El restaurante, su dueña, propone ese viaje imaginario.

-¿La convivencia con los vecinos del barrio cómo es?

-Con los vecinos coreanos hablamos, pero no tenemos mucho contacto con los demás.

El especialista en temas migratorios Prieto Díaz considera que las migraciones recientes aportaron mayor variedad y experiencias al acervo porteño, ya de por sí fuertemente influido por las migraciones más antiguas. Pero acota que aunque exista un reconocimiento de la diversidad cultural, esto no implica que se fomente lo intercultural, el espíritu de verdadera convivencia entre ellas.

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