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Pablo Sultani: del fenómeno Violetta a Shrek, el musical

El protagonista de la obra del ogro habló con Personajes.tv y contó su historia

Miércoles 24 de junio de 2015 • 10:07
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LA NACION
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Foto: Gerardo Viercovich

"¿Estás nervioso?", pregunta una voz en off con la cámara encendida tras bambalinas del teatro Lola Membrives. Pablo Sultani está a punto de salir a escena como Franz Liebkind, el alemán neonazi de Los Productores, obra protagonizada por Guillermo Francella y Enrique Pinti que marcó su debut en el teatro comercial, en 2005. "Nervioso no. Estoy feliz", contesta él. Esa actuación le valió su primer gran premio, el Ace revelación, un envión imponderable. Después, una seguidilla traída de Broadway: Sweet Charity, Rent, El joven Frankenstein, El Pasajero. Se sumó a la locura de Random Creativos, los creadores de La Parka, en sus últimos dos hits musicales Alicia en Frikiland y De gira en la Farruka, hizo televisión (Casados con hijos, Son de Fierro, El Elegido), y alcanzó el éxito internacional como el Profesor Beto en Violetta. Con el elenco de la serie de Disney viajó por todo el mundo y todavía cuenta impresionado cómo lo reconocían en las calles de Nueva York.

Recibe a Personajes.tv en el teatro Maipo, todavía acalorado por un ensayo de Shrek, el musical, obra que lo tendrá como protagonista desde el 30 de junio. Mientras afuera el viento tira abajo varias hojas secas, él pide prender el aire acondicionado. Y eso que sólo pasaron el primer acto, y no tiene puesto el traje de Shrek: convertirse en el ogro le exige casi tres horas en el camarín para colocarse montones de gomaespuma y maquillarse totalmente de verde. Las veces que ensayó con todo eso encima se dio cuenta de que sin ventiladores en las patas del escenario no podrá terminar la función, y que cada camiseta que use irá directo a la basura. "Es un poco tedioso. Pero lo que viene después es un placer". No le teme ni al calor ni al cansancio de hacer dos funciones de lunes a lunes en vacaciones de invierno. No está nervioso ni preocupado. Nuevamente, está feliz.

Foto: Gerardo Viercovich

Pablo Sultani se había enamorado del musical de Shrek mucho antes de que llegara a la Argentina. Pensaba que sería el Burro, por sus características histriónicas. Cuando supo que se tomarían audiciones, le contó a su hija, Paula, de 19, que intentaría obtener el papel del amigo del ogro. "No. Eso ya lo hiciste. Vos tenés que ser Shrek", le dijo. Ella es como su oráculo: cada vez que tiene dudas le pregunta, y según él, "nunca se equivoca". Está encantadísimo con su ogro y además, su Fiona es una de sus mejores amigas del medio, Melania Lenoir. En las redes sociales no paran de compartir fotos juntos y se muestran divertidísimos en los ensayos.

-Parece que se llevan muy bien...

-Es un placer venir a ensayar. Nos conocemos mucho. Esta vuelta nos encontramos literalmente en un cuento de hadas divertidísimo, que se burla de los cuentos de hadas y de los musicales, siendo un musical hecho y derecho. La energía creativa va para un mismo lado. Jodemos pero a la hora de laburar todos nos concentramos mucho.

-¿Cómo te vinculás con el mundo infantil?

-Me entiendo totalmente, es parte mía, siento que soy un señor grande pero jamás voy a perder mi niño. Me parece que al actor le viene tan bien aceptar la madurez como dejar que el niño fluya.

-¿Siempre tuviste esa facilidad para entrar el mundo de los niños?

-La conexión con el disparate está desde que nací. A veces sentía que no tenía lugar en el mundo. Me echaron del colegio, me había llevado un montón de materias, siempre estaba tratando de llamar la atención. La profesora de castellano me dijo que me fuera, que yo tenía que estar arriba de un escenario.

-¿Cómo es el proceso de transformación en Shrek?

-Mis compañeros no me ven de Pablo en ningún momento. Empiezo tres horas antes de la función y estoy 45 minutos después sacándome todo. Me pongo el pelo para atrás y una escafandra verde con las orejitas que deja la cara al aire y llega hasta el cuello, lo que favorece a una acción del personaje que se mueve todo duro. Prostéticos de látex en los pómulos, nariz y pera. Después se pinta todo verde. Después aerógrafo. Calzas, con un poquito de gomaespuma, todo un corpóreo de gomaespuma relleno con cosas y arriba, la ropa de Shrek. Muchas veces hice personajes con un vestuario caluroso, pero este se pasa. Salgo y me tengo que bañar. Puede llegar a ser un poquito tedioso, pero nada más. De repente me miro y ya no soy más yo, es Shrek. Es tan divertido convertirse en otra persona para un actor. Es tan buscado eso... Esto es el colmo de lo ideal y es un placer lo que viene después.

Foto: Gerardo Viercovich

-Supongo que durante las funciones no vas a hacer más nada que teatro...

-Es demasiada la demanda de energía que te lleva esto... En lo posible, si podés elegir, yo prefiero hacer un solo proyecto para meterle toda la energía. No soy un actor muy ordenado, voy con lo que tengo encima, y normalmente no tengo otros trabajos.

-¿Cómo te llevás con Melania Lenoir, tu Fiona?

-Es enamoramiento puro. Mela y yo estamos absolutamente enamorados desde mucho antes. Tenemos un cariño enorme. Cuando empezamos a oler que íbamos a trabajar juntos, nos pusimos felices. Es un placer enorme. Nos complementamos muchísimo. Con Roberto Peloni también, trabajamos un montón. Y en la vida real somos muy amigos. Compartimos muchas cosas. Somos de una misma jaula.

-En este contexto en el que la cultura de la imagen prevalece sobre muchos valores, ¿cómo ves el mensaje que da esta historia?

-Todas las obras tienen una especie de moraleja. Algunas no me las banco. Pero esto viene muy bueno para todas las épocas, esto de "no me juzgues por lo que ves sino por lo que puedo dar, por lo que podemos encontrar en común". Shrek habla de esto, de valores que están bastante vistos, el anti bullying, la lucha contra esta cultura de la imagen. A Shrek lo ven como el ogro que leyeron que existe. Pero, ¿qué entendés que es un ogro? Simplemente tiene ciertas costumbres y características físicas que no joden a nadie. Es un dulce, es un tipo de unos treintis, bastante rocker, es absolutamente normal, no tiene nada de malo. Es súper bonachón, no tiene maldad, tiene mucho amor para dar, pero está tan acostumbrado a que le digan que no , que el mundo no es para él... Canta "el mundo es bello y feliz pero no es para mí". ¡Pobrecito! Tenés ganas de ser su amigo. El mensaje no es para decir que los que son feos son buenos, tiene que ver con lo que te enseñan las cosas de una manera, pero hay que preguntarse qué pasa si no es tan así. Las religiones se tratan de eso. Podés creer en lo que quieras. Pero andá y sacá tus propias conclusiones. No hay que esperar que te autoricen la libertad. Es que tenemos el chip. Es hora de que hagamos nuestro propio chip.

-¿Creés que eso debería enseñarse en las escuelas?

-En las casas estaría bueno que se enseñe. Y en las escuelas creo que hay que ponerle un poco más de huevo a la enseñanza. Es un error enorme la falta de interés que generan y que tienen algunos maestros. La educación en cuanto a modales y formas y todo eso. No hay estímulo. Fue la marcha del #NiUnaMenos y gracias que hubo eso, porque antes no existían estas cosas. Hay un montón de otras cosas que no son tan gigantescas. Pero está bueno hacerlas. Si no, todo es un Boca-River, y se dejan de lado un montón de cosas.

-Hablemos del fenómeno Violetta, ¿te imaginabas que iba a tener ese éxito?

-Un poco, pero no tanto. Cuando empezamos a hacer la primera temporada no había un feedback, se grabó toda completa y salió. Y empezó una cosa, redes sociales, y cuando estábamos haciendo la segunda fue increíble. En Nueva York me paraban en la calle. Te dicen cosas divinas, te piden fotos. De Francia, de Italia, de México, Brasil, Polonia.

-¿Por qué creés que se convirtió en un fenómeno?

-Estaba muy bien hecho técnicamente, artísticamente, muy cuidado el producto, la proyección internacional fue enorme. La elección de un elenco internacional. La producción super cuidada, las canciones. Todo muy bien enfocado. El producto estaba muy claro. Una historia bastante clásica, pero la gente que eligieron fue muy importante. Además, nació en pleno auge de las redes sociales. No le debe su éxito a Internet pero hacés que todo esté en un mismo lugar. De cualquier país, se comparte inmediatamente.

-¿Cómo viviste la explosión?

-Fue un placer. Hay momentos que se torna un poco raro porque de repente en la calle hay una respuesta muy inmediata... No te puedo explicar lo que era pasar por un colegio.

-¿Sentís que marcó tu carrera?

-Sí, marcó mi carrera. Estoy super agradecido. Primero porque te abre muchas puertas afuera, si uno está buscando eso, yo soy muy de Argentina. No puedo trabajar si no me divierto y si no estoy en un entorno amigable, piola, que nos contenemos.

Familia de artistas

Foto: Gerardo Viercovich

La historia es conocida: Sultani no quería estudiar. Se llevaba todas las materias posibles, e iba a rendir a marzo sin estudiar. Su profesora de Castellano un día se cansó y lo mandó a buscar su camino en los escenarios: lo echaron del colegio. "Fue un dramón. Mis padres me querían matar", recuerda entre risas, ahora que todo salió bien, claro. Sus padres son Alberto Sultani y Silvia Segall, y no pusieron ni un reparo cuando el joven Pablo empezó a vincularse con el mundo del teatro. Al contrario. Alberto era locutor en la época de oro de la radiofonía argentina, y había incursionado en la actuación junto a Silvia, pero la vocación más fuerte de los dos era su familia. El decidió poner una imprenta con la que tuvo éxito y ella fue una dedicada ama de casa. La pasión por el mundo artístico, sin embargo, corría por las venas de esa familia: "Mi tío, Corcho Segall era del dúo los Blue Jeans, con Beto César. Trabajó cabeza a cabeza con Susana Giménez. Nélida Lobato era prima de mi mamá. Mi abuelo, Lalo Segall, era guitarrista y acompañó a todos, era parte de un trío que se llamaba La mejicanita y sus chinacos hicieron participaciones en el cine argentino. Siempre las reuniones familiares era una cosa de todos cantando y muy bien. Mis primos están en El Choque Urbano. Todos se dedican a cosas artísticas", explica Sultani.

Cuando dejó el colegio trabajó como diseñador gráfico en la imprenta de su papá Alberto, oficio que hoy todavía aplica -hizo el diseño de la gráfica de algunas obras-, luego en un videoclub y mientras tanto comenzó a montar sus primeros espectáculos de humor, de una forma "absolutamente inconsciente". Su papá lo ayudaba con la producción de esos primeros pasos en las tablas y lo iba a ver orgullosísimo. "Mi viejo era mi fan número uno, murió en el 99, no vio nada de lo que pude hacer, pero no te puedo explicar el amor que tenía por mí, era súper fan, me ponía todo lo que hiciera falta", relata y unas lágrimas lo interrumpen. La ausencia se siente más que nunca cuando faltan días para su debut en un rol protagónico, un papel deseado con todo su corazón, que ahora además será un tributo para su papá: "Hay muchas cosas que tienen que ver con él, que son para él en mi carrera. Este Shrek me recuerda todo el tiempo a él... Físicamente incluso, era grandote". Vuelve a interrumpirse, pero esta vez sonríe con ternura. Mira a Shrek y mira la imagen de su papá grabada en las retinas.

-¿Tu hija seguirá tus pasos?

- Hace teatro, danza, en un sentido más catártico. Está en la facultad, está haciendo artes combinadas. Había empezado por el lado de la psicología. Le dimos todo para que elija: a quién querés amar, qué querés hacer, cómo querés hacer las cosas. El criterio no es hacer las cosas como los demás dicen que está bien, sino lo que vos sientas que estás haciendo bien y no hacés nada mal a los demás.

-¿Cómo es eso de que le consultás antes de animarte a un papel?

-Paula es muy dulce, inteligente y es brava. Siempre fue mi primera consultora. Yo le cuento las propuestas que tengo y ella me dice "no lo veo", y después, castigo de Dios, voy a la audición y no quedo. Cuando ella me dice "quedate tranquilo, es para vos", quedo.

-¿Qué sueños te quedan por cumplir en lo profesional?

-Hay algunos proyectos de hacer cosas propias, un unipersonal, un recital... ¡tengo un montón de sueños! Es que todavía tengo al niño muy vivo en mi interior.

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