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LA NACION
Viernes 12 de junio de 2015
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Nacieron en 1973 y crecieron fuera de la ciudad de Buenos Aires, en el interior de la provincia. Son nombres frescos en la cartografía de la literatura argentina y provienen de comarcas ajenas: la ciencia, la industria cinematográfica. Marco Andrés Quelas, biólogo, acaba de publicar su primer libro de cuentos El buen marido (Turmalina), y Luciano Bertone, sonidista durante más de quince años a las órdenes de directores como Gus Van Sant y Héctor Babenco, guionista y realizador él mismo, ya va por el segundo: en abril apareció su volumen de relatos La Siberia de los sueños (Luxemburg). Hasta aquí, el azar de ciertas afinidades; luego el sendero se bifurca para bien de los lectores, pues pocas cosas más tediosas que verse obligado por "la voz de una generación" a leer una y otra vez el mismo libro en sucesivas (y a veces simultáneas) reencarnaciones.

Los textos de Quelas revelan una vocación y una sensibilidad claramente narrativas. Cuenta historias simples, de pueblo o de suburbio; módicas aventuras rurales. Deliciosas evocaciones de los años de infancia. Y si algún descuido -acaso fruto del entusiasmo puesto en la evolución del asunto- opaca la lectura, lo compensa con una virtud de oro: logra que el lector, puesto a leer sus cuentos, quiera saber cómo terminan.

En Bertone se destaca el puro placer literario; la fruición por una escritura densa, minuciosamente articulada; las referencias y las alusiones a sus propias lecturas y a los ancestros venerables: Kafka y Bioy Casares, señala como ejemplo Edgardo Cozarinsky en el laudatorio texto de la contratapa. Un mecanismo preciso donde cada palabra pesa sin inocencia en la trama de historias fantásticas o complejos cuadros de familia.

Hace algunos años, en el Caribe colombiano, una joven y talentosa escritora mexicana se despachó con malicia, tal vez ignorando si entre el público se encontraba algún ejemplar de la casta a punto de ser vapuleada, probablemente deseando que así fuera. En la Argentina, dijo, levantas una piedra y aparece un escritor; pero encontrar quien los lea ya es más difícil. Los hermanos latinoamericanos que colmaban el auditorio celebraron en la ironía una estocada a esa soberbia que saben porteña. Las caricaturas a veces trafican su brizna de incómoda verdad. Aunque poco importa en este caso. Al fin y al cabo, en los talleres literarios, en los cócteles y en las aulas o las mesas de café donde se ensalzan y condenan manuscritos, los más curtidos, cuando quieren bien a los nuevos, les recuerdan que en el océano infinito de los lectores posibles conviene moverse como en una librería de viejo, donde el que no busca, por lo general encuentra.

vchiaravalli@lanacion.com.ar

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