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Rafael Calvo, el físico argentino que quiere mejorar el lado B de la tecnología

Desde la Universidad de Sydney, en Australia, impulsa la computación positiva, para aumentar el bienestar de la experiencia tecnológica

Domingo 14 de junio de 2015
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LA NACION
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Foto: María Aramburú / LA NACION
Foto: María Aramburú / LA NACION.

Rafael Calvo hace el experimento cada vez que tiene una oportunidad: primero les pide a los miembros de su auditorio que sólo levanten la mano los que se sientan más productivos gracias al uso de dispositivos tecnológicos; la respuesta es ampliamente mayoritaria. Acto seguido, pide que levanten la mano sólo los que sientan que ese uso los ha vuelto más felices: tras un breve momento de reflexión, las manos levantadas son la excepción.

Eficiencia, precisión, simplificación de tareas, conexión con el mundo? Es indudable el aporte de computadoras, teléfonos y demás dispositivos smart en nuestras vidas. Pero a la par de los beneficios, crece también la percepción de ciertos efectos colaterales, nocivos y seguramente no deseados, que llegan de la mano de una vida mediada por la tecnología.

La lista de efectos colaterales es extensa. De ella, pueden mencionarse algunos más populares: desde dificultades para entablar un diálogo sin estar pendientes del teléfono, pasando por la dependencia, el estrés y hasta la imposibilidad para desconectarse del entorno digital; son todas facetas del lado B de la tecnología.

Es, justamente, este lado B el que desvela a Calvo desde hace varios años. Y por eso, desde la Universidad de Sydney, este doctor en Física por la Universidad Nacional de Rosario impulsa otra manera de entender el mundo de lo tecnológico, llamada computación positiva. "Históricamente, la ingeniería en software se ha concentrado en reducir cada vez más el tiempo que nos lleva realizar determinadas tareas, pero sin prestar atención a lo que nos ocurre a los usuarios, en términos de bienestar psicológico, durante ese proceso de interacción", reflexiona en diálogo con la nacion, durante su visita al país en el marco de la feria "Australia educa", que reunió en Buenos Aires a universidades y centros de estudios de ese país para difundir aquí su oferta.

Autor junto a Dorian Peters del libro Positive Computing. Technology for wellbeing and human potential (Computación positiva. Tecnología para el bienestar y el potencial humano), publicado por MIT Press a finales de 2014, Calvo es director del Laboratorio de Computación Positiva de la Universidad de Sydney. Allí el término se investiga, difunde e incluso da sus primeros pasos en la vida real. ¿De qué manera? Desarrollando aplicaciones y sitios web que buscan mejorar la vida de las personas que los utilicen.

"La tecnología tiene un gran desafío por delante: lograr que todas las herramientas que se desarrollen sean mucho más que simplemente eficientes. Las oportunidades para tener un impacto mucho más positivo en la vida de las personas son muchas y hasta el momento la mayoría se han desaprovechado", explica el especialista.

Basados en la afirmación de que no son pocos los humanos que se sienten mucho más cómodos para asumir ciertos gustos, deseos y hasta angustias existenciales cuando el interlocutor es una máquina, Calvo y equipo han desarrollado una app para bomberos, policías y profesionales de la salud especializados en emergencias que sirve como un espacio de catarsis laboral. Y hay más: también han colaborado con una ONG de salud mental para desarrollar un sitio web que es capaz de orientar a quienes moderan los foros de ayuda al detectar posibles patologías a partir de lo que los usuarios escriben.

Calvo reconoce que la ciudad australiana es un entorno ideal para cruzar vanguardia y altruismo a la hora de desarrollar tecnología -"Sydney tiene una pequeña Silicon Valley; Google Maps surgió ahí", ejemplifica-. Pero a la vez enmarca el desarrollo e investigación de la computación positiva en un plano más bien global, en el que de hecho participan reputados centros de estudio como Stanford o Cambridge.

Transcurrido un buen rato de diálogo, es indudable que detrás de este licenciado y doctor en Física hay un psicólogo en ciernes. Así lo admite. "No estudié psicología porque no me interesaba en psicoanálisis. Cuando me incliné por la psiquiatría, desistí porque no me interesaba estudiar Medicina", rememora, convencido de que la tecnología tiene que poder establecer alianzas con los diferentes campos de la psicología.

Nacido en Estados Unidos, llegó al país al año de nacer y se instaló en Rosario, de donde es toda su familia. Por eso se reconoce, más que norteamericano, argentino.

En Rosario estudió e incluso trabajó en el sector privado. Su partida del país coincidió con el estallido del país en 2001. "Mi doctorado fue en el área de inteligencia artificial -recuerda Calvo-, particularmente sobre redes neuronales. En mis tiempos de estudiante la UNR no contaba con un título de computación, pero me permitieron hacer un tema de computación dentro del doctorado en Física. De físico nunca trabajé."

Humanos más humanos

Fue hace aproximadamente una década que el mundo de la innovación tecnológica amplió sus horizontes y comenzó a integrar variables como el disfrute o el bienestar -en el término más amplio de la palabra- a la hora de pensar en el presente y también de cara al futuro.

No estaban errados. En la era de las experiencias, la dimensión vivencial de los usuarios comenzó a cobrar cada vez mayor importancia a la hora de evaluar la eficacia o potencial de cualquier dispositivo tecnológico. Paralelamente, en los últimos años comenzaron a surgir sitios y aplicaciones orientados hacia el cuidado de la salud, la meditación o las causas altruistas, por citar apenas algunos ejemplos, que van en esta nueva dirección.

Pero basta detenernos hoy en ciertas costumbres que comienzan a hacerse un lugar entre nosotros, como la búsqueda de momentos libres de pantallas para compartir con familia y amigos; o la novedosa tendencia de algunos restaurantes, que ofrecen descuentos a quienes guarden los celulares durante lo que dure la velada, y hasta la selección de destinos vacacionales sin conexión de Internet, para concluir que, en efecto, ciertos aspectos de la actual interacción humanos-tecnología parecen ya no estar encajando a la perfección dentro del actual esquema de valores.

"Las computadoras fueron concebidas inicialmente como herramientas de trabajo. Pero en los últimos cinco años los seres humanos hemos tenido experiencias digitales cada vez más profundas y ahí es donde se hizo cada vez más patente el impacto negativo de la tecnología. Un tipo de impacto que no debería existir y que existe sencillamente porque nuestra interacción con las computadoras fue concebida únicamente en términos de eficiencia tecnológica", explica.

Poder resolver esta dificultad es, justamente, lo que busca la computación positiva. "La mayor parte de los ingenieros en software -grafica- tratan de hacer que las computadoras se parezcan cada vez más a los humanos cuando, en realidad, la clave está en otro lado. Lo que las computadoras tienen que lograr es, en todo caso, que los humanos seamos cada vez más humanos."

En este sentido, hoy en día se está volviendo más frecuente saber de investigaciones o especialistas dedicados al impacto psicológico de la tecnología o, puntualmente, de las redes sociales. "Ya sabemos sobre estudios que analizan los efectos de Facebook sobre la psiquis de las personas con todo tipo de conclusiones. Yo creo que, en el caso de Facebook, hay que ser equilibrado: hay aspectos beneficiosos y otros no tanto. Pero también depende del tipo de usuario: si yo participo activamente de la red, seguramente me enriqueceré más que si sólo miro? ahí el riesgo de efectuar comparaciones negativas es bastante grande", analiza Calvo, quien, por ejemplo, reconoce un activo destacable en LinkedIn. "Ese sitio permite que un ex jefe tuyo reconozca tus cualidades -destaca-. Al hacerlo, no sólo te beneficia a vos, sino que también se enriquece a sí mismo".

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