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La crisis de la verdad

Cuando otros apelan al pasado sin reglas ni frenos para sacar rédito político, el historiador, de vasta trayectoria académica, hoy ilumina el presente desde la perspectiva privilegiada que ofrecen el rigor y el método

Viernes 19 de junio de 2015

La Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas incorporó anteanoche, en sesión pública extraordinaria, al historiador Luis Alberto Romero. Con el texto que sigue, el autor dio la bienvenida al nuevo académico de número.

La historia es conciencia de lo que importa la reconstrucción del pasado sobre nuestra propia vida, sobre nuestras ideas, sentimientos y acciones, y como proyección hacia el porvenir del género humano. Ahí afinca la más simple de las razones por las cuales la disciplina en que ha descollado el académico de número a quien damos la bienvenida derrama controversias sin fin. La historia es también indagación con método disciplinado y rigor científico. No es hija de caprichos de alimentar a cualquier precio los fuegos del presente.

Foto: LA NACION

Ortega y Gasset en la mocedad se proclamaba socialista por amor a la aristocracia. A nadie lo asombre. Menos aún a quien creció en Adrogué, en hogar donde latía la admiración por Juan B. Justo, por Alejandro Korn, por Alfredo Palacios, cuyo retrato está aquí, en la galería de quienes fecundaron esta Academia con inteligencia y conocimientos. Lo que Ortega quería decir es que la aristocracia no es el estado social donde prevalecen los más ricos, y menos aún los enriquecidos a las apuradas, sino el estado en que se tiene en cuenta a los mejores.

Luis Alberto Romero pertenece a una aristocracia intelectual desde que dictaba en la Universidad de Buenos Aires una materia enciclopédica: Historia Social General. La enseñó durante un cuarto de siglo. Arrancaban sus clases, que iban escalando ante cientos de estudiantes por épocas sucesivas hasta la contemporaneidad, con el encuentro de las tradiciones romanas, hebreo-cristianas y germánicas. Ellas obrarían, al gestar el Medioevo, la génesis de la primera edad de la cultura occidental. Diríase que al nuevo académico lo inspiraba allí, sin mella en su reputación de librepensador, la palabra del Antiguo Testamento: "Vuelve atrás la mirada –aconseja Moisés–, piensa en los tiempos pasados; pide a tu padre que te lo diga, y a los ancianos que lo cuenten".

Los estudios sobre el Medioevo y el nacimiento de la burguesía habían conferido a su padre, José Luis Romero, el rector con quien en 1955 se airearon las cátedras de la UBA, jerarquía internacional de maestro de la historia. En la imponente figura paterna ha confiado Luis Alberto; tal círculo dinástico en la historiografía argentina se completa con su mujer, Lilia Ana Bertoni, de reconocidos aportes a los estudios sobre formación del concepto de nacionalidad en la Argentina, y con Ana, su hija.

En esa escuela de hogar y de cátedra, Luis Alberto Romero tonificó su condición de investigador y docente y replanteó en el campo universitario, a partir de la restauración democrática de 1983, los estudios históricos en la Argentina. También se empleó, con el acompañamiento activo de su padre, en la dirección editorial de obras de la magnitud de la Gran Historia de Latinoamérica, en la colección de libros de Historia y Cultura y en el diseño de Buenos Aires, historia de nuestro siglo. Ese esfuerzo de difusor denodado de la historia lo ha realizado a partir del concepto de que "las preguntas que le hacemos al pasado tienen estrecha relación con lo que queremos para el futuro". Pero como estudioso consciente de las limitaciones de toda ciencia, inferimos que al poner a prueba las posibilidades de la historia Romero trabaja acicateado por la voluntad de quien duda y quiere comprobar si cada momento histórico es de valor transferible hacia adelante, y por lo tanto, si la historia responde o no invariablemente a las leyes genéticas que se le atribuyen.

"Dios no puede cambiar el pasado, pero los historiadores sí." En esa humorada satírica de Samuel Butler, el novelista inglés del siglo XIX, hay más de un costado filoso. ¿Acaso son historiadores, en el sentido profesional con el que Romero escribió, en colaboración con su padre, Pensamiento político de la emancipación y Pensamiento conservador, y luego, por sí mismo, Breve historia contemporánea de la Argentina y La crisis argentina: Del siglo XX al siglo XXI, acaso son historiadores, digo, los panfletistas que apelan al pasado, sin reglas ni freno alguno, a fin de invadir la política con memoria hemipléjica en el mejor de los casos?

El tema de la impostura es de interés acuciante en países enfermos y sin cohesión moral y en los que se adulteran como si nada graves compromisos con la autenticidad de la palabra, de los gestos, de las estadísticas. La crisis de la verdad, como expresión de vida aventurera en la incorregible naturaleza humana, será abordada en libro este año por el profesor Daniel Escandell, de la Universidad de Salamanca. Los historiadores como Escandell y Romero saben bien que el impostor, y la magnitud de la impostura, ayudan a definir y comprender el espíritu de una época, como el caso del conde de Saint Germain. Fue asunto de conversación y de intercambio epistolar entre Voltaire y Federico II el Grande, pero al cabo de más de dos siglos perdura el misterio sobre quién era, en realidad, el personaje que atrajo la atención de tamañas figuras de la cultura y el poder.

Con una laboriosidad que ha asombrado a pares y discípulos, Romero ha sido investigador principal del Conicet y profesor visitante en universidades de Chile, Brasil, España y Estados Unidos, y en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, de Francia. Fundó y dirigió el Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad de San Martín y trabajó, desde fines de los años 60, en el Archivo de Historia Oral del viejo Instituto Di Tella. La idea de poner voz a la historia cuenta también, en el acervo de la ahora universidad, con una primera experiencia, a cargo del doctor Carlos Fayt.

El juez de tantos servicios a la República había hecho acopio de material de diversa procedencia con el loable propósito de develar el enigma que hasta hoy atormenta a politólogos e historiadores en universidades de todo el mundo: ¿qué es el peronismo, en resumidas cuentas? Romero suministró, a su turno, algunas claves para entender en el campo social la naturaleza del peronismo primigenio, aquel que estuvo "muy activo redistribuyendo ingresos del agro a la industria y de los empresarios a los trabajadores y se reservó la regulación de la conflictividad social y la aplicación de mecanismos para la concertación de acuerdos". Como nota dominante del movimiento que fundó Juan Perón, anotó la imbricación entre Estado y partido.

Romero plasmó en libro, junto con Leandro Gutiérrez, un estudio sobre los sectores populares, la política y la cultura, y abordó con igual detenimiento en otro libro, acompañado por Hilda Sabato, la evolución del mercado y los condicionamientos de los trabajadores de Buenos Aires en el período de 1850 a 1880. De un tiempo a esta parte, se destaca por sus comentarios sobre la historia reciente y los hechos y tendencias de rigurosa actualidad. Pasmados por una política que crepita con harta fiereza y curioso fondo de farándula, los lectores agradecen, tanto por lo que dice como por el estilo con que lo dice, el remanso de reflexión incisiva que ha abierto en la prensa nacional.

Así como algunos historiadores de la generación anterior habían encontrado el faro determinante de su proyección en la escuela francesa de los Annales, de Marc Bloch y Lucien Febvre, y luego, en la obra de Fernand Braudel y de François Furet, para Romero fue de tanta o más influencia la maestría de historiadores ingleses como Eric Hobsbawm, y sobre todo, E.P. Thompson. Laboreó, pues, en tierra marxista: lo suficiente para afirmarse en la idea de que debía condenar los sufrimientos que han perpetrado contra la humanidad las utopías, las del comunismo soviético y sus retoños. También las del anverso, el fascismo en cualquiera de sus versiones, y las de la mixtura pintoresca con algo de aquellos dos del populismo autoritario de América latina. Como experiencias inolvidables conoció, además de la de haber ganado la beca Guggenheim, el desgarramiento de su separación de la universidad pública en 1975 por la intemperancia de la derecha del peronismo, y la hostilidad, entre tumultuaria y prepotente con la cual la extrema izquierda y la izquierda populista se asociaron para arremeter en los años 90 contra su gravitación natural en los estudios históricos en la UBA.

La frase famosa que Mario Vargas Llosa puso en boca de uno de los personajes de Conversación en la Catedral, a propósito de cuándo se habría echado todo a perder en Perú, es en Romero requisitoria constante sobre la Argentina. Asume la tesis de que la declinación ocurrió a partir de los años 70, y no antes, según lo sostiene un criterio más generalizado. Tal vez sea así porque en su visión privilegie, como elemento definitorio, el momento en que se aceleró, con la salvedad de alguna breve primavera, la demolición sistemática del Estado.

Insiste por eso en que la cuestión central del país es reconstruir el Estado y su papel equidistante de los intereses particulares a fin de lograr una sociedad igualitaria, móvil y democrática, que propenda a la formación de ciudadanos. O sea, de gentes que hayan asimilado en escuelas de renovada calidad los valores de un sistema institucional republicano y comprendan la necesidad de respetar las leyes y de ejercer los derechos que acuerda la Constitución. Así lo observa en un libro de diálogos con Alejandro Katz.

He presentado, en contextos varios de sus siete décadas de vida, a un historiador alertado de las enormes contribuciones a la historia que provienen de las otras ciencias sociales: el derecho, la sociología, la economía, la geografía, la antropología… A un historiador en quien celebramos, como humanistas, la sensibilidad polifónica, y por lo tanto refractaria a la temeridad de toda ciencia de comportarse con el espíritu imperialista, denunciado por Braudel, de exponer sus propias conclusiones "como visión global e inapelable del hombre".

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