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El dilema de vender volúmenes intangibles

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LA NACION
Sábado 27 de junio de 2015
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Esta semana, Amazon dio el primer paso hacia un modelo de comercialización de ebooks que despertó a la vez la aprobación y la ira de los autores independientes.

¿De qué se trata? Desde ahora, los autores que publican sus obras en la plataforma Kindle Unlimited (KU) ya no cobrarán por libro descargado, sino por página leída. Dicho simple, si alguien publica un ebook de 200 páginas y 100 personas leen sólo las primeras 100, ganará lo mismo que el que publique un ebook de 100 páginas que 100 personas lean por completo.

Pueden darse dos reacciones frente a esta noticia. Tres, en realidad. La primera, que es el fin del mundo. La segunda, que está perfecto. Y la tercera, siempre presente, la de a mí qué me importa.

En rigor, el cambio anunciado por Amazon, que empezará a regir el 1° de julio, es un parche para el mecanismo de pago que ya existía en KU y en el que los autores recibían dinero por sus libros de acuerdo al número de copias descargadas, siempre y cuando hubieran sido leídas al menos hasta un 10% de su totalidad. Esto, como señala la escritora Rachel Aaron en su blog (http://thisblogisaploy.blogspot.com.ar/2015/06/kindle-unlimited-is-changing-their.html), dio origen (era de prever) a mucho librito corto, a novelas serializadas e incluso a intentos de estafa (sujetos que firmaban como Steven King y titulaban de manera engañosa). Aaron, que aprueba el cambio, cree que el método de pagar por página corregirá estas desviaciones.

Otro autor, John Scalzi, citado, como Aaron, en un foro donde se debatían estos asuntos, observa, con criterio, que en realidad el mecanismo está roto desde la base, porque los escritores que participan de KU reciben dinero de un fondo que Amazon establece cada mes (está en el orden de los 3 millones de dólares), por lo que, no importa cómo se les pague, no hay modo de que hagan una diferencia (http://whatever.scalzi.com/2015/06/21/amazon-tweaks-its-kindle-unlimited-system-it-still-sucks-for-kdp-select-authors/). Para peor, el sistema de KU exige a los autores exclusividad.

Ambos, Aaron y Scalzi, tienen parte de la razón, y en un punto éste es un debate que concierne sólo a los escritores independientes. Es su problema, y ahí tenemos la tercera reacción: a mí qué me importa.

En mi opinión, sin embargo, la decisión de Amazon se basa en una lógica que, de extenderse, puede dañar seriamente lo que conocemos como cultura. El riesgo de que se expanda, además, no es menor. Amazon es un gigante y, como Apple con la música, le marca el paso al resto de los minoristas e, incluso, a la industria editorial. No porque sí, estos días, muchos escritores nóveles clamaban por su propia Taylor Swift (http://www.lanacion.com.ar/1804031).

Más de lo mismo

Los experimentos sobre cómo pagarles a los autores han ido y venido a lo largo de la historia. La industrialización de la actividad editorial terminó imponiendo el cobro de un porcentaje por ejemplar vendido. Se estableció como unidad de medida el tomo porque no podían comprarse páginas o capítulos sueltos y el libro de papel era incapaz de transmitir a la editorial cuántas páginas habíamos leído. Estos son los dos factores que han cambiado.

Amazon sabe no sólo lo que leemos, sino también hasta qué página llegamos. Alguien se preguntaba, en los foros de debate, por qué no cobrar directamente por carácter leído. Simple: porque los ebooks no saben por qué letra vas. Todavía.

En primera instancia, no hay motivos para creer que alguno de los modelos de pago (por línea, por palabra, por página, por carácter, por volumen) deba ser privilegiado. Sin embargo, Amazon ya ha demostrado que pagar cuando se cumple un porcentaje mínimo de lectura condujo a desviaciones groseras. El mecanismo que se estrenará dentro de tres días no hace sino profundizar esta lógica.

Historias sin fin

Ahora se evitarán, tal vez, los libros cortos o las novelas serializadas artificialmente, pero se fomentarán nuevos vicios. Si el desafío para ganar una proporción mayor de ese fondo común de KU consiste en que el lector lea más páginas (y no, no alcanza con que se las pase rápido, porque Amazon también mide cuánto tiempo pasamos en cada una), entonces géneros como el suspenso, el misterio y el policial disfrutarán de un verano tan fructífero como apócrifo.

Pero hay algo más serio. Al pagar por página leída, en lugar de por obra descargada, Amazon exporta el rating del minuto a minuto al libro. No nos suena extravagante porque estamos habituados, pero la concepción detrás del rating es la del consumo y podemos caer fácilmente en la falacia de que los objetos culturales se consumen, como la manteca, la electricidad o un reality show. No es así.

Cualquiera con algo de millaje en literatura sabe que una obra no sólo no se consume, sino que, por el contrario, germina y crece dentro de nosotros. De hecho, volveremos más de una vez a esos libros en nuestra vida. Si de verdad se consumieran, esto no sería posible.

Tan ausente está el concepto del libro como acervo personal que Amazon paga por página leída la primera vez. Si alguien vuelve a leer un capítulo o todo el libro, no hay premio. Así, la relectura, que es el mayor honor que una obra puede percibir, no está contemplada. Trágico, porque al releer descubrimos que ese libro ya no es el mismo, porque nosotros ya no somos los mismos.

Ese es el valor de la cultura (no del entremetimiento ligero de digestión fácil que deja de funcionar si se le extirpan la bufonada chabacana o las explosiones espectaculares): es la forma en que el espíritu humano se materializa, se proyecta fuera de nosotros. Nuestras bibliotecas no son diferentes de los espejos. Por eso, quizá, Borges estaba tan fascinado con las unas y con los otros.

Desviaciones

Todo esto, lo sé, puede parecer un prurito incompatible con la frenética economía del siglo 21; un recelo inadaptado y obsoleto. Es posible, pero, por si acaso, me gustaría dejar asentados algunos de los problemas que emergen de pagar a los autores por página leída.

El primero es que pinta a todos los lectores como adictos que devoran páginas de manera compulsiva. Al igual que el alcoholista, no se demoran ni degustan. Esa no es ni remotamente la actitud de los clientes más fieles de las librerías, incluida Amazon.com.

El modelo de pago ignora asimismo una de las formas de arte más exquisitas de la civilización, la poesía. Amazon tiene una fórmula para calcular la página, de modo que el tamaño de la tipografía o el interlineado quedan normalizados. Me encantaría saber cómo van a normalizar las estrofas de un nuevo Dylan Thomas. O un nuevo César Vallejo.

Pero, claro, ¿quién lee poesía en esta frenética economía del siglo 21? Ni hablemos de prosa experimental, esa que uno va leyendo como un detective, tomando nota, con la ayuda de otras cientos de lecturas y de los que antes se a atrevieron a explorar ese territorio. En este nuevo mundo no hay espacio para el Joyce de "Finnegans Wake" o "Ulyses" o para el Beckett de "Murphy" y "Watt". Bueno, fue Paulo Coelho el que declaró que Joyce fue nocivo para la literatura (http://www.theguardian.com/books/2012/aug/06/paulo-coelho-james-joyce-ulysses). ¡Por supuesto que sí, Paulo, ésa es toda la idea detrás del arte! También Picasso tuvo que esconder Las Señoritas de Avignon durante más de un lustro. Hoy se considera ese cuadro como el inicio del arte moderno. Más nocivo, imposible. Convirtió todo lo anterior en pasado.

No mencionaré, por obvias, aquellas obras que no son narración secuencial, como los diccionarios o un manual de trigonometría. Claro que no son libros que se publiquen de forma independiente. Quiero hacer notar, sin embargo, que al menos dos de los modos de lectura de "Rayuela" tampoco le habrían reportado ninguna ganancia a Cortázar, en el nuevo modelo de Amazon. Oh, claro, pero eso es arte.

Después está la cuestión de cómo hacer para que el lector pase a la siguiente página y luego a la siguiente y a la otra, hasta llegar al punto final. Cualquier escritor conoce los trucos para conseguir eso. Lo que no me queda claro es cuántos escritores, sobre todo si están necesitando el dinero, lograrán eludir la tentación de empujar al lector hacia delante, en lugar de escribir un buen libro. O, al menos, un libro auténtico.

Flatland

Uno podría creer, incluso con entera honestidad, que el arte ha muerto, que estamos en los tiempos del entretenimiento feroz, y que por lo tanto cobrar por página leída es el modelo lógico. Pero me parece que la decisión de Amazon no tiene que ver con esto, sino con otra cosa. Déjenme contarles una anécdota.

Mi mudanza se viene postergando, pero más tarde o más temprano ocurrirá, y, debido a la cantidad de libros (y discos), va a ser un evento épico. Para reducir el impacto, me he tomado el trabajo de guardar todos esos volúmenes (y discos) en cajas. Es un paso enorme, aunque ahora mi estudio parezca un depósito. El hecho es que, a causa de esto, he pasado meses leyendo sólo en la pantalla.

Hace poco, sin embargo, me topé con una pilita de libros de ciencia ficción escondida por ahí. Tomé "Cita con Rama" (Arthur Clarke) y me fui a la cama a leer. Me produjo una impresión muy fuerte, luego de tanta pantalla táctil. Fue una revelación. Me di cuenta de que, aparte de todo, un libro de papel existe. Quiero decir, existe ahí, en el mundo. Existe por sí mismo y forma parte de la realidad. Por su naturaleza, es un objeto inerte, y, sin embargo, sabemos bien que es tiene su individualidad, que algo vive en él.

En el Kindle el libro no sólo pierde su encarnadura –como ya escribí en otra ocasión–, sino también su individualidad. Todos los volúmenes pesan lo mismo, tienen la misma tipografía y el mismo olor a plástico. El Kindle es todos los libros, y, en consecuencia, no es ninguno.

La lectura electrónica nos ha dado un número de ventajas. Llevo unos 150 libros en mi smartphone y, así, ninguna sala de espera me encuentra desprevenido. Si quisiera hacer lo mismo con volúmenes de papel, debería trasladar (a todas partes, todo el tiempo) el equivalente a mi propio peso. No da.

Pero, a cambio, nos ha robado la posibilidad de atesorar libros. Esa noche, a solas con "Cita con Rama", todo se había aclarado. El ebook es una abstracción y a las personas nos cuesta relacionarnos con abstracciones. Anoté entonces –en mi smartphone, paradójicamente– una idea: "Los libros pueden tener cicatrices; los ebook, no". En esto el libro y nosotros somos parientes. El ebook, por comparación, ofrece un servicio útil, pero nos resulta tan familiar como un cajero automático.

A mi juicio, el nuevo modelo de Amazon no hace sino ajustarse a esto. Puesto que vender objetos que tienen volumen, peso y sustancia es imposible con los ebook, se propone comercializar un servicio. De aquí a cobrar, no pagar, sino cobrar por página leída hay solo un paso, y eso es muy grave.

Postdata: el libro y la isla desierta

Me quedé pensando en por qué el modelo de pago por libro descargado podría tener alguna ventaja. Las limitaciones del volumen de papel no tienen por qué transferirse a una plataforma tan diferente como la del ebook.

Sin embargo, seguimos hablando de libros y seguimos pensando el libro como una obra íntegra y orgánica. El texto escrito ha demostrado ser una tecnología de verdad poderosa que, luego de más de 5000 años, nos sigue atrapando durante horas. Dimos mil vueltas y desde hace 500 años el libro es rey. Tal es su influencia que ha sido traducido a los medios electrónicos respetando incluso el concepto de la página, algo que no existe en un ebook.

El libro, se me ocurre, es tan diferente del ebook que, como ya ha ocurrido con otras tecnologías a las que se daba por obsoletas, terminará por volverse complementaria con las obras en formato electrónico.

Además, coincido con el escritor y bloguero canadiense Cory Doctorow en que la experiencia del libro del futuro va a ser tan extraña que hoy no podemos ni imaginarla. Hasta entonces, sospecho, los escritores seguiremos sentándonos a construir una obra que tiene, con todo y sus limitaciones, una fuerte independencia ontológica. No es poco.

Me pregunté, también, qué le pasaría a alguien que ama leer, pero que nunca ha tenido un libro de papel entre sus manos, si un día se encuentra con uno. ¿Será una revelación o le resultará decepcionante? Me inclino, contra la opinión generalizada, por lo primero.

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