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Crónica de su tiempo y metafísica de la innovación

PANORAMA. Género sensible a los cambios históricos, la ciencia ficción argentina resiste y adquiere nuevas resonancias para cuestionar el impacto de los avances tecnológicos

Domingo 12 de julio de 2015
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LA NACION
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De una manera menos visible que otras producciones literarias actuales –y en parte debido a la escasa visibilidad que se le concede al género–, la ciencia ficción escrita en la Argentina es un género que resiste y que adquiere nuevas resonancias mientras la ciencia y la tecnología transforman el mundo, además de nuestra manera de percibirlo. No sólo en el formato del libro impreso sino también en congresos académicos, revistas y fanzines, encuentros de lectores con autores e ilustradores, páginas web. "Pequeñas cofradías", como las llama el escritor y docente Gonzalo Santos, autor de la novela El nudo celta de la calle Bioy Casares.

"Hay varios grupos dispersos que hacen tertulias, en ocasiones entregan premios, tienen sus revistas –comenta Santos–. Algunos, por ejemplo, pretenden refritar esas tramas pulps y románticas con doncellas raptadas y mutantes interplanetarios de diez ojos; otros aspiran, como los escritores de lo que se llamó New Wave (Aldiss, Ballard, Disch), a construir una ciencia ficción más elaborada desde el punto de vista estilístico, en general con resultados poco satisfactorios. Tal vez lo más interesante de la actualidad son los libros de ciencia ficción «dura» que han ido apareciendo, relatos muy fundamentados desde el punto de vista científico y que para la tradición argentina del género representan una novedad. Pienso en Siccus, de Miguel Hoyuelos, y lo que escribe el nieto del viejo Breccia, Mariano Buscaglia, sin el más mínimo autobombo, con una treintena de seudónimos diferentes."

Otro joven narrador, Esteban Prado, autor de la flamante novela Ana, la niña austral, donde la ciencia ficción se entrecruza con el terror, la literatura fantástica y la historia de amor, deja entrever que en el género se debaten tensiones entre fuerzas sociales. "Detrás de protocolos, simuladores, congresos y testeos, detrás de la ciencia, está el capital, pero en algún lugar también está el fantasma de ciencia ficción, que se multiplica y nos interpela a través de la literatura, el cine y la televisión. Los científicos son mi estereotipo de lo que sería un constructor de «futuro» –opina–. Si los científicos son constructores de futuro, los escritores estaríamos en algún punto cerca de los matemáticos, constructores al cuadrado y en abstracto. Mi intervención en el género es tangencial y heterodoxa, sin embargo la novela no pudo haber sido concebida sin la ciencia ficción. Su atmósfera está cruzada por la ciencia, el poder y la fantasía."

Sobre el estatuto de la ciencia ficción, Nicolás Mavrakis, narrador, ensayista y autor de El recurso humano (una novela que enfoca las relaciones de la ciencia ficción con los avances en el campo de la informática), sostiene que la ciencia ficción es el género sobre el que recae la pregunta por el sentido de la innovación tecnológica, una pregunta que, según él, la ciencia y sus especialistas ya no consideran que sea necesario responder ni explicar.

"Asociada a la expansión del capital en todas sus formas, la ciencia probablemente no tiene tiempo que perder contestando inquietudes metafísicas –dice Mavrakis–. La ciencia ficción no vuelve porque no se había ido; por el contrario, intensifica una vez más su pregunta habitual: ¿en qué transforma la tecnología y la ciencia a nuestra imaginación? ¿Cómo esas alteraciones en la imaginación influyen en nuestro mundo? Lo que me interesa es cómo la tecnología digital altera la forma en que las personas se imaginan a sí mismas y entre sí al momento de establecer relaciones y eso es algo que la ciencia no responde porque no le interesa. Ellos crean la máquina, inventan Facebook, lo comercializan, lo masifican, pero avanzan sin detenerse a responder qué cambios han producido con sus inventos en la subjetividad".

Tradiciones secretas

Canales emblemáticos de difusión de la ciencia ficción local han sido las revistas. Desde las míticas El Péndulo y Más Allá, dirigidas respectivamente por Marcial Souto y Héctor G. Oesterheld, hasta Axxon, Próxima y Sinergia, las publicaciones de ciencia ficción, con cuentos, historietas, ensayos e investigaciones, crearon una comunidad de lectores fieles al mismo tiempo que intentaron establecer una delimitación de un género en cierto modo permeable, ya que es uno de los más sensibles a los cambios históricos.

Ante el avance de la tecnología y la ciencia aplicada, muchos relatos de ciencia ficción hoy resultan previsibles o, como se suele afirmar, "anticipatorios". En 2014 se sumó a esas publicaciones el blog de la Federación Argentina de Ciencia Ficción, presidida por Héctor R. Pessina (editor de revistas, traductor y especialista en la materia) y que, con la colaboración de Buscaglia y Christian Vallini Lawson, reúne artículos, entrevistas, rescates e información útil para investigadores y lectores.

Laura Ponce, editora de Ediciones Ayarmanot, sello dedicado exclusivamente a la difusión de la ciencia ficción escrita en español, comenta: "Creo que la mejor ciencia ficción es crónica de su tiempo. Aunque hable de otros planetas, aliens o robots, es una herramienta única para cuestionar el presente. Habla de nuestra sociedad, de nuestros temores o deseos, y su verdadero tema es la naturaleza humana. La ciencia ficción latinoamericana y la rioplatense tienen características e identidad propias, fruto de nuestras formas culturales, nuestra tradición literaria y el modo en que imaginamos el futuro".

¿Cómo describir ese modo? Para figurarlo, Ponce recomienda de su catálogo a Néstor Toledo (Umbral y océano y otros cuentos), Chinchiya P. Arrakena (Tatuajes en espejo), Teresa P. Mira (Diez variaciones sobre el amor) y Mario Daniel Martín (Piratas genéticos), pero también a otros escritores que experimentan con el género, como Hernán Vanoli (Varadero y Habana maravillosa), Martín Felipe Castagnet (Los cuerpos del verano) o Marcelo Carnero (La boca seca), autores de una ciencia ficción de límites más borrosos. Con sus "ficciones mestizas", Daniel Diez, Roque Larraquy, Gilda Manso, Yamila Begné, Sebastián Robles, Pablo Martínez Burkett y Carlos Godoy, entre muchos otros escritores en actividad, agregan dimensiones políticas, afectivas o poéticas al género.

A veces los críticos, pero también las editoriales con sus planes de reediciones y de antologías para públicos juveniles, suelen acudir a los mismos nombres de autores consagrados para configurar un panorama nacional del género: Marcelo Cohen, Angélica Gorodischer, Ana María Shua, Carlos Gardini, Elvio Gandolfo. Más atrás en el tiempo, en un consabido viaje al pasado, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y los omnipresentes Cortázar, Borges y Bioy Casares comandan un canon a fuerza de repetición y criterios más bien elásticos. Alfredo Grassi, Adolfo Pérez Zelaschi (en septiembre se cumplen diez años de la muerte de este autor bonaerense), Lisardo Alonso, Luis María Albamonte, Ernesto Bayma, Eduardo J. Carletti continúan en el olvido.

"Pero no sólo ellos –agrega Santos-. La mayor parte de quienes publicaban en los años 50, 60, 70 u 80 son completos desconocidos tanto para la crítica como para los académicos. Creo que tenemos una gran deuda con esos escritores. No es que no exista la ciencia ficción argentina, como decía Elvio Gandolfo, lo que ocurre es que nadie parece estar dispuesto a arremangarse y realizar excavaciones arqueológicas."

Más libre imaginación que futuros oscuros

Por Armando Capalbo. Para La Nación

Un apresurado panorama de la ciencia ficción literaria anglófona del presente muestrada cuenta de una paradójica moderación en el tratamiento de mundos o realidades inverosímiles, pero sí de una renovada galería de seres de la imaginación, de una extraña convivencia con la híper y la nanotecnología, de encuentros o convergencias interdimensionales y de la inexorable condición inestable de lo físico humano, a partir de la figuras remozadas del mutante, el cyborg y el clon.

Por su lado, lo fantástico y lo alucinatorio se dan la mano para orquestar contracaras de la normativa tradicional del género, buscando casi trastornar lo proyectualmente concebible y acariciar lo indefinible. Lo postmórfico, lo ultratecnológico y lo transdimensional postulan una metafísica de lo recóndito, un universo donde lo plausible gratifica mucho más a la libre imaginación que a los anticipos de un futuro oscuro de sojuzgamiento de libertades individuales, a la manera de la ya añosa serie posapocalíptica.

Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur Clarke, Frank Herbert, Philip Dick, Harlan Ellison o Richard Matheson son hoy más monstruos sagrados que referentes para quienes actualmente escriben y publican.

Revisando textos de autores como Richard Morgan, Robert Charles Wilson, Greg Bear, Neal Stephenson, e incluyendo a quienes sólo incursionan como David Mitchell o Michael Chabon, se comprueba una tibia nueva etapa respecto de sagas de fines del pasado siglo XX como The Night’s Dawn, de Peter F. Hamilton, o Miles Vorkosigan Saga, de Lois McMaster Bujold, pero a la vez un cierto tributo o una sutil continuidad de sólidas ficciones como A Fire Upon the Deep, de Vernor Vinge, Hyperion Cantos, de Dan Simmons, o la ya canónica Neuromante, de William Gibson.

Está intacta la visión escéptica sobre el desarrollo de la civilización contemporánea, tratada ahora desde lo trágico y lo cómico para reflexionar sobre la condición poshumana y su identidad anómica.

Los nuevos escenarios ahistóricos y poscivilizatorios –habiendo olvidado a la distopía y eal ya viejo cyberpunk– encuadran a una entidad que alguna vez fue humana y que se debate entre la propia incertidumbre ontológica, la falacia de lo real y el lento derrumbe de lo culturalmente conocido, jaqueada en un territorio de diversidad y ensueño, insignificante o prescindible en el gran continuum espacio-temporal y caracterizada por el cruce de lo sublime y lo ridículo por seguir creyéndose especie privilegiada.

El autor es investigador de literatura y cine de ciencia ficción en el ámbito universitario

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