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Estupendo Mahler, por Diemecke y la Sinfónica

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PARA LA NACION
Lunes 13 de julio de 2015
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Orquesta sinfónica nacional / Director: Enrique Arturo Diemecke / Coro: Polifónico Nacional, con dirección de Roberto Luvini / Solistas: Soledad de la Rosa, soprano; Florencia Machado, mezzo / Programa: Sinfonía Nº 2 "Resurrección", de Mahler / Sala: Auditorio La Ballena, Centro Cultural Kirchner.

Nuestra Opinión: Excelente

La versión de la Segunda Sinfonía, Resurrección, de Mahler, que el viernes ocupó el tiempo completo del concierto de la Sinfónica Nacional, volvió a mostrar que el evangelio de este compositor pone su mirada sobre un mundo del que nada se excluye, con todas las alternativas de la vida y su dramatismo.

La Ballena Azul, sede de un gran concierto
La Ballena Azul, sede de un gran concierto. Foto: Gza. Rodrigo Ruiz Ciancia

En sus cinco densos capítulos, esta Sinfonía lo contiene todo con luminosa y meridiana expresividad, junto a una cantidad de material musical fascinante y nuevo. Y la obra concluye, como si en esos días en que empieza a asistirse al crepúsculo de la tonalidad ya se anunciara una probable Arcadia musical del futuro.

Para que estas visiones se adviertan, para que estas particularidades del equipo emocional e intelectual de Mahler se hagan evidentes, y para que una audición de la Segunda Sinfonía se escuche como un verdadero acontecimiento creativo tiene que suceder que, como ocurrió en este caso, la sinfonía sea expuesta orquestal y vocalmente con un nivel de calidad pocas veces alcanzado por una totalidad de intérpretes argentinos.

Diemecke demostró que es un excepcional intérprete de Mahler. Toda su labor, durante los 85 minutos que duró la sinfonía, estuvo orientada a conseguir una coherencia expresiva que es la clave interpretativa de esta obra. Lo consiguió hasta un punto de excelencia probatorio de su alto nivel profesional y su cultura artística. Porque es en esta demanda, en la que cantidad de directores se entrampan y no logran dar una imagen ininterrumpida de coherencia.

Esto hizo que Diemecke lograra algo que con Mahler no es nada común: mantener atrapada la atención del público, sin que declinara en ningún momento. Durante casi una hora y media de concentración auditiva constante, frente a una sucesión de planteos musicales que eluden la progresión lineal y la reemplazan con un criterio de mosaico, lleno de citas al margen y con el cuerpo principal de la obra convocado por un dominante sentimiento dramático, no es fácil conseguir un auditorio absorto.

La Sinfónica Nacional pudo lucir sus más brillantes méritos. Desde el mismo comienzo con el ataque de chelos y contrabajos, ya se supo que se podía esperar una ejecución fuera de serie. En el primer movimiento sonó con verdadero esplendor. No hubo decaimientos en ningún sector de la orquesta ni el menor descuido de lectura. El puntillismo del segundo movimiento, con sus variados matices sónicos, sus luces y sombras, su murmuración del comienzo, mostró la capacidad de la Sinfónica para los más pequeños detalles tímbricos.

Como se sabe, en muchos momentos, Mahler pide forzar la sonoridad y esto entraña muchos riesgos, entre ellos, la agresión de la broncería o los golpes de la percusión con pérdida de su definición. La acústica de La Ballena, que es especialmente delatora, mostró que todo llegó hasta los umbrales, pero nuca los desbordó.

El Coro Polifónico participó de esta alta unidad cualitativa y, en sus breves actuaciones, la soprano Soledad de la Rosa y la mezzo Florencia Machado, ratificaron su ya conocida autoridad artística.

El final, con su gran efecto épico, gallardo y vital, logró un cierre de profunda emotividad sobre esta estupenda y memorable versión de la Segunda Sinfonía de Mahler.

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