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Kokichi Tsuburaya y el dolor por una medalla

Apesadumbrado, el japonés afirmaba haber avergonzado a sus compatriotas en pleno estadio olímpico de Tokio; se prometió redimirse en los Juegos de México 1968 pero tomó una fatal decisión

Sábado 10 de junio de 2017 • 22:20
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Kokichi Tsuburaya ya fue sobrepasado por el inglés Basil Healtey
Kokichi Tsuburaya ya fue sobrepasado por el inglés Basil Healtey.

"Estoy demasiado cansado para seguir corriendo". La nota estaba en la mesita de luz. A su lado, en la cama, yacía el cuerpo de Kokichi Tsuburaya con una medalla de bronce aferrada a su mano derecha. Era 9 de enero de 1968 y el maratonista japonés, tercero en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, unas horas después de enterarse que no se podría recuperar a tiempo de la rotura en el tendón de Aquiles de su tobillo derecho se suicidó tras cortarse la arteria carótida con una hoja de afeitar.

Muy a su pesar, aquel tercer puesto fue celebrado por las más de 75.000 almas presentes en el Estadio Nacional. Había un motivo que movilizaba a los espectadores. Japón no conseguía subirse al podio en atletismo desde Berlín 1936.

El museo en honor a Tsuburaya
El museo en honor a Tsuburaya.

Tsuburaya había ingresado más de cuatro minutos después que Abebe Bikila, quien esta vez con zapatillas volvía a coronarse campeón olímpico tras su gesta con los pies descalzos por las calles romanas. Sus chances de quedar segundo, detrás del pulmotor etíope, eran visibles y casi obvias. Pero el británico Basil Heatley lo pasó en los metros finales. Para el japonés se trató de un error inaceptable. Desconsolado y envuelto en una toalla se desplomó en el piso, preso del cansancio tras 42,195 km. Pero, sobre todo, avergonzado ante sus compatriotas.

"Cometí un error imperdonable ante todo el país. Sólo obtendré el perdón si gano el oro en México e ingreso al estadio ondeando la bandera japonesa", le confesó a Kenji Kimihara, su compañero de habitación. La decepción lo invadió durante los siguientes años al punto de obsesionarse con saldar lo que para él significaba una deuda moral con su país. Su vida se tornó unidimensional. Se aisló del mundo para dedicarse tan sólo a entrenar.

Bajo una rígida disciplina corría, descansaba y volvía a correr. Sus días se resumían a esas palabras. Hasta había dejado de ver a su pareja para enfocarse en lo que en definitiva se convirtió en un círculo vicioso. En rigor, en un cóctel letal. Como si se tratase de una maldición, las lesiones lo aquejaron. Primero una lumbalgia severa lo obligó a descansar. Luego, la rotura en el tendón de Aquiles que lo eyectaba definitivamente de la maratón olímpica en la capital azteca.

Tenía 27 años. Desde aquel fatídico día, en su ciudad natal, Sukagawa, se realiza una maratón en su memoria.

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