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Más deudas para financiar el relato oficial

Las mentiras del Gobierno para disfrazar la realidad cuestan cada vez más caras y el presupuesto para la publicidad gubernamental crece sin freno

Sábado 18 de julio de 2015
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Con el arribo del kirchnerismo a la Casa Rosada, el gasto en publicidad oficial comenzó su ascenso imparable hasta que, a partir de 2010, el Estado se erigió en el principal anunciante de la Argentina, claro que a costa de la emisión del Banco Central y de la malversación de los fondos de la Anses, en desmedro de los actuales y los futuros jubilados. Un mayor endeudamiento y un mayor déficit fiscal son la otra cara de los esfuerzos por imponer el relato oficial.

Como los fondos nunca parecen alcanzar, a fines de mayo el Gobierno incrementó en 611 millones de pesos los gastos de publicidad del presupuesto del corriente año, previstos inicialmente en 1203 millones de pesos. Pero al 15 del corriente mes, esa cifra anual ya se había gastado, a razón de poco más de seis millones por día.

De ahí la necesidad de aumentar el presupuesto publicitario en más del 50 por ciento sin importar que en marzo pasado el déficit fiscal aumentara un 538,9 por ciento comparado con igual mes de 2014.

La propaganda en todas sus formas -junto con las fortunas que demanda su difusión- cumple un papel preponderante para el sostenimiento del relato: inyectar fondos en los numerosos medios oficialistas, que debido a sus escasísimas audiencias dependen para su supervivencia exclusivamente de la publicidad oficial. En el último relevamiento hecho por LA NACION, los medios de la sociedad Szpolski-Garfunkel, Carlos Lorefice Lynch (representante del mexicano Remigio González), Telefé-Telefónica, el grupo Uno Manzano-Vila, Página 12-Sokolowicz e Indalo-Cristóbal López encabezaban una lista de casi 2000 receptores de publicidad oficial en todo el país. Se trata desde hace demasiados años de una distribución arbitraria que sigue postergando a los medios independientes que, no por casualidad, son los que tienen mayor cantidad de seguidores en la sociedad.

Pero la principal función de la publicidad oficial y su razón de ser consiste en difundir el famoso discurso oficial, que es la transformación discursiva de la realidad para amoldarla a la visión interesada, parcial y muchas veces falsa que brinda el relato kirchnerista. Así es como se pretende instalar como verdad que en nuestro país el nivel de pobreza es inferior al de Alemania, la inflación es escasa, la inseguridad es sólo una sensación, el pago de la deuda con el exterior es un desendeudamiento, no existe el cepo cambiario y Aerolíneas Argentinas es un modelo de empresa eficiente.

Tal vez la súbita ampliación presupuestaria obedece al hecho de que echar a rodar mentiras que la realidad desmiente una y otra vez cuesta cada vez más esfuerzo y, por lo tanto, más dinero.

Sin embargo, esos fondos que terminan financiando lo que al fin y al cabo no es más que una costosísima ficción es dinero que debería haberse destinado, por ejemplo, a la salud y a la educación. Pero es propio de todo régimen autoritario el abuso de la propaganda. De esta manera, por ejemplo, Fútbol para Todos, que además de un negocio es otro oneroso aparato publicitario, incrementó su presupuesto en cien millones de pesos en los primeros seis meses del corriente año, con lo cual el monto ahora asciende a 1742,7 millones de pesos anuales. Por lo tanto, Fútbol para Todos dispondrá de más recursos que el Ministerio de Cultura, que tiene a su disposición un fondo anual de 1508 millones de pesos.

Desde el inicio de este año electoral, el Gobierno gasta en publicidad oficial seis millones de pesos por día. La Anses, cuyos fondos jubilatorios son saqueados por el Gobierno para financiar programas que nada tienen que ver con los jubilados, gastó el año pasado unos 530 millones de pesos en publicidad oficial, según la Fundación Libertad de Expresión + Democracia (LED).

En definitiva, se trata de un costosísimo círculo vicioso: para financiar la difusión de las mentiras oficiales sobre la bonanza del Estado se requiere seguir saqueando los fondos de ese Estado cada vez más empobrecido y endeudado, pero al que se pretende maquillar con su propio dinero.

Indudablemente, es siempre la realidad la que, tarde o temprano, termina por imponerse sobre las imposturas.

Pero el costo es altísimo y no sólo en dinero porque, en última instancia, la propagación de un relato tan burdamente mentiroso constituye otra burla a la sociedad.

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