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Viaje al corazón del arte andaluz

Martes 21 de julio de 2015
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PARA LA NACION
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A la luz del flamenco / Idea y dirección: Graciela Ríos Saiz / Coreografía: Graciela Ríos Saiz y Natalia Bonansea Ríos / Intérpretes: Natalia Bonansea Ríos, Luciana Di Lorenzo y María Eugenia Seijó / Canto: Carlos Soto López / Guitarra: Agustín Hellín / Vestuario: Miguel Iglesias, Bibiana Muñoz y Yolanda Moreira / Técnico y operador de luces y sonido: Emilio Bonansea / Duración: 65 minutos / En el Museo de Arte Español Enrique Larreta, Juramento 2291 / Funciones: los sábados, a las 20.30

Nuestra Opinión: Muy Buena

Taconeo, palmas, castañuelas y guitarra son, sin duda, el alma del arte andaluz. Y todos ellos están presentes en este bello espectáculo que, realizado en la hispánica sala del Museo Enrique Larreta, recorre todos los elementos del flamenco con la fuerza y la nostalgia de sus ancestros gitanos. En un pequeño escenario tres bailarinas, un cantaor y un guitarrista se internan en lo más clásico de un repertorio que comienza con La serenata andaluza, de Manuel de Falla, y con Córdoba, de Albéniz para luego desgranar seguiriyas, bulerías, guajiras, alegrías, tientos, tangos y soleades. Todo este micromundo musical nacido de las cuevas gitanas está presente en cada una de las intervenciones de Natalia Bonansea Ríos, Luciana Di Lorenzo y María Eugenia Seijó, quienes danzan con brío cada uno de esos temas al compás del excelente cantaor Carlos Soto López, de cuya privilegiada garganta surgen los compases de esas piezas que hablan del amor desgarrado y de su tierra andaluza, y del impecable guitarrista Agustín Hellín, que sabe insertarse en las alegrías y melancolías del flamenco.

Como palomas en pleno vuelo, las manos de las bailarinas juguetean en el aire y, a veces con lentitud y otras con enorme vigor, van marcando las pautas de cada uno de esos temas que tienen la fuerza de ese arte andaluz que habla siempre de dolores y de felicidades. Una de ellas danza con ímpetu dentro de su bata de cola, mientras otra lo hace jugando con un mantón de Manila, y así se funde suavemente la sensualidad de la danza logrando un clima que envuelve, sin pausa, a cada uno de los espectadores.

Graciela Ríos Saiz, experta en descubrir los más hondos secretos del flamenco, supo aquí otra vez descorrer los velos más profundos de ese arte sin necesidad de aparatosidad ni de vanas escenografías. Necesitó sólo de un quinteto de bailarinas, de canto y de guitarra para pautar todo la emoción que necesitaban los secretos del flamenco en su más puro origen. Un muy buen vestuario y una iluminación que aumenta la ensoñación de sus intérpretes se suman a este espectáculo que habla, con gran pasión, de un arte que es el sello distintivo del alma andaluza.

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