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Segundo Werther del año

Domingo 02 de agosto de 2015
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PARA LA NACION
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Massenet: Werther / Dirección: Pedro Pablo Prudencio / Régie: Crystal Manich / Escenografía: Noelia González Svoboda / Vestuario: Lucía Marmorek / Iluminación: Rubén Conde / Dirección del coro: Juan Casabellas / Cantantes: Gustavo López Manzitti, Florencia Machado, Norberto Marcos, Laura Sangiorgio, Cristian De Marco / Producción: Buenos Aires Lírica / Nuestra opinión: muy buena

Aunque parezca un tanto exótico, el hecho de que una misma ópera suba a escena dos veces en una misma temporada y en dos salas distintas, no causa demasiada conmoción entre adictos al espectáculo lírico de una ciudad como Buenos Aires, habituada a generar novedades artísticas permanentemente, algunas tan poco frecuentes como ésta.

Pero la producción de una ópera es un asunto extremadamente complicado porque, entre otras cosas, no puede duplicarse para su distribución. Exige un sistema intrincado, múltiple, costoso y sobre todo imaginativo, que es la parte visible del complejo aparato. Y todo para una vida muy corta, destinada a un mercado de población reducida, aunque de notable gravitación y repercusiones en la vida cultural de una sociedad.

Vale la pena recordar que no existen dos versiones igualables de un mismo tema, ni siquiera la absurda posibilidad de calcarlas. Para hacer referencia concreta al Werther de Jules Massenet, estrenada anteanoche en el Avenida, segunda versión de este año (la anterior tuvo lugar en el Colón en abril pasado) se trata de un producto extremado de individualismo, como mandan las sagradas escrituras del romanticismo. Y Goethe. Es por ello que no hay dos miradas iguales. La del Teatro Avenida es lícita y digna, con cualidades operísticas convincentes. Orquesta y director realizaron un trabajo de comunicativo refinamiento, con buena calidad sónica y apreciable ajuste con la escena (elogios para el chelista en su intervención del final del primer acto). Tal vez, un toque mayor de electricidad no le hubiera venido mal a toda la primera mitad del excesivamente sosegado primer acto.

Aciertos de dirección

Cabe destacar la dirección escénica de la norteamericana Crystal Manich por su notable trabajo de preparación actoral. Tanto el delirante Werther, al que le quitó mucho del habitual baño almibarado, como la presionada y casi invulnerable Charlotte, fueron haciéndose cada vez más creíbles. Para esta ópera tan caracterizadamente femenina, Manich marcó la escena y junto a la escenógrafa Noelia González Svoboda, al iluminador Rubén Conde y a la vestuarista Lucía Marmorek, consiguió una imagen de auténtico atractivo plástico, con un primer acto que recordaba el clima de Muerte en Venecia, de Visconti.

El elenco de cantantes también merece elogios. El Werther del tenor Gustavo López Manzitti empezó la función de anteanoche un tanto forzado, pero pronto encontró el estilo más conveniente a su personaje. No falseó dramatismo y desenvolvió una articulación suelta y flexible. Su vena lírica no pasó inadvertida. La Charlotte de Florencia Machado sedujo por una composición esencialmente verdadera y por su gran expresividad. Por momentos se la escuchaba vocalmente contenida, algo que, como se sabe, no es para nada su peculiaridad.

Norberto Marcos, como Albert, se movió con convicción y cantó muy convincentemente. Laura Sangiorgio, en la piel de Sophie, hizo una encantadora adolescente, muy bien cantada y sin un solo indicio de sobreactuación, el mayor peligro de este personaje. Los mismos cuidados ante el riesgo del sobreactuado los tuvo, por suerte, el Burgomaestre, tantas veces caracterizado como un borracho desmedido.

Werther, una ópera francesa, no fue juzgada apta para la Opéra Comique de París ni para el gusto del público operista francés y debió estrenarse en Viena, traducida al alemán, tres años después de su conclusión, en febrero de 1892. Pero no fue un mal año para la ópera, porque en San Petersburgo se estrenó Iolanta, de Chaikovsky y en Milán Arturo Toscanini dirigió el estreno de Pagliacci, de Leoncavallo.

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