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Un artista del hambre

Tenemos las máquinas es una empresa que se suma a todo un ecosistema editorial que existe al margen de los canales tradicionales

Jueves 06 de agosto de 2015 • 00:54
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PARA LA NACION

No es ni podría ser la última de las editoriales independientes (más adecuado sería comenzar a decirles chicas, pequeñas o autogestionadas), porque siempre habrá una que venga después, pero la historia de su nacimiento es curiosa y funciona como ilustración de cómo circula buena parte de la nueva literatura en la Argentina. Cuando la periodista Julieta Mortati volvió de vivir en Alemania, en 2012, hizo lo que muchos con inquietudes literarias: se integró a un taller literario. Estimulada por los textos de sus compañeros, se le ocurrió hacer lo que muchos con inquietudes literarias: fundar un sello para publicarlos. La diferencia con tantos otros estuvo en que su padre tenía, efectivamente, una imprenta. Y aquella circunstancia fortuita acabó, mediada por la cita a Marx, bautizando al emprendimiento editorial. Así fue como nació Tenemos las máquinas, empresa que se suma a todo un ecosistema editorial que existe al margen de los canales tradicionales. Como otros sellos de iguales dimensiones, sus títulos hay que buscarlos en determinadas librerías (en Palermo, Barrio Norte, San Telmo y la avenida Corrientes), se destacan por un diseño con detalles artesanales (la ilustración de tapa, la numeración en la contraportada), la apuesta por autores nóveles y las tiradas reducidas.

"Tenemos las máquinas es una empresa que se suma a todo un ecosistema editorial que existe al margen de los canales tradicionales "

Beatriz Sarlo señaló hace algún tiempo en una entrevista el que vendría a ser uno de los rasgos más destacados del funcionamiento del campo literario argentino actual, la "circulación autoabastecida": los consumidores, los críticos y los productores de libros pueden ser, en definitiva, las mismas personas. Una comunidad de lectores, escritores y editores. ¿Existen huellas de estas condiciones de producción y circulación literaria ya no en el libro como objeto sino en los propios textos? Los cuentos de Quiero ser artista, último lanzamiento del catálogo de Tenemos las máquinas y a la vez primer libro del escritor, director de cine y politólogo Pablo Ottonello (Buenos Aires, 1983), parecerían indicar que sí.

Una de las claves de lectura de los seis relatos que componen el libro de Ottonello, que acaba de viajar a Estados Unidos becado por el programa de escritores de la Universidad de Iowa, radica precisamente en su título: la frase Quiero ser artista puede ser descifrada tanto como una declaración de principios como una manifestación de deseos o una leyenda cargada de ironía. El libro, en el que al menos la mitad de los personajes son cineastas o trabajan en la industria audiovisual, como su autor, ofrece algunas pistas. En el primer cuento, "Kovacic", uno de los más logrados del libro, el narrador afirma, por ejemplo, sobre el personaje principal, que lleva ese apellido: "Como muchos realizadores audiovisuales, se la pasaba trabajando para otros mientras soñaba una obra propia". En el relato que le da el título al libro, el protagonista dice de él y su novia: "Éramos neuróticos con mucho tiempo libre. No saber qué hacer era nuestra desazón (.) Si lo pienso, no conozco a nadie más snob que yo. De vacaciones en Roma, me dedicaba a tener un surmenage. A veces, me doy asco".

"Quiero ser artista puede ser descifrada tanto como una declaración de principios como una manifestación de deseos o una leyenda cargada de ironía. "

Esta posición autoconsciente, esta suerte de sentimiento de improductividad y vergüenza, de nostalgia por la nobleza de los oficios y los trabajos manuales, es aún más explícita en "Comprar crema", un virtuoso y breve texto en el que el protagonista establece un diálogo imaginario con una panadera: "Me miró con la cortesía con que miraba a los clientes, una mirada franca, limpia y enérgica, de alguien que se levanta muy temprano a trabajar. Me sentí improductivo y diminuto, aunque casi la doblaba en altura. Ella, la panadera, me pareció más fuerte que yo". Más adelante, agrega: "No quise acentuar algo que ya me incomodaba y que estaba cifrado en cómo ella ocupaba su lugar nítido en la cadena productiva y cómo yo, en vez, escribía diálogos en malas series de la televisión argentina". No deja de ser interesante leer estos textos, cuyo autor pertenece a una generación criada bajo los preceptos de una economía que abandonó la fantasía industrial para reemplazarla por la de los bienes y servicios, bajo ese filtro que contrapone una mirada piadosa hacia el trabajo manual y otra descarnada con el supuesto trabajo intelectual.

Una mención aparte merece el texto que cierra el libro, "Amalia". Lo que comienza como una historia en clave cómica y delirante (la historia de una familia arrastrada por la rutinas de una madre adicta a los gimnasios) se va transformando, divorcio mediante, en un oscuro drama familiar a través del cual se tematizan algunos de los rasgos más sobresalientes de la década del 90 en la Argentina: el entrenamiento corporal, los viajes a Miami, las marcas como signo de distinción, el desarrollo de la televisión por cable, el consumo extendido de champagne y cocaína. Neurosis, complejo de inferioridad, antidepresivos, frustración laboral y ansiedad sexual: las taras de la clase media de ayer y de hoy parecen no haber cambiado tanto, y en Quiero ser artista se convierten en materia narrativa y en código de lectura de su propia propuesta estética.

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