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Los misterios que deben desentrañar Scioli y Macri

Carlos Pagni

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LA NACION
Martes 11 de agosto de 2015
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Daniel Scioli no consiguió lo que soñaba: traspasar la barrera del 40% de los votos y superar por diez puntos a Cambiemos. Pero su triunfo ha sido promisorio. Medido contra Mauricio Macri , no contra toda la coalición opositora, sacó 14 puntos de ventaja. Cambiemos obtuvo el 30% de los votos. Pero Macri sólo el 24,3.

El primer corolario de este resultado es que la alianza de Macri con Ernesto Sanz y Elisa Carrió fue un acierto. Si se hubiera replegado sobre el "amarillo puro", el líder de Pro habría quedado lejos de provocar un ballottage. Eso no quiere decir que para conseguirlo no deba hacer un gran esfuerzo. Macri está obligado a alcanzar dos objetivos: retener los votos de Sanz y de Carrió, e inducir a una polarización en la competencia contra Scioli .

Para el primer propósito necesita reinventarse. Macri ha sido hasta ahora el líder típico de un partido personal. El principal aglutinante de Pro es la adhesión a su figura. En las próximas semanas deberá despersonalizarse y tender hacia los otros un puente conceptual. Es lo contrario de la receta antipolítica que le ha inculcado Jaime Durán Barba. Debe elaborar una narrativa que trascienda su proyecto biográfico. Si no, no conservará a todos los simpatizantes de Cambiemos. Menos todavía atraerá a los de Margarita Stolbizer o Hermes Binner, que anteayer verificaron una recesión.

Las primarias plantearon algunos misterios que Pro deberá desentrañar y que tal vez se deban a sus indefiniciones discursivas. Es curioso, por ejemplo, que los candidatos de Cambiemos, sumados, no superaron en la Capital Federal los sufragios que habían cosechado Horacio Rodríguez Larreta y Gabriela Michetti, juntos, en abril. Quiere decir que Macri no logró, en el distrito que administra, fidelizar a los votantes municipales de su partido. ¿Su imagen es inferior a la de su gestión? ¿Los desvaríos retóricos de las últimas semanas le hicieron perder adhesiones? Todavía es muy temprano para determinarlo.

El otro reto que tiene Macri es la polarización. Para conseguirla debe remover una dificultad: la oposición sigue abocada a retratar a Cristina Kirchner, pero no consiguió caracterizar a Scioli como su continuidad. Aun cuando son tan parecidos, sobre todo si se observa el nivel de corrupción. El lugar común según el cual el candidato es una víctima de la Presidenta, no su legatario, entorpece la tarea. La sociedad está fracturada a favor o en contra de la Presidenta, no de Scioli.

Balance provisional: Macri debe conseguir con instrumentos conceptuales o simbólicos lo que se negó a construir con la ingeniería electoral. En Pro habrá quienes quieran hacer una autocrítica. Si se examinan las elecciones locales de Santa Cruz y de Jujuy, por ejemplo, se advertirá que la integración con el Frente Renovador de Sergio Massa fue muy eficaz. Sobre todo en Santa Cruz, donde Cambiemos y el massismo, unidos, derrotaron a Máximo Kirchner como candidato a diputado. ¿Se podía lograr el mismo efecto a nivel presidencial? ¿Fue una decisión correcta no acordar con Massa por lo menos en la provincia de Buenos Aires? Estas preguntas son, en esta instancia, retóricas. Pero desnudan el error estratégico que había detrás de la negativa a ligarse a otros. La hipótesis según la cual se levantaría una ola a favor del cambio que encontraría a su mesías en un Macri inmaculado de toda asociación política no se verificó. El candidato de Pro obtuvo, por sí mismo, 24% de los votos.

Este resultado también obliga al macrismo a revisar los estudios que consume. En las encuestas se hizo evidente otra vez una distorsión: los sondeos telefónicos, que son los más frecuentes, dejan afuera a los votantes que carecen de una línea fija, que en general son los más pobres. Cuando se los incorpora, los números mejoran para los candidatos peronistas. Sea Scioli o Massa.

La pretensión de dividir al electorado en dos colores, naranja o amarillo, tendrá una dificultad: Scioli se alejará de Cristina Kirchner. Lo tenía previsto antes de conocer los resultados. "A partir de las primarias, Daniel sale del clóset", vaticinaban sus intérpretes. Querían señalar que, consolidado el frente interno, se dirigiría al electorado independiente, más centrista. La matemática de ayer acelerará ese desplazamiento.

Scioli obtuvo buenos resultados en distritos donde el kirchnerismo ultra no despierta mucha simpatía. Ganó Santa Fe, por ejemplo, asociado al moderado Omar Perotti. Salió segundo en Mendoza, a sólo tres puntos de Cambiemos, que contaba allí con el aporte local de Sanz. Allí superó a Macri por 75.000 votos. En la Capital Federal, mejoró la performance del kirchnerismo durante las internas en 71.000 votos.

En cambio, Scioli hizo una elección mediocre en su propio territorio, Buenos Aires, la base principal del kirchnerismo. ¿Habrá que coincidir con lo que pensaba Néstor Kirchner sobre su derrota de 2009? "El principal riesgo del Frente para la Victoria en la provincia es que la gestión de Scioli es un desastre." En ese juicio despiadado puede haber una semilla de verdad. Al gobernador se lo vota menos donde más se lo conoce. Al revés de Macri, su imagen es superior a la de su administración. Las inundaciones, por supuesto, hicieron su tarea. Scioli lo había demostrado ya en La Plata: el agua no es lo suyo.

El principal distrito del país presenta para Scioli otro gran problema: la pésima imagen de Aníbal Fernández, que se impuso sobre Julián Domínguez. Scioli superó a las dos fórmulas locales en 132.000 votos. Algo parecido sucedió en Santa Cruz, donde sacó más votos que el bachiller Kirchner.

El jefe de Gabinete ha conseguido lo que parecía imposible: en comparación con él, Carlos Zannini parece el papa Francisco. Se entiende que, en la conferencia de prensa de ayer, Scioli haya sido tan evasivo al referirse a Aníbal. Casi tanto como cuando debe hablar del cepo. Es que Aníbal es su cepo. Alguien que le impide escapar hacia la posición a la que aspira: ser visto como el cambio dentro de una relativa continuidad. También los intendentes oficialistas temen al jefe de Gabinete, ya que el corte de boleta en su contra los puede arrastrar a ellos.

La vulnerabilidad que introduce Fernández es la contracara del mayor éxito de Cambiemos: el 29,43% que capturó María Eugenia Vidal en Buenos Aires. Significa 263.000 votos más que Macri. Este éxito obliga a poner el foco en el papel de Massa y De la Sota.

En la tarea de captar a quienes no los han votado, Scioli y Macri están sometidos al arbitraje de los votantes de esos dos peronistas disidentes. Casi el 21% de la elección. ¿Cómo se define ese electorado? ¿Por su antikirchnerismo, que lo inclina hacia Macri? ¿O por su peronismo, que lo asimila a Scioli?

El macrismo iniciará una negociación con algunos intendentes "renovadores" a los que la performance de Massa no les alcanza para retener sus comunas. Por ejemplo, Joaquín de la Torre, en San Miguel. A él le convendría que Macri desistiera de postular un candidato, a cambio de repartir la boleta de Cambiemos. Otros, como Jesús Cariglino, de Malvinas Argentinas, tal vez se tienten a negociar con Scioli. La transacción más audaz es un misterio: ¿existe alguna chance de que Felipe Solá desista en homenaje a un triunfo de Vidal? Para Scioli podría ser letal. Con Aníbal en carrera, él necesita que la oposición se mantenga dividida. Y un interrogante más extraño: ¿podría ocurrir que la oposición ganara la provincia y perdiera la Nación? Vidal sería, en ese caso, un Carlos Ruckauf a la menos uno.

Un corolario provisorio de las primarias indica, entonces, que Macri está obligado a romper el cascarón de su partido. Y Scioli deberá alejarse de la Presidenta, dando a entender que él también implica un fin de ciclo. Ambos tendrán que iniciar una compleja negociación. Con los demás candidatos. Y con el electorado. Son las primicias de una nueva configuración política. Su clave está cifrada en un dato que ayer pasó casi inadvertido. Si los resultados legislativos se proyectan sobre octubre, ningún presidente contará en diciembre con quórum propio en Diputados. Es un cambio importante en el formato: la imposibilidad de cualquier hegemonía.

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