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El desafío de la educación rural

Miércoles 12 de agosto de 2015
PARA LA NACION
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Una de las tantas paradojas de la economía argentina es que tiene un sector agropecuario apreciado en el mundo entero por su eficiencia y altísima productividad, pero que subsiste en medio de una sociedad de cultura y raigambre urbanas. El gaucho y su caballo son un símbolo de la argentinidad, pero la realidad sociológica es la de un ciudadano medio que vive en ciudades y no le interesa ni conoce mucho el campo.

A mediados del siglo pasado, la población urbana superó a la rural y desde entonces la tendencia se acentuó tanto que hoy se estima que vive en el campo sólo un 9% de la población.

Iniciativas como el proyecto Educar 2050 tienen el propósito de llamar la atención sobre nuestro atraso relativo en materia educativa. Los resultados son muy malos, la tendencia es negativa y los desafíos del futuro son crecientes y demandantes para el sistema, que con su diseño actual no es capaz de dar respuesta a estas demandas.

El problema de la educación rural es particularmente acuciante, porque como la educación es un problema eminentemente urbano, y está en crisis, casi no hay espacio para discutir lo que las escuelas rurales necesitan.

Sin embargo, toda esa eficiencia y esa elevada productividad del campo que admira al mundo también están asociadas a la educación de nuestra población rural. Agricultura de precisión, maquinaria de gran sofisticación, el uso de drones y ayuda satelital sólo pueden ser operados por personal de altísima capacitación. Este proceso de mayor complejidad tecnológica, lejos de haber alcanzado el techo, se volverá cada vez más intrincado por la demanda de mayor productividad y las exigencias de darle además sustentabilidad ambiental. La producción tiende también a diversificarse para aprovechar diferentes aptitudes de nuestros suelos y responder así a una demanda cada vez más exigente.

¿Estamos preparando a nuestra gente para este desafío? Es difícil saberlo. Por una parte, hay algunas experiencias ejemplares de administración escolar y de oferta curricular. He podido observar directamente la transformación de las escuelas agrotécnicas que emprendieron el desafío de certificar calidad. Los resultados son sorprendentes y merecerían una observación cuidadosa para difundir este sencillo, pero eficaz modelo de cambio. Pero también he conocido el abandono y el desamparo de muchas escuelas rurales, víctimas de la ya inocultable decadencia del modelo escolar vigente y de un Estado cuya misión principal se ha desdibujado y confundido.

Como en tantos otros campos, el imperativo de la hora exige una mayor cooperación entre la gestión pública y la privada. Los dirigentes del sector agropecuario deberían asumir una mayor preocupación por la educación rural, al ser un aspecto tan cercano al futuro de sus negocios.

Pero no debemos olvidar tampoco a los que podríamos llamar "los más pobres de nuestro suelo". Se trata de la población rural dispersa que recibe una educación casi "heroica", por el esfuerzo de los maestros y la orfandad de los medios. Son escuelas de pocos alumnos, con enseñanza en general de multigrado, sin útiles escolares ni libros y con resultados señaladamente modestos. Todavía hoy cerca de un 20% de los padres de estos jóvenes nunca asistieron a la escuela: la mayoría no pudo ni siquiera completar el ciclo obligatorio.

Según el censo de 2010, son 2,3 millones de personas las que viven en parajes dispersos del medio rural, usualmente sin agua potable de red, sin electricidad, sin transporte, sin asistencia médica y sin una vivienda digna. En algunas zonas los "acompañan" la infestación de vinchucas y otros insectos vectores de peligrosas enfermedades.

El Indec no los registra. La Encuesta Permanente de Hogares, que mide los ingresos, la ocupación y la pobreza, no los considera, porque sólo cubre zonas urbanas. Ni siquiera sirven para el negocio clientelar. Están muy dispersos y no gravitan en las elecciones; son los pobres de los pobres.

Uno diría: ¿por qué no mudarlos a las ciudades? De hecho, una parte considerable de los cinturones de la miseria urbana se engruesan con los inmigrantes de estos parajes, que buscan mejor futuro en las ciudades.

No obstante, creo que les debemos a estos argentinos el reconocimiento de un servicio al país. Si bien su contribución económica puede ser menor, ya que desarrollan una economía de subsistencia, son importantes en cuanto a la ocupación del territorio. Aseguran nuestra presencia como país en muchas zonas inhóspitas y alejadas de la civilización.

Con este sector también hay un desafío de importancia para el futuro. Si en algo se destaca el avance tecnológico es en el acercamiento de las distancias que permiten la nueva comunicación y los transportes. Por más alejado que uno pueda estar, hoy no hay excusas para disponer de un modo de comunicación de avanzada. Ello permite la participación y abre la puerta para la aplicación de técnicas novedosas de capacitación a distancia. Por la extensión del territorio, la Argentina debería ser líder en esta temática. Además, debería ofrecer esta modalidad a las comunidades rurales dispersas, con el objetivo inicial, inmediato, de que todos participen en la educación y se elimine el analfabetismo.

También he sido partícipe de una exitosa experiencia de capacitación a distancia para docentes rurales. El entusiasmo y la dedicación de estos maestros son llamativos y merecedores de una respuesta adecuada a ese afán de progreso y servicio. Nada impide la extensión del modelo a los alumnos que a pesar de todo están "naturalmente" digitalizados y abiertos a avanzar en metas escolares cercanas. Ojalá podamos aprovechar las oportunidades que se nos brindan para tener un país mejor integrado y más colaborativo en su dimensión campo/ciudad y la del esfuerzo público y el privado.

Director ejecutivo de la Fundación Bunge y Born

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