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Dos miradas al horror infinito

Fernanda Sández
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16 de agosto de 2015  

Francisco Boix era fotógrafo. Y español. Y republicano. Y todo eso, sumado, lo llevó -en pleno avance del nazismo- a terminar en Mauthausen, un campo de concentración clase III. En esa clase de campos, según el particular sentido nazi del orden y la eficiencia, a los detenidos no se los exterminaba mediante gas, inyecciones o balas, sino forzándolos a trabajar hasta morir.

Tuvo suerte Francisco. Su condición de fotógrafo le evitó pasar sus años de encierro arrastrando los bloques de granito con los que luego se construirían los monumentos del régimen. Lo pusieron, sí, a retratarlo todo: prisioneros, sistemas de trabajo y de muerte, la eventual visita de algún kapo al lugar. Entra un muerto al crematorio. Se lanza un prisionero contra los alambres. Un hombre-cadáver posa desnudo en la nieve. Todo lo fotografió Francisco, pero hizo también algo más: guardó los negativos. Gracias a la vecina que -arriesgando su vida- aceptó ocultar esas imágenes en una pared de su casa, Boix pudo terminar testificando en los juicios de Nüremberg. Sus fotos (un prisionero ruso tendido en un alambrado, Himmler sonriendo durante una visita, un hombre hormiga empujando un bloque grande como la luna) contaron más sobre el nazismo que todos sus despliegues de tropas juntos. Las treinta y una maneras de morir en Mauthausen que un prisionero detalló estaban en las tomas de Boix.

Pablo Piovano es fotógrafo. Y argentino. Y viajero. Y todo eso, sumado, lo llevó -en pleno verano, a fines de 2014- a recorrer varias provincias del noreste argentino. Allí se topó con su horror personal, sólo que éste no se presentó en un campo de concentración ni en medio de la guerra sino ahí, al rayo del sol. Bajo el gran día inmóvil. Con el rabioso verde misionero como fondo, desfilan chicos con cabezas de globo, nenas plegadas sobre sí mismas, adolescentes en pañales. Hay una chica junto a un pájaro; la mirada del ave es más humana que la de ella. Hay un hombre como de Mauthausen, sólo que en su casa.

Por años, en una suerte de campo de concentración a cielo abierto, todos fueron fumigados con litros y más litros de sustancias capaces de alterar las formas de lo vivo. En su viaje de más de 4000 kilómetros por zonas donde crece tabaco, algodón, soja, todo lo fotografió Pablo. Pero hizo también algo más: reunió doce de esas fotos en una serie llamada El costo humano de los agrotóxicos, ganadora de dos premios internacionales. Se exhibe en el Palais de Glace y está colgada en la Red, para quien quiera verla. Como aquel campo, éste también espanta. Como el otro, este horror es infinito.

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