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Edgardo Cozarinsky: "Quiero borronear las fronteras de la ficción"

El autor argentino donó parte de sus libros a la Untref, que lo nombró además profesor honorario; la biblioteca como clave autobiográfica

Lunes 17 de agosto de 2015
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LA NACION
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En una decisión que tomó gradualmente, "por etapas", como él reconoce, Edgardo Cozarinsky donó gran parte de los libros que adquirió durante los treinta años que vivió en París a la Universidad Nacional de Tres Febrero. Esos volúmenes integran ahora el Fondo Cozarinsky del Instituto de Investigaciones en Arte y Cultura Dr. Norberto Griffa, que dirige Diana Wechsler. Hace pocos días, el autor y cineasta fue distinguido como profesor honorario de la Untref.

He llegado a una edad en la que tengo acumulada una cantidad de libros que no voy a volver a leer. Prefiero evitar que, cuando yo ya no esté, los libros entren en una zona de sombras. Algunos son de estudio, de mi época universitaria. Hay muchos de historia, de filosofía; catálogos de exposiciones, de museos. Quiero que estén al alcance de otras personas que los puedan revisar. Si quiero volver a consultarlos, iré a la biblioteca de la Untref y pasaré una tarde tranquilo, rodeado de libros que en algún momento fueron míos.

Yo estudié en la UBA en otra época. Es un poco doloroso, pero lo asumo: no quiero que mis libros sean comidos por las ratas en un sótano de Puán. Por otra parte, los vaivenes en la dirección de la Biblioteca Nacional pueden llevar a ese cargo a alguien que no me merezca confianza. Entre los profesores de la Untref hay gente que estimo y eso fue muy importante en mi decisión.

Tengo tres bibliotecas. Cuando me fui a vivir a Francia, en 1974, dejé en casa de mi madre los libros de mi juventud. En 1997 murió mi mejor amigo y me legó su biblioteca, con más de dos mil ejemplares en inglés. Ese tesoro me obligó a tener un departamento en Buenos Aires para guardarlo. En París acumulé otros tantos, más de los que había dejado acá. Cuando empecé a querer quedarme en esta ciudad, comencé a traerlos en la valija. Fue una repatriación de hormiga. La selección depara muchas sorpresas. Abro un libro que hace mucho que no leo y me encuentro con un párrafo subrayado.

Conservé muchos libros que me han acompañado toda la viday que suelo releer. Varias ediciones del Quijote; los cuentos completos de Joseph Conrad; todo Henry James y todo Borges; los ensayos de Montaigne. Me reservo otros para las noches de insomnio. En esos casos, voy a la biblioteca y tomo algún libro al azar. Por eso, quiero tener una cantidad de textos no leídos. Incluso, muchas novelas policiales.

Hace años empecé a donar mi material sobre cine. Algunos programas, a la Cinemateca Francesa. Y otros a una institución muy pequeña y muy pobre, a la que le tengo una gran simpatía: la Cinemateca de Tánger, creada por iniciativa de dos mujeres: Ito Barrada, artista y fotógrafa, y Bouchra Khalili, historiadora del cine. Hace quince años, hice una película en esa ciudad marroquí y las conocí. Tengo películas en DVD y cada tanto regalo algunas a amigos. Este año, cuando visité a Ricardo Piglia, a quien le gusta el cine negro norteamericano de los años cuarenta, le llevé diez o doce títulos.

Me he puesto más reaciocon el cine. Me gusta mucho el clásico, no el industrial. Suelo descubrir films del sudeste asiático; siempre tienen un tono diferente. Una de las cosas que más rechazo es el déjà vu: escenas o historias que ya vi. Pero, como dice una amiga, "con kimonos es distinto".

Siempre me interesó mezclar, borronear las fronteras entre documental y ficción. Las películas antiguas conservan una parte de documentación sobre la época. Ése es el lado documental de la ficción. Y el lado ficcional del documento se ve, por ejemplo, en los noticieros de la guerra. El documento me genera una gran cantidad de preguntas, que llevan a la ficción. Además, no creo que ambos registros estén separados por una barrera infranqueable. Lo imaginario es parte de la realidad.

Una de las pocas influencias que reivindicoes la de Chris Marker, que creó en Francia el género de ensayo, donde el cine no es un documento, sino una reflexión sobre un tema: como el ensayo en literatura, donde el autor salta de un tema a otro y el interés es encontrar los lazos entre temas que uno no ha vinculado.

En mi película Carta a un padrehay mucho de ficción porque no he conocido a mi padre tanto como me hubiera querido. Murió cuando yo tenía veinte años y me quedaron muchas preguntas. Hay aspectos de su vida, de su carácter, que sólo pude imaginar. Y esa imaginación pertenece a la ficción.

Hace años compré un libro mío en un puesto de usados en París. Estaba subrayado. Entonces, leí lo que yo había escrito desde el punto de vista de la persona que lo había marcado. Fue una experiencia muy interesante.

Cuando termino un trabajo, me digo que el próximo será distinto. Quiero avanzar en otra dirección. No quiero repetirme. Entonces, busco otros personajes, temas, motivos. Pasan dos o tres años, releo el libro y veo que siguen cuestiones que estaban presentes en obras anteriores. Por eso digo que comienzo a escribir con la intención de avanzar en zigzag, pero, cuando mira para atrás, veo una línea recta. Lo que uno lleva adentro no se cambia tan fácilmente.

Buenos Aires, 1939

Foto: Gentileza Cozarinsky

Escritor, cineasta y dramaturgo, Cozarinsky es autor de Vudú urbano, La novia de Odessa, El rufián moldavo, Museo del chisme y En ausencia de guerra, entre otros libros. Entre los films que dirigió figuran Ronda nocturna y Carta a un padre

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