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"El sacrificio perdió por goleada ante el placer"

Triunfa en la radio con un programa que ya es un clásico, despunta el vicio con el periodismo deportivo y se consolida en la TV como gran entrevistador. Todo eso a los 44, como representante de una generación que, dice, tiene como principio rector pasarla lo mejor posible

Domingo 23 de agosto de 2015
Foto: LA NACION / Martín Lucesole
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"Somos la última generación que le tuvo miedo a sus padres y la primera que le tiene miedo a sus hijos", conjetura Matías Martin mientras revuelve su té en un bar de Colegiales. Suerte de sociólogo en zapatillas, no es descabellado considerar a Martin como un vocero de su generación. Puede sonar grandilocuente, es cierto, pero no debemos pensar en él como una figura oracular o como el dueño de una ilustración avasallante, sino más bien como alguien cuyo mayor patrimonio son el sentido común y cierta intuición, no exenta de capacidad analítica, para capturar el clima y la sensibilidad de su tiempo.

Ese saber, y ahí es donde se convierte en vocero, se pone de manifiesto cada tarde en un medio de comunicación masivo como la radio, cuya obsolescencia se profetizó varias veces, pero cuya vigencia –como los almuerzos de la señora Mirtha– goza de un nuevo e impensado esplendor.

Quizás esa habilidad para captar el rasgo de época haya quedado de manifiesto por primera vez en los orígenes de su programa, Basta de todo, un espacio que nació en 2001 al albur de la crisis de confianza de la gente con la política. Como consecuencia de ese hastío, Martin pensó un proyecto de radio en el que la política quedara explícitamente expulsada. Y si bien la gente no estaba harta de la política, sino de los políticos –algo que quedó claro al poco tiempo con el advenimiento del kirchnerismo–, su programa se mantuvo fiel a esa consigna y se convirtió en un clásico instantáneo. Una buena porción de veinteañeros y treintañeros que atravesó los 90 escuchando a Pergolini abrazó esos nuevos sonidos que la escudería Metro (él, Andy Kusnetzoff, J.P. Varsky) tenía para ofrecer.

Martin tiene 44 años: pertenece a la quinta que ganó el Mundial 86. Creció con Charly García y los Redondos en sus auriculares, con el fútbol –el amado fútbol– convirtiéndose en el motor de la historia y con decenas de crisis que estallaron en su cara.

Martin, junto a Andy o Varsky, impulsaron un nuevo modo de comunicarse con la audiencia: urdieron una relación cuya complicidad, aunque asimétrica, parece ser una provincia de la amistad.

Si Pergolini y sus rude boys de CQC eran los pillos del curso que ponían una cucaracha muerta en el bolsillo de la autoridad, Matías encarnaba al compañero de facultad que te prestaba los apuntes, que tenía opinión formada de la cosa pública y que todavía usaba –usa– la remera de los Ramones.

Pero parte del paisaje cultural que lo acompañó en esos años cambió. La facultad quedó atrás: llegaron la vida adulta y un nuevo orden que, como es lógico, mantiene tensión con el anterior. La tecnología y las redes sociales conforman un viaje a toda velocidad hacia lo desconocido. Los consumos culturales se transformaron y parecería que la generación de Martin –y la anterior, y la anterior– camina sobre el humo de sus últimos puentes. Pero a diferencia de las otras, la suya se asoma a un doble abismo: el de sentirse diferente tanto a la que la antecede como a la que le sigue.

"Me cuesta imaginar qué viene. Todas las épocas son de cambio, pero ésta es tremenda. El cambio de paradigma cultural es tremendo. Internet va a cambiar el mundo mucho más de lo que lo cambió hasta ahora", avizora el periodista, que también conduce Línea de tiempo, un ciclo de entrevistas íntimas –una especie en extinción– en la TV Pública.

Foto: LA NACION / Martín Lucesole

El cambio de paradigma tiene que ver también con que hoy el imperativo ético es ser feliz, cosa que antes no pasaba, ni siquiera a nuestra generación.

Sí. Antes estaba muy instalada la idea del sacrificio. Hoy, el valor que ganó es el hedonismo. El trabajar de lo que te gusta, el hacer lo que querés.

La búsqueda desesperada del placer se trasladó a todos los ámbitos, lo que también provoca ansiedad y frustración.

Hoy el objetivo es pasarla bien, ser feliz. Por algo es el auge de la meditación. Todo eso va con el mismo objetivo, que es pasar mejor el durante, ya no es llegar a un lugar. Estar un poco mejor, quererte más, cuidarte más.

Por otro lado, referentes de los 80 y 90 como Charly y Maradona hacían un culto también de la autodestrucción. Hoy esos ejemplos ya no corren.

Sí, eso cambió. Tal vez genera un poco de fascinación el Pity (Álvarez, cantante de Viejas Locas), pero generan más empatía otros personajes.

Hasta dan tristeza.

Sí, dan más tristeza. Antes era más idolatrable esa actitud. El rock es un buen ejemplo de lo que pasó. Hace 20 años el rockero estaba en un boliche reventado y el futbolista era el ejemplo de la vida sana. Y hoy el futbolista está en Esperanto y el rockero juega al golf, hace meditación y es vegetariano. Un ejemplo es Daffunchio (Germán, cantante de Las Pelotas). Él me explica que el golf es el deporte zen: "Ni fuerte ni despacio, la fuerza justa". Hablás con Ricardo Mollo y lo mismo: vida sana. ¿Cuál es el objetivo? Seguir pasándola bien. Muchas veces pensé que todos estos reventados hicieron un trabajo por nosotros. La vivieron de una manera como para que vos digas: "Este ya la hizo, no lo tengo que hacer yo". Él vivió por nosotros. Todos nos pusimos en pedo, todos jugueteamos más o menos con algún exceso para pasar algún límite, pero me parece que no está ahí la felicidad. Experimentar con algún exceso puede ser la búsqueda de la felicidad, pero no está ahí.

Al mismo tiempo este reinado del deseo y esa facilidad para alcanzarlo atenta contra la idea de pareja, con su conservación, algo que implica necesariamente un trabajo o, como mínimo, una negociación del deseo propio con el ajeno.

El otro día me junté con amigos, éramos tres o cuatro. Y unos me contaban que habían terminado con su pareja, empezado otra, y así. Y me preguntaban: ¿Cómo es estar hace 10 años en pareja? Claro, yo era el ejemplo raro. El amor que tenés hacia un hijo es incondicional, ¿no? Bueno, yo creo que el hasta que la muerte los separe te lo tienen que decir cuando te entregan a tu hijo. En el caso de la pareja el objetivo es pasarla bien, no es durar. ¿Qué sentido tiene lastimarse? Antes estaba instalada la idea del sacrificio. Lo que no implica que no te tengas que romper el culo para conseguir las cosas. Pero la idea del sacrificio perdió por goleada con la idea del autoplacer. La idea de darse los gustos, de darse para sí la experiencia (de un viaje, de lo que sea) es lo que ganó. Eso lo tuve muy presente desde chico. Yo siempre lo tuve como un plan. A los veintipico me dije: Este es el momento de hacer determinadas cosas porque después no lo voy a poder hacer. Por ejemplo, leer. Leí como un condenado, mamando de todo. O cuando me fui a vivir con un amigo a los 24 porque sabía que esa experiencia la tenía que hacer ahí. Fue espectacular. Y en algún punto lo hice pensando esto es ahora, o no.

También pasa que hoy a los cuarenta y pico está permitido seguir haciendo cosas que se hacían a los 20.

Se estiró la edad del placer. Nuestros padres no escucharon rock, y el rock cumplió 50 años. Y ya no están los pioneros del rock. Y los chicos ya tienen otra cabeza. Usan el rock de otra manera. En el festival de Lollapalooza cerraron, al mismo tiempo, Robert Plant y Calvin Harris. En nuestros veinte, eso era goma asegurada: los fans de Zepellin les iban a ir a pegar a los fans de la música electrónica. Y acá no pasó nada. Si lo contás, parecés un cavernícola. Pero era así.

Foto: LA NACION / Martín Lucesole

Hablemos de tu trayectoria. Parecería que siempre fuiste eligiendo lugares cuidados.

Fui eligiendo. Y creo que tuve huevos para decir que no, que muchas veces es doloroso.

Bueno, Javier Cercas (escritor español) dice que un héroe es alguien que dice que no.

Seguro. Mirá: la verdad es que en el momento que aparecés en televisión, al toque te llenan de propuestas. Y te ofrecen de todo, eh. Y no sabés qué carajo hacer. Yo arranqué con el periodismo deportivo. Después dejé TyC y tomé una decisión difícil, que fue irme con Tinelli en 2000 a hacer un programa que se llamaba Fugitivos. Hoy me parece que esa popularidad en ese momento me hizo poder elegir. Como crítica, alguna vez escuché que yo hago programas muy a mi medida. Yo creo que es una virtud. Siempre hice programas en primera persona. Luego inventamos Locos por el fútbol, y hoy encontrar esos espacios de cierto placer es complicado. Lo hablaba con Andy (Kusnetzoff) y Diego (Ripoll), eso de que buscamos lugares alternativos para encontrar cierto placer. Andy se inventa una obra de teatro (Happy Hour), Ripoll arma un programa por Internet (Arroban). Yo hago un programa en TV Pública. Estoy en la misma hora que Tinelli, pero de ninguna manera estoy compitiendo con Tinelli. ¿Y por qué estoy ahí? Porque es el único espacio en el que puedo tener una entrevista mano a mano con quien quiera y nadie me va a hinchar los huevos sobre nada. Es encontrar los lugares. Hoy es más la búsqueda personal.

Por otro lado, hacer un programa de radio hoy parece una experiencia distinta. El oyente ya no llama para felicitar, sino para alimentar su contenido, con el añadido de que se perdió el pudor.

Yo en el programa de radio no puedo creer las cosas que cuentan. Cuentan cosas que no le cuentan ni a su mejor amigo ni a su pareja. Para mí es increíble. Me parece que la radio genera una empatía que no consigue otro medio. Cuando escuchás radio estás comiendo, en el baño, manejando. La radio te acompaña. La tele, no. El público cuenta cosas muy zarpadas. Nos dan un material tremendo. Es cierto, con eso estás caminando un poco por la cornisa, pero no deja de ser un momento radial tremendo.

Además parecería que entre vos, Andy, Wainraich, conforman una suerte de amigo promedio, como si uno fuera la continuidad del otro.

Eso lo escucho mucho. Andy, Juan Pablo y yo somos del 70. Hay algo generacional y también pasa que hoy el de 25 conecta con el de 50 mucho más de lo que conectaba antes. Nosotros estamos en el medio y los conocimos a los dos.

¿Cómo viviste estos 12 años de gobierno, con esta suerte de poca tolerancia a la opinión ajena?

Me parecen tan insufribles los ultra K como los anti-K más rabiosos. Tienen un rasgo que los hace muy parecidos, que es el fanatismo. Yo, a los 44 años, un poco con mis hijos, un poco con River, pero si hay algo que no voy a tener en la vida son fanatismos. Los tuve a los 15, a los 20... Iba a ver a los Redondos a donde tocaran, iba a ver a River a Uruguay. Disfruto de muchas cosas. Pero ya no. Un fanático es alguien que es un poco ciego, poco permeable a enriquecerse con ideas ajenas. El kirchnerista no puede creer que haya alguien macrista. No le entra en la cabeza. Sos un pelotudo, dice, o cree. Y el que odia a los Kirchner no puede creer que a vos te caiga simpática una medida, así sea una medida que, si vos gobernaras, también la harías. Hay gente muy obsesionada con el kirchnerismo. No tiene otro tema de conversación. Incluso grandes personajes del periodismo se convirtieron en lo peor que puede pasar siendo periodista: los escuchás y ya sabés lo que van a decir.

Como si fueran incapaces de observar los matices.

Claro, cuando el mundo está lleno de matices. Creo que vamos en camino a aprender de todo esto.

Tenemos un comportamiento pendular.

Sí, eso indica que tiene que venir un gobierno conservador, y no parece.

Foto: LA NACION / Martín Lucesole

Aun así, parecería que no hay grandes diferencias, de trazo grueso, entre los tres posibles candidatos.

Los tres podrían pertenecer a tres partidos distintos. Los podés cambiar. Sin embargo, despiertan unos odios tremendos. El otro día le decía a un periodista que quiero y admiro: Escuchame, pareciera que vos estás esperando que la ciudad se inunde para que a Macri le vaya como el orto. "Sí", me decía. Bueno, eso creo que no va más. Las nuevas generaciones no piensan así. Yo quiero que le vaya bien a Macri, aunque no lo vote. Y me gustan algunas medidas y lo digo. Y después me matan, claro. Y cuando elogio algo del Gobierno, como lo de YPF, por ejemplo, me dicen de todo. ¡A vos te pagan los K! Es increíble.

Otro rasgo nefasto de la antinomia es ese gusto un poco perverso por el dolor ajeno, incluso más placentero que el logro propio, algo que creo que deriva del hinchismo futbolero.

Esa es una batalla perdida, encima amplificada por los noticieros. Hace un tiempo en tevé vi un titular que decía: "Cómo cargan los hinchas de Racing a los de Independiente por la eliminación en la Copa". Primero, Independiente había perdido con otro equipo. Segundo, hacía tres días Independiente le había ganado efectivamente a Racing. Sin embargo, el noticiero hacía hincapié en eso. Ahí es cuando decís: ¿Qué es esto?

Como dice Juan José Millás: "Al ser humano no le alcanza con ser feliz, para que su dicha sea completa tiene que ver la desgracia del otro".

Sí, en relación con eso pienso en la televisión, que es el único medio que te hace poner contento por la desgracia ajena. Mirás los ratings y decís: Mirá, midió poco, y te ponés contento.

Saca lo peor de vos. Pasa en el fútbol: tengo más ganas de que el otro pierda. Hay una sobrevaloración de la pasión malentendida, que hasta se mete con Messi.

Algún día vamos a decir fuimos contemporáneos de un genio que ganó de todo, pero le vivíamos diciendo que era un amargo, que no cantaba el Himno, etcétera. Tienen que pasar 100 años para que nos demos cuenta lo pelotudos que somos y lo que maltratamos a nuestros ídolos. Hay ídolos que se maltratan solos. Diego ha tenido sus idas y venidas... Pero este no. Este muere por jugar por la Argentina. Estamos esperando que haga algo más o menos, porque mal-mal no ha hecho nada, para caerle. Estamos para el diván. Y hay medios o periodistas que lo incentivan.

Parecería que, al menos en la tevé, hubo una pauperización del periodismo deportivo.

Los programas deportivos se fueron mimetizando con los programas de chismes. Está el periodista con el teléfono diciendo Uy, la bomba que tengo. Parece Intrusos. Lo que rinde es el versus.

Las redes sociales también tienen mucho de eso, ¿no? Twitter puede ser una herramienta de comunicación maravillosa, pero también la puerta de un baño público...

Obvio. Maravillosa y revolucionaria. Mirá, anoche me levanto para ir al baño y veo que en el teléfono tenía ocho menciones en Twitter. Me fijo. Todas puteadas: dos me decían pelado, uno me decía cornudo, el otro no sé qué. Era un día cualquiera, a cuento de nada. Increíble. Todos los días recibo elogios y buena onda, pero no menos de 10 o 12 puteadas porque sí. Con el tiempo aprendí que te lastima quien te quiere y no quien te quiere lastimar. La contracara de eso es que Twitter también vino a enseñarnos de tolerancia y de paciencia, porque si bien es cierto que te dicen cosas hirientes, también te dicen cosas duras que son verdad. Si yo hice una nota y pifié en un enfoque y te lo dicen dos o tres, puede que te moleste, pero tienen razón.

Hablando de paciencia: ¿qué aprendiste de ser padre? ¿Aprendiste a querer más a tu viejo por ejemplo?

Y, sí. Te pasa que cuando estás limpiándole el culo a tu hijo decís: Ah, mi viejo esto lo hizo conmigo. Y entendés mucho. El hilo invisible de tu hijo y tu viejo me detona. Me emociona. Con mi hijo más grande, que ya tiene 15, me di un gusto y nos fuimos a Nueva York, seis días. Un día fuimos al Moving Image Museo. Mi viejo era dibujante y mi hijo es un fanático del cine, y ahí me di cuenta de que ese hilo invisible era eso. Uno aprende de tolerancia, que los lugares comunes son inevitables y necesarios.

Somos una generación cínica. Sin embargo, los hijos parece que vienen a ponernos en eje.

Nos tiran abajo todo, la ironía, la acidez, todo. Te volvés muy primal.

El fútbol te une, supongo. Volvés a la patria, que es nuestra infancia.

Volví a ser chico, volví a festejar. El otro día en la cancha lo vivía así de nuevo, pero al rato me senté, miré todo eso y pensé: Esto es una gran boludez: es un partido de fútbol. Pero lo cierto es que despierta cosas que ninguna otra cosa despierta. Es una boludez, sí, pero a la vez es tu identidad, tus viejos, las emociones. Los sabores, el olor y la música son el viaje del tiempo.

En ese sentido tu programa, con el segmento de los viernes dedicado a la música de los 80, se permitió ser nostálgico, pero no melancólico. O sea, no es una evocación lastimera de un pasado mejor, sino que parece un rescate de emociones genuinas.

Sí. De hecho el ochentoso no es la mejor música de los 80, sino esas canciones de los 80 que íbamos a bailar. No es que ponemos Floyd, ponemos esa música. Ese es el lugar donde yo siento que le decimos a la gente se terminó la semana, disfrutá.

1970

Nació el 27 de octubre. Tiene tres hijos: Luca (de su relación con Nancy Dupláa), Mía y Alejo (con Natalia Graciano, su pareja)

1994

Aparece en la pantalla de TyC Sports, que nacía aquel año como canal de cable dedicado al deporte

2001

Crea Basta de todo, programa que aún continúa en el aire en las tardes de Radio Metro

2003

Aparece en la pantalla de América con Arde Troya, junto a Diego Ripoll

2005

Se presenta en Telefé con Cámara en mano. Antes había conducido Teikirisi y Aunque usted no lo viera, entre otros

2014

Llega a la Televisión Pública con Línea de tiempo, un programa de entrevistas. Además, coconduce Más que fútbol, por DirecTV, junto a Juan Pablo Varsky

El futuro

"Seguiré haciendo lo que me gusta. Radio, seguro; TV, tal vez. Viviendo en mi casa de nuevo (la están refaccionando) y viajando en familia o por trabajo, algo que disfruto mucho"

Asistente de producción: Agostina Curcio. Asistente de fotografía: Lucía Arenes. Agradecimientos: Promusica (Florida 532; 4394-4027). DECODESIGN (www.decodesign-web.net). Garçon garcía (Paseo Alcorta). Adidas originals (DOT baires). Christian Lacroix (Patio Bullrich).

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