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El consumo en el recreo según pasan los años

De los clásicos locales a la llegada de las marcas internacionales y de lo dulce a lo salado, las golosinas se adaptaron al paso del tiempo; el boom de los snacks y el efecto inflación en el presupuesto de los más chicos

Lunes 24 de agosto de 2015
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LA NACION
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Transcurría 1955. La campana del recreo sonaba y Analía M.(68) salía al patio con sus amigas para comer un alfajor Guaymallén, unos caramelos Sugus o descubrir un juguete dentro de un chocolate Jack. En la década del 60, Susana C. (65) encontraba poca variedad de golosinas: caramelos Media Hora, un chocolate Biznikke Nevado o un alfajor Jorgito. En TV, Alberto Olmedo y luego Carlitos Balá interpretaban a Joe Bazooka, personaje de los chicles del mismo nombre. En tanto, Eduardo B. (64) prefería un paquete de cuatro galletitas Manón.

Hacia las décadas del 70 y 80 la oferta se multiplicó: surgieron las galletitas Chocolinas, los alfajores Terrabusi y Blanco y Negro, y el Bon o Bon, que nació en 1984 y del que hoy se producen 3000 unidades por minuto. Pero el boom se intensificó en los 90, con la apertura del mercado al mundo. Fue entonces cuando llegaron las marcas internacionales y proliferaron los quioscos dentro de las escuelas.

Así, las golosinas locales comenzaron a compartir cartel con las globales: al lado de las Manón aparecieron las Oreo, y los juguetes del clásico de Felfort se sofisticaron y se mudaron dentro de un huevo, el Kinder, creación del italiano Michele Ferrero, quien también dio vida al Ferrero Rocher y a Nutella.

Además, hoy, lo dulce ya no tiene exclusividad. "En el mundo, ya no construye discursividad; lo salado sí. El snack es la tendencia y se vende todo en tamaño «snakeable»", explica Fernando Moiguer, economista especializado en branding y docente de la Universidad de San Andrés.

Las historias tienen un punto en común: se recuerda con nostalgia los años de niñez y se mira con espanto cuánto cuestan las golosinas hoy debido a la inflación y al "monopolio" del quiosco escolar. Para los padres, las opciones no son muchas: o les dan a sus hijos mensualidades altas o compran productos al por mayor y preparan una vianda, o se toma este dilema como una oportunidad de enseñanza temprana para las finanzas y el ahorro.

"Yo nunca gastaba más de $ 2 por día", cuenta Natalie K. al recordar los tiempos en los que iba al colegio primario. "Con esa plata me compraba un Bon o Bon a $ 0,25, un alfajor a $ 0,50 [los más caros, porque el Jorgito estaba a $ 0,30 y los Guaymallén, a $ 0,25], unas gomitas Mogul por $ 0,25 y unos chicles a $ 0,50", grafica. Pero es necesario situarse en contexto: era 1997 y todavía eran tiempos de convertibilidad. No existían siete tipos de dólares y tampoco había un 27,15% de inflación. Si Natalie, hoy de 30 años, quisiera tomarse un "recreo" en su trabajo y volver al quiosco del colegio, para comprar las mismas golosinas necesitaría $ 29,60: el bombón subió a $ 3,90; el alfajor, a $ 10; las gomitas, a $ 6,80, y los chicles, a 8,90 pesos.

"El alfajor sigue siendo el clásico argentino de todos los tiempos", dice Moiguer. Coinciden los datos de la Asociación de Distribuidores de Golosinas y Afines: por año se venden 900 millones de unidades y cada habitante consume 1 kilo por año. Para el especialista, "el alfajor es el campo donde las marcas internacionales deben pelear por ganar lugar".

Pero, avanza Moiguer, los niños de hoy miran YouTube y allí reciben publicidad mientras "comen snacks como si fueran caramelos". En cuanto al cambio en el tamaño del packaging, alude a dos motivos: uno tiene que ver con la salud, ya que "ahora no está bien visto ni hace bien comer una golosina grande". Y añade: "Así, las versiones «mini» de algunas golosinas engañan: creés que comés menos, pero comés lo mismo. Y también se venden a un precio inferior en tiempos de inflación".

Presupuestos flacos

La mensualidad también es un tema de debate entre padres con hijos en escolaridad primaria. "A mí me daban $ 20 por semana y tenía capacidad de ahorro", relata Natalie. Pero hoy, una colegiala con esa cantidad por día, mucho no puede comprar. Jorgelina A. (37) manda a sus dos hijas a un colegio bilingüe de Belgrano. Valentina (10) lleva $ 20 cada día ($ 400 mensuales), que, según cuenta, le alcanzan para dos medialunas, a $ 8 cada una.

Ella se da cuenta del aumento de precios. "El año pasado mi papá me daba $ 10 y este año le dije que el quiosco aumentó y me da $20", grafica la inflación en versión kids. Ivana T. le da a cada uno de sus tres hijos $ 50 por semana ($ 600 al mes). "Ellos deciden si lo quieren gastar o ahorrar", explica. Laura C. (40) le da $ 20 por día a su hija Camila, quien se compra un huevito Kinder, que cotiza $ 18. "No le doy $ 10 porque no le alcanza para nada. En mi época [mediados de los 80], para el recreo mi padre me daba en casa un turrón o un alfajor; no había quiosco en el colegio", rememora.

Si Laura quisiera comprarle a su hija esa golosina al por mayor, el pack de dos unidades de esos chocolates cuesta $ 32, es decir, se ahorraría sólo $ 2, que le alcanzarían para comprar 3,5 caramelos Sugus, que pasaron de 0,05 centavos la unidad a 0,56. Y menos le alcanzaría para una Tita ($ 5) ni un paragüitas de chocolate ($ 8).

"Los quioscos de colegio venden las golosinas a precios más altos. Lo mejor es comprar al por mayor, pero eso tiene que ser educación de los padres", afirma Mariano Otálora, especialista en finanzas personales. Propone la enseñanza temprana del valor del dinero entre los 3 y 5 años, "cuando los niños empiezan a entender qué es el dinero". Y agrega: "Lo que no saben es que no es algo ilimitado y que cuesta mucho ganarlo". En esta línea, el colegio bilingüe al que Jorgelina manda a sus hijas tiene una norma: los niños de primer grado tienen prohibido manejar plata, pero a partir de segundo pueden ir al quiosco del colegio acompañados por la maestra.

Por último, Moiguer resalta el carácter global de las golosinas modernas. "Los chicos entienden que una Oreo es internacional, como lo es Starbucks para los mayores", concluye.

900

Millones

Alfajores para todos

Es la cantidad de unidades de este clásico argentino que se vende por año en el país, equivalente a 1 kg per cápita

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