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Las promesas del post-capitalismo: la nueva utopía del futuro en red

Nuevas maneras de trabajar, información abundante y economía colaborativa: la promesa de liberar de ataduras productivas gracias a la tecnología

Domingo 13 de septiembre de 2015
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LA NACION
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Ilustración: Gosia Herba
Ilustración: Gosia Herba.

Ahora sí: el fin del capitalismo está cerca. No llegará a través de un movimiento obrero organizado, sino de internautas dispersos por todo el planeta. No instalará el socialismo, sino un sistema de producción colaborativa y consumo en red que tendrá a la tecnología como motor y plataforma. Y desembocará en un mundo en el que nos liberaremos de la necesidad de trabajar muchas horas por largos años.

¿Suena bien? Sí, aunque hablar del fin del capitalismo a los ciudadanos griegos, por ejemplo, pueda arrancarles una mueca de disgusto, y mencionarlo a los fondos de inversión que, como dijo el New York Times hace unos días, "huyen de los países emergentes", les puede provocar una sonrisa escéptica. ¿Suena conocido? También, porque casi desde sus orígenes el capitalismo enfrentó anuncios de fin inminente, que nunca llegó y que el propio sistema logró convertir en etapas superadoras de sí mismo. Al menos hasta ahora.

La última utopía acaba de surgir de una combinación curiosa de pensamiento de izquierda y optimismo tecnofílico -dos vertientes que no siempre se llevan bien-, y se llama "post-capitalismo". Ése es justamente el título de un libro que en julio pasado publicó el economista y periodista británico Paul Mason, y que despertó de inmediato adhesiones y controversias varias. En rigor, Mason -ex militante trotskista- recopila y sintetiza el diagnóstico de muchos economistas y futurólogos de la hora: de manera incipiente pero decidida, autos particulares que se comparten, personas que ofrecen su tiempo o conocimientos gratuitamente en plataformas colaborativas, impresoras 3D que traducen ideas en objetos, cooperativas de energía renovable, trabajos automatizados que liberan tiempo y una circulación incesante de información de libre acceso serían señales de una nueva época, impulsada por personas que valoran más vivir experiencias que acumular propiedad privada.

Mientras los optimistas ven algunas transformaciones evidentes como indicios de una revolución en ciernes, los más cautelosos sostienen que probablemente sólo se trate de cambios que el inoxidable capitalismo terminará engullendo, y que en el mundo que viene convivirán diferentes formas de producción, más o menos horizontales, más o menos desmaterializadas, más o menos colaborativas, pero todas bajo el generoso paraguas de la búsqueda de ganancias.

El espíritu de Marx

"Sin darnos cuenta, estamos entrando en la era post-capitalista. En el corazón del cambio por venir está la tecnología de la información, nuevas maneras de trabajar y la economía colaborativa", escribe Mason en un reciente artículo en The Guardian. Y sigue: "La contradicción principal hoy se da entre la posibilidad de bienes e información gratuitos y abundantes y un sistema de monopolios, bancos y gobiernos que tratan de mantener a las cosas privadas, escasas y comerciales. Todo se reduce a la lucha entre la red y la jerarquía". El post-capitalismo, sostiene -una transformación histórica que él compara con el fin del feudalismo-, es el resultado de tres grandes cambios impulsados por la tecnología: la reducción de la necesidad de trabajar (por la automatización de muchos empleos), la abundancia de información que contradice la lógica capitalista de la escasez, y el surgimiento aún incipiente, aquí y allá, de formas de producción y consumo colaborativos, por fuera de lo que el mercado considera actividades económicas. "El sector post-capitalista probablemente coexistirá con el mercado por décadas, pero el gran cambio ya está en marcha."

Un gran cambio en marcha también vio Marx, claro -a quien el propio Mason cita como visionario de "una economía basada en información abundante y socialmente compartida"-, y entre muchos otros Jeremy Rifkin, el economista y consultor estrella que el año pasado escribió La sociedad de coste marginal cero (Paidós), en el que también anticipa un mundo donde fabricar será cada vez más barato, reinará la "economía híbrida colaborativa" y las impresoras 3D convertirán a millones de personas en "prosumidores".

Las críticas a estos pronósticos llueven: la economía colaborativa no excluye el interés ni la búsqueda de la ganancia; la izquierda se ha quedado sin argumentos e insiste en subestimar la capacidad del capitalismo para adaptarse a nuevos tiempos; la economía del conocimiento no consigue distribuir mejor la riqueza. Y, por supuesto: todo el asunto es una argumentación que se mira el ombligo europeo. También: hay que desconfiar de un fenómeno que no tiene nombre propio, y recordar que el prefijo "post" no pocas veces termina nombrando la radicalización de lo que pretende superar.

"Este planteo es la lógica actualizada del marxismo: el neoliberalismo agota la capacidad de innovación del capitalismo. Pero pone mucho optimismo en la tecnología y subestima la capacidad de supervivencia del capitalismo", apunta Tomás Borovinsky, doctor en Ciencias Sociales, investigador y docente universitario. "Desde la teoría social es temerario pensar el final del capitalismo. Lo difícil de proponer una idea del final es que quien lo hace es lógicamente incapaz de anticipar la innovación, como también le sucedió a Marx." Es decir, en el mundo social, la prospectiva es un campo minado de incertidumbres.

"La idea del post-capitalismo es la nueva muletilla de una larga secuencia de profecías futuristas. Keynes decía en los años 30 que el progreso nos permitiría trabajar quince horas y dedicar el resto del tiempo al goce intelectual. Otros dos economistas, Clarck y Fourastié, hablaban en esa época de un sector cuaternario de servicios intensivos en conocimiento, similares a los que Mason describe. Daniel Bell hablaba en los años 70 de post-industrialismo, Toffler la rebautizó la «tercera ola»", enumera a LA NACION el economista Eduardo Levy Yeyati, que acaba de publicar Porvenir (Sudamericana).

La sociedad del ocio

Dos son los puntos más controvertidos de la utopía post-capitalista. El primero: la automatización de muchas actividades productivas que conduciría a reducir la necesidad de trabajar y ampliaría el tiempo libre a dimensiones impensadas (hasta, para algunos, negativas para el bienestar psíquico y social). En efecto, para algunos, esta idea tiene poco de utopía y mucho de apocalipsis. Levy Yeyati encuentra, por ejemplo que "el error más interesante de Mason está en la ilusión de que la automatización es liberadora del trabajo. Lo es en la medida en que el aumento de productividad asociado no quede sólo en manos del dueño de la máquina sino que sea distribuido entre todos. De lo contrario, el trabajador sustituido por la máquina no es liberado sino enviado a la cola del paro. Paradójicamente, la ilusión de la automatización liberadora del neomarxista Mason evoca la ilusión neoliberal del derrame del crecimiento: en ambos casos, sin un Estado que articule el progreso económico, la nueva riqueza no derrama sino que se acumula en el 10% (o el 1%) más rico", argumenta.

Para Andrés López, profesor y director del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, "que trabajamos menos es algo que viene ocurriendo en toda la historia del capitalismo. Lo nuevo es que ahora se automatiza también el trabajo intelectual. Probablemente trabajemos menos en el futuro, pero si eso va a ser un quiebre en el mundo capitalista, no lo sé, si entendemos capitalismo como una sociedad con propiedad privada, mercado y asalariados".

Mientras el futuro del trabajo y sus consecuencias es un tema más complicado de anticipar, la economía colaborativa -que se desarrolla bajo la premisa de compartir gastos y recursos y la plataforma de la tecnología- es el fenómeno donde los post-capitalistas ven las señales más claras del tiempo que viene. AirBnB -el sitio que conecta dueños de viviendas con quienes quieren alquilar habitaciones a bajo costo, un boom en 192 países- o autos particulares convertidos en taxis -como Uber o Blablacar- son los ejemplos más conocidos, pero en la lista se anotan plataformas para compartir conocimientos en forma de clases o tutoriales, personas que usan sus rutas de traslados cotidianos para hacer entregas, redes de usuarios de impresoras 3D, y cocinas que se abren como ocasionales restaurantes. Si antes un bien de capital era una máquina, hoy un auto particular, una habitación vacía o dos horas libres pueden serlo. ¿Puede eso generalizarse y convertirse en una lógica por fuera del sistema capitalista? Difícil. Los escépticos dicen que esos emprendimientos que nacen con espíritu de libre intercambio suelen terminar convertidos en empresas millonarias (miren a Google o a Facebook, sino).

"Veo en esto un cambio de modelo pero también veo la capacidad del capitalismo de fagocitarlo todo. Es cierto que hay cosas por las que antes se pagaba y ahora no, una horizontalidad de modos de producción. Pero eso no quiere decir que deje de haber intercambio de dinero y que ya no se busque ganancia", apunta Marcela Basch, periodista especializada en economía colaborativa y directora del sitio El Plan C (www.elplanc.net). "No creo que haya una revolución. Sí hay transiciones y los sistemas se van acomodando, reaccionando a la distribución espontánea de los usuarios. La industria primero patalea, luego va a la justicia y después se acomoda. Spotify, por ejemplo, es una adaptación del capitalismo a la situación generada por la industria y el espíritu del compartir", dice Basch.

Imposible no sentirse fuera de la discusión cuando se lee desde la periferia. ¿Llegará el post-capitalismo a estas costas? "En China, India y África todavía el problema es darle trabajo a la gente, un trabajo capitalista con beneficios. Esa inclusión está pendiente todavía para millones de personas. Hay economía colaborativa en el tercer mundo, pero existen límites de infraestructura para que funcione. Los países en desarrollo todavía tienen que llegar donde están los desarrollados para pasar a esta nuevas formas de producción", advierte López.

No todos coincidirían. "Desde las plataformas a través de Internet, en la Argentina y en la región, la economía colaborativa está muy verde todavía. Pero si miramos el panorama de organizaciones horizontales por fuera de lo que la economía tradicional considera actividad económica, entonces estamos un paso adelante", dice Basch. En concreto, muchos planteos del post-capitalismo, sobre todo los referidos a buscar una economía sustentable que apunte al bienestar de las personas, son primos hermanos de los argumentos del "post-desarrollo" en países de la periferia. "Los autores del norte están viendo cosas que acá existen hace rato, no recién a partir de la crisis financiera de 2008. Siempre tuvimos más arraigadas en la región las maneras alternativas de producción, los modelos alternativos de desarrollo y hoy se habla del «buen vivir» y de la recuperación de formas de producción nativas, que ahora se están revalorizando desde el conocimiento teórico", describe Basch.

Más allá de lo acertado o no de los diagnósticos, hay signos en el análisis post-capitalista que no deberían dejarse pasar, aunque no se compre el paquete completo de la utopía. "Brynjolsson y McAfee hablan de la nueva era de las máquinas como el momento ideal para ser un trabajador flexible y altamente calificado, y un momento terrible para no serlo. Esto nos afecta de dos maneras en la Argentina. Primero, nos encuentra mal preparados en términos de educación: nuestra fuerza laboral tiene una formación rígida y es intensiva en calificación media y baja, las más expuestas. Por el otro, con excepciones, nuestro aparato productivo no es tecnológicamente avanzado, es de «calificación media o baja»: nuestras empresas están expuestas -dice Levy Yeyati-. Podemos seguir cerrándonos a las nuevas tecnologías con subsidios y barreras comerciales, a costa de ser menos productivos y crecer menos. O podemos abrir e importar tecnología a costa de exponer a nuestros trabajadores y empresas. El desafío es una estrategia de desarrollo intermedia que modernice a los nuevos trabajadores y empresas, mientras cuida el stock de lo que hay."

Con todo, el post-capitalismo está alimentando otro desafío: cómo medir la producción cuando se descentraliza y circula por redes inasibles. ¿El PBI? Parece limitado. "Se trata de toda la producción que no aparece en el producto: chats, redes sociales, reseñas y demás contenidos online gratuitos. La «tercera revolución industrial» produce más de lo que se mide. En este sentido, hay un acceso más «democrático» a bienes y servicios, en el sentido de Mason y varios otros, que señalan que la productividad y el consumo (el bienestar) aumenta más de lo que surge de las cuentas nacionales", afirma Levy Yeyati.

Como en todas las utopías, el post-capitalismo también supone "un hombre nuevo", el "ser humano conectado y educado", como escribe Mason, generado por el mismo capitalismo (resuena Marx): "Al crear millones de personas conectadas en red, financieramente explotadas pero con la totalidad de la inteligencia humana a un movimiento de pulgar de distancia, el info-capitalismo ha creado un nuevo agente del cambio en la historia." Un agente de cambio, al menos, disperso. "Lo que falta determinar es quién va a hacer este cambio -contraargumenta López-. Creo que hay una excesiva fe en que serán los usuarios de Internet de manera descentralizada. Mason supone que la gente y los Estados pueden y quieren ser buenos. Yo no sé si se acabó el egoísmo".

Probablemente el modelo que viene tenga más de convivencia que de abandono y superación de lo conocido, y hasta ahora nada parece indicar que la desigualdad -la preocupación global de moda- vaya a repararse por impulso de la tecnología. Será que, parafraseando al escritor William Gibson, el futuro ya está aquí, el problema es que no llega a todos al mismo tiempo.

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