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Tonalidades de un autor

Sobre Domingos de agosto, de Patrick Modiano

Domingo 13 de septiembre de 2015
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PARA LA NACION
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La suerte de los escritores casi nunca es lineal. Va y viene de acuerdo con las leyes del mercado, la obtención de algún premio que les dé o les devuelva visibilidad, alguna lectura iluminadora, el saludable capricho de algún editor que decida responder por ellos. Algo de todo eso le ha ocurrido al francés Patrick Modiano, que de muy joven logró publicar en Gallimard con el padrinazgo de Raymond Queneau, decisivo para su carrera, y luego ganó el premio Goncourt antes de los treinta y cinco años. Cuando los ecos de ese prestigioso galardón se apagaron, su nombre perdió algo de interés, como lo prueban sus muy esporádicas traducciones al castellano durante los años 80 y 90. En la última década la editorial Anagrama, principalmente, decidió actualizar el catálogo de títulos de Modiano traducidos al español, y el Premio Nobel, con el interés legítimo que suele despertar pero también con toda su inevitabilidad superficial, no ha hecho más que multiplicar los efectos de ese acierto. A la espera de la traducción de su última novela, Para que no te pierdas en el barrio, que llegará en noviembre, son muchas las narraciones del escritor que circulan hoy en las librerías.

Domingos de agosto, publicada originalmente casi treinta años atrás, pertenece a ese período algo menos exitoso del autor (aunque en este caso el libro sí fue traducido por vez primera pocos años después de su aparición en francés) en el que, con todo, parece haber acuñado parte de lo mejor de su obra y, sin duda, haber definido un tono, un estilo, bastante lejos de aquellas provocaciones iniciales de la célebre Trilogía de la Ocupación sin la que, a partir de sus componentes sociopolíticos, resultaría muy difícil imaginar que la Academia Sueca le hubiese echado el ojo.

Esta novela, o más bien nouvelle (el formato preferido de Modiano, un tempo narrativo que él maneja como pocos), nuclea muchas de las constantes del autor. Por un lado, el retorno al pasado, o el pasado como omnipresencia, que en este caso carece de precisiones pero se acerca a su década favorita, la del 60, o bien a los primeros años de la siguiente. La acción se desarrolla en Niza, esencialmente, y muy en particular en el célebre Paseo de los Ingleses y en algunos otros puntos de la Costa Azul. El escenario permite a su autor recrearse en esa dualidad tan modianesca en la que esplendor y decadencia son apenas dos aristas de un mismo paisaje, dos tiempos en uno. Del mismo modo, el tamiz melancólico –más allá de la nostalgia explícita con que se revisa el pasado– con el que el narrador cuenta su historia es otra de las marcas del escritor nacido en Boulogne-Billancourt, como si todo fuese siempre para él hermoso y triste a la vez. Esa tonalidad, que en parte está relacionada con la fugacidad de los momentos luminosos, aparece una y otra vez en el libro de manera puntual, por ejemplo, cuando el narrador dice, a propósito de una instantánea que le tomaron a él y a su pareja en plena calle: "Siempre voy a recoger este tipo de fotos, esos rastros que quedan, más adelante, de un momento efímero en que fuimos felices, de un paseo en una tarde soleada…". Es que en esta novela, como tantas otras veces para Modiano, lo amoroso –lo que merece contarse– es sobre todo la pérdida, el recuerdo; en definitiva, el mito. Como tantas otras veces, también, Domingos de agosto deriva en una trama inesperadamente detectivesca, aunque lo inesperado tenga más que ver con la forma que con la sustancia. En rigor, la novela plantea ya desde el comienzo una tensión por resolver: dos hombres se reencuentran después de algunos años, y la animosidad que hay entre ellos evidencia a la vez una necesidad mutua, relacionada con el misterio de una mujer que es el tercer vértice de su triángulo. No revelaremos aquí las derivaciones de esa historia, pero alcanza con señalar que depende de unos pocos eslabones que encajan con bastante arbitrariedad o fantasía. Poco importa: perdiéndose en la realidad como si atravesara un sueño, el protagonista cuenta lo suyo, y lo hace con esa mezcla de despreocupación y densidad tan particular, un modo de narrar la experiencia –es decir, la fragilidad de la vida– en el que tal vez, como escribió Faulkner, tenga sentido incluso elegir la pena antes que la nada.

DOMINGOS DE AGOSTO

Por Patrick Modiano

Anagrama

Trad. M.T. Gallego Urrutia

162 págs

$ 175

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