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Precios inflados y desinflados

Hay valores que suben preventivamente ante la expectativa de que otros, controlados por este gobierno, aumenten durante el próximo

Domingo 13 de septiembre de 2015
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La inflación argentina se ha desacelerado unos 10 puntos con respecto a 2014, pero no sólo se mantiene entre las cinco más altas del mundo, sino que acumula tantas distorsiones de precios relativos que la transforman en una gran incógnita para los próximos meses, antes y después del cambio de gobierno.

Por un lado -como suele ocurrir en épocas electorales- muchos precios de lista ya muestran subas preventivas a nivel mayorista y minorista, cuanto más alejados estén de los controles oficiales. Según la consultora Finsoport, que dirige Jorge Todesca, esta tendencia se verifica especialmente en alimentos y bebidas. Esto no impide que luego puedan bajar, pero a través de bonificaciones o promociones puntuales, según lo que ocurra con la competencia y el consumo interno, que desde julio repuntó por los aumentos de salarios y ahora de jubilaciones. En cambio, los precios de servicios no transables (playas de estacionamiento, talleres mecánicos, peluquerías, plomeros, pintores, etcétera) suben para mantenerse.

Por otro, el gobierno de Cristina Kirchner sigue reprimiendo artificialmente la inflación al mantener "pisados" precios clave, como el dólar oficial y las tarifas de electricidad y transporte, a costa del drenaje de reservas y de fenomenales subsidios estatales. En términos reales, el atraso del tipo de cambio es el mayor de los últimos 16 años y se agrava frente a la devaluación de otras monedas -como el real brasileño- frente al dólar. En las tarifas hay que retroceder 70 años para encontrar valores relativos tan bajos, especialmente en el área metropolitana de Buenos Aires.

Además, la brecha cambiaria superior a 60% hace que las empresas que venden insumos y repuestos importados tiendan a contrarrestar las trabas oficiales ajustando los precios en pesos de sus stocks al dólar paralelo, para cubrirse de una futura devaluación. Y las que no, en varios sectores tienen pendientes aumentos salariales derivados de las paritarias a 18 meses, que también impactarán sobre sus costos al igual que los fletes debido a las subas de los combustibles.

No es la única brecha. En los productos de consumo masivo no deja de ensancharse la que separa a los 500 productos con Precios Cuidados (que cada trimestre reciben autorizaciones oficiales para aplicar ajustes mínimos) de variedades similares que, como contrapartida, aumentan mucho más, con diferencias que van de 28% a 55% en yerba, café, azúcar, fideos o gaseosas), pero pueden superar 300% en otros (mermeladas), según su calidad.

Como el próximo ajuste en las listas de Precios Cuidados deberá producirse en octubre, no pocos empresarios descuentan que se postergará varias semanas, según las elecciones se definan en primera o segunda vuelta. Ya hay un antecedente: el gobierno de CFK esperó hasta después de las PASO para autorizar el último ajuste de las naftas y gasoil, y ahora, sin anunciarlo, suspendió la secuencia mensual de miniaumentos que, desde febrero, revirtieron la exigua baja de 5% dispuesta a comienzos de año. Dado que estos ajustes acompañan al dólar oficial, cuyo ritmo de devaluación se acentuó en las últimas semanas, es previsible una mayor recuperación posterior a las elecciones.

Esta combinación de precios inflados y desinflados (permanentes o transitorios) alimenta las expectativas de un futuro realineamiento a partir de que asuma el próximo gobierno. Y la experiencia indica que en un contexto inflacionario, los precios se alinean con los más altos. Todo dependerá de las políticas que se apliquen en materia fiscal, monetaria, cambiaria y de ingresos que, por ahora, tienen similares incógnitas que el resultado electoral. Aun así, los candidatos hablan de un período de dos a cuatro años para bajar la inflación a un dígito anual.

En las grandes cadenas de supermercados, los precios se desinflan únicamente por bonificaciones u ofertas limitadas para conjuntos de productos, generalmente por cantidad (tipo 3 productos al precio de 2 o 4 x 3). A ello suman una ingeniería de descuentos por pago con distintas tarjetas para cada día de la semana, que en ningún caso incluyen los productos acordados con el Gobierno. Esta modalidad de promediar precios hace presumir que hay espacio para reducir márgenes a cambio de mayores volúmenes de ventas. Pero también que es una forma de fidelizar clientes y de enfrentar la competencia que últimamente pasaron a representar las cadenas mayoristas.

Mientras tanto, los precios en las góndolas registran subas moderadas, pero no dejan de acumular centavos o pesos, según el producto. De ahí que la mayoría de estimaciones privadas de inflación se hayan vuelto a ubicar en agosto en torno de 2% mensual con extremos de 1,6% (Bein) y 2,6% (Ecolatina), mientras el IPC Congreso arrojó un promedio de 2,1% y de 26,6% en los últimos doce meses. El Indec, en cambio, desentonó como de costumbre con una suba de 1,2% y 14,7% acumulada.

En la primera semana de septiembre, el relevamiento de precios que realiza esta columna en la misma sucursal porteña de una cadena de supermercados, muestra que en el último año el valor total del ticket pasó de $ 1336 a $ 1650, con un alza de 23,5%. Y que ninguno de los 30 productos que integran la canasta fija bajó de precio, salvo las supremas de pollo. En cambio sobresalen alzas de 39% en gaseosas light, 35% en quesos, 58% en servilletas de papel y 93% en pan francés. El récord corresponde a pimientos (214%), aunque junto con otras hortalizas y verduras puede reflejar el efecto de las inundaciones.

Desde otra perspectiva, en ocho años y medio el precio de la misma canasta muestra una suba de 600% (costaba $ 222 en abril de 2007). Y supera más que proporcionalmente al aumento acumulado (415%) que registra la Ucema en su más amplia canasta para profesionales ejecutivos de altos ingresos, que además incluye servicios privados. Aquí el dato impactante es que el gasto mensual para un grupo familiar pasó de $ 11.787 en marzo de 2008 a $ 60.673 el mes pasado.

No es para nada extraño, entonces, que un billete de $ 100 dure cada vez menos en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, ni que las imprentas oficiales no den abasto para fabricar cada vez más unidades. Al fin y al cabo, el billete de la máxima denominación, que antes del colapso de la convertibilidad tenía un insostenible poder adquisitivo de 100 dólares, ahora se redujo a 10,7 dólares (al tipo de cambio oficial) y a apenas 6,4 (al paralelo).

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