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Hugo Padeletti: “La vida es abierta, lo cerrado está más relacionado con la muerte”

Autor de una obra que se escribió y se leyó en secreto muchos años, el poeta es una figura mayor de la literatura argentina; combina concepto y atención a la naturaleza

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LA NACION
Lunes 14 de septiembre de 2015
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Poeta mayor entre los poetas de la Argentina, que no son pocos, Hugo Padeletti escribe todos los días en su departamento de la avenida Independencia, donde además lee, medita y escucha música. Recuperó del jardín del edificio varias plantas, que lucen saludables en el ambiente calmo de su casa. Además de una biblioteca, a la que recurrirá para precisar algún dato durante la entrevista, lo rodean imágenes de la tradición budista: Lao Tsé, Buda y Kuan Yin, la encarnación femenina del Tao. Padeletti recibió, entre otros, el Premio Boris Vian en 1989 y el Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes en 2004. En 2005 obtuvo la Beca Guggenheim que, bien administrada por un amigo y gracias a su vida austera, le permitió vivir tranquilo unos años. En 2014, a causa de un ataque de pánico provocado por llamadas intimidantes desde las cárceles ("Me pedían el número de mi tarjeta de crédito, pero yo nunca usé tarjetas de crédito"), debió internarse en un geriátrico. "Fue una experiencia atroz –confiesa–, a la que en parte sobreviví gracias al canto y la meditación. Los geriátricos, además de carísimos, representan el peor aspecto de la medicina moderna." Ya recuperado, y con la casa puesta a punto por sus amigos de El Cuenco de Plata, corrige algunos de sus "parlamentos". En uno dedicado a su amiga la escritora Angélica Gorodischer, con letra minúscula, ha cambiado "bosque agorero" por "boj agorero". Mientras, Padeletti espera poder volver a pintar pronto: "Preparar los materiales y estar de pie un buen rato todavía me fatigan".

Si no tengo más remedio puede ser que llore, pero no soy una persona emotiva, sentimental. Creo que mi poesía es sensible y rigurosa a la vez, y está fundada en el amor a la naturaleza, el amor a las ideas, a la poesía y a la belleza. Sin embargo creo que escribí un único poema de amor, hace tiempo, porque pienso que esos poemas tienen significado solamente para el que lo escribe y para el que está dedicado, para los demás son un decorado o una cáscara. Le encuentro cierto humor a mis poemas, o más bien una filosofía: no hay que tomarse las cosas a la tremenda. Evito ser taxativo o dogmático; la vida es abierta, lo cerrado o conclusivo está más relacionado con la muerte. No sé si mi poesía ha ejercido alguna influencia.

Algo que estropea un poco la producción de los poetas jóvenes son los talleres de poesía, donde se transmiten fórmulas o técnicas que, en parte, falsifican el poema. Por la costumbre de leer traducciones, muchos escritores terminan olvidándose de que la poesía es música. Algunos poetas, como Joaquín Giannuzzi, utilizaban la narración de pedazos de su vida que te deslumbraban, pero hay que haber vivido como Giannuzzi para escribir así. No se puede usar la poética de otro para escribir. La poesía es agotadora físicamente, por eso creo que el hecho de dedicarme a la plástica me equilibró mucho, me sanó psíquicamente. A diferencia de otros poetas pintores, como Wallace Stevens, por ejemplo, yo no hablo de la pintura en mis poemas. Mi pintura está muy vinculada al arte zen: el gusto por lo primitivo, lo tosco, lo asimétrico. El zen te lleva a gustar el encanto de las cosas primitivas.

Si tuviera que recomendar a alguien que no conoce mi escritura que leyera un libro mío, les diría que busquen Canción de viejo. Ese librito no es muy típico de mi poesía, pero me gusta mucho. Cuando lo escribí yo no era viejo, era joven todavía; es cortito y muy lindo. Empecé a escuchar voces de viejo en mi cabeza y no sabía qué hacer con ellas, me parecía que era un material más apropiado para un dramaturgo que para un poeta. Pero las transcribí y estuve con una caja de papeles durante un tiempo hasta que un día me dije que tenía que hacer algo con eso o tirar todo. Me senté y tuve una suerte de experiencia paranormal, perdí por completo el sentido del tiempo cuando empecé a revisar lo que había escrito; cuando volví en mí advertí que tenía escrito un primer poema que después me dio el tono del resto.

Escribí Guirnalda para un luto por la muerte de mi madre, que fue una muerte muy penosa, muy dolorosa. Y bueno, pasaba el tiempo y yo no es que estuviera llorando todo el día, pero no me hallaba, no era yo, no estaba bien, era como una persona flotante, una especie de fantasma con cuerpo. Y entonces Angélica Gorodischer, que trabajaba en un hospital muy importante de Rosario, que conocía todo el tema médico, me buscó un psicólogo clínico, uno tan excelente que llegado un momento me dijo: "Mire, Hugo, de todo lo que hemos hablado yo me voy a tener que atrever a decirle cosas que van más allá de lo que pueda decir un psicólogo, pero si no se las digo me voy a sentir muy culpable porque tal como van las cosas usted va por mal camino". Lo que me dijo era que yo no me podía quedar en Rosario. Así fue como con Dante, mi pareja, nos vinimos a vivir a Buenos Aires. Alquilamos un departamento muy lindo, un sexto piso, y allí después escribí toda mi obra en Buenos Aires.

Creo que mi poesía es bastante conceptual, por eso le doy tanta importancia al ritmo, al fraseo, a todo lo que es música; se hace una especie de Gestalt donde el concepto deja de ser concepto porque adquiere sentido de la totalidad. Con eso yo logro que mi obra sea poética a pesar de ser tan pensada. Pero es pensada porque yo soy así, no lo puedo evitar. Al mismo tiempo es como una poesía escueta porque descubrí lo que era el estilo, cuando era muy jovencito, leyendo una muy mala traducción del inglés del Tao Te King, y fue un deslumbramiento porque me pareció una hermosura. Pensé: "De esto quedó nada más que el hueso". Me pareció maravilloso, era malísima la traducción, pero yo capté el decir mucho con poco. Me gustó eso, y me gustaron también los versos cortitos en los que hay mucha carga detrás. Como que descubrí, antes de ser poeta, el estilo que después iba a ser el mío.

La naturaleza es una presencia permanente en mi obra. Yo soy gato de fuego en el horóscopo chino, lo cual significa una persona un poco imprevisible, apurada, brusca, y al mismo tiempo me crié en medio de la naturaleza, a la que amo, en una época muy tranquila, con flores, la tierra era barata, la gente pobre tenía unas quintas enormes de veinte metros por veinte, yo las miraba desde los techos, "¿Y cómo tiene señora tantas flores?" "Yo pido los gajitos", me decía. Y eran unos jardines hermosísimos; mis parientes en el campo lo mismo. Tenía parientes en Córdoba en la parte de paja brava; otros fueron a la zona de pampa húmeda, pero otros fueron a Córdoba, pusieron un tanque australiano y se hicieron millonarios con dos estancias. Yo he ido a pasar veranos ahí. Es al sur de Córdoba, cerca de Bell Ville. Y ellos hacían todo el trabajo del campo. Me he caído muchas veces del caballo; ahí aprendí que había que dejarse caer blando.

Alcorta, Santa Fe, 1928

Foto: Fernando Massobrio

Hugo Padeletti nació en 1928 en Alcorta, provincia de Santa Fe. Durante años, quizá porque publicar le importaba menos que escribir, fue un poeta de culto, igual que otros de su linaje, como Arnaldo Calveyra, Hugo Gola y Beatriz Vallejos. Es, además, artista plástico. Publicó Poemas, Parlamentos del viento, La atención, Canción de viejo. En 2007, con prólogo de Jorge Monteleone, salió El Andariego. Poemas 1944-1980, que divide su producción en "estaciones"

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