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Es inútil edificar murallas contra la inmigración

El aluvión de migrantes que arriba al Viejo Continente no representa una emergencia, sino un fenómeno destinado a cambiar su fisonomía; más que cruzadas moralistas, lo que hacen falta son políticas para asignar destino a los que llegan y fomentar su instrucción y empleo

Loris Zanatta

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PARA LA NACION
Martes 15 de septiembre de 2015
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BOLONIA.- La gran migración que está llegando a Europa es una fábrica de tragedias. Al mismo tiempo, es un proceso de transformación histórica extraordinario y muy complejo. Nadie tiene la receta para solucionar los enormes problemas de orden político, social, cultural, espiritual y económico creados por este inmenso éxodo. Y nadie que tenga un poco de vergüenza y honestidad intelectual puede subirse a una cátedra y lanzar acusaciones frívolas; acusaciones que, además de no brindar ningun aporte, alimentan rencores contra los países cuyos dirigentes irresponsables profieren tan ligeras ofensas.

Foto: LA NACION

Para tratar el tema con seriedad, hay que advertir que no estamos frente a una "emergencia", sino ante un cambio destinado a durar décadas y a dejar un mundo diferente del que conocimos. Y no durante un tiempo, sino para siempre. Al final, la sociedad de la vieja Europa será mucho más multicultural de lo que ya es, y las sociedades de las que han salido los migrantes se habrán transformado también. Frente a cambios tan grandes, es estúpido, además de inútil e inhumano, edificar murallas. Pero no es menos inútil pensar que basta predicar la hermandad y lanzar cruzadas moralistas contra el egoísmo, un viejo refrán que suena bien, pero aporta poco. Lo que sirve es más política europea, y buena política, en el sentido más noble de la palabra: capacidad de pensar el futuro, de esquivar trampas ideológicas para fomentar la instrucción, el empleo, la protección social de los inmigrantes, y, al mismo tiempo, de establecer un criterio certero y eficaz sobre la base del cual seleccionarlos, acogerlos y distribuirlos entre los diferentes países. Los refugiados que huyen de las guerras, por ejemplo, deben tener prioridad. ¿Esto pondría fin a los viajes de la muerte en alta mar? Es improbable, pero crear canales de migración legal y organizada podría limitarlos.

¿Estuvo Europa, hasta ahora, a la altura de este cometido? Claro que no; no ha estador a la altura, y ha revelado la ausencia de una política y de un ethos comunitario. ¿Estamos entonces frente al tan cacareado ocaso de la vieja Europa y de sus valores, que tanto excita a los nac & pop de medio mundo? No lo sé. Pero de la decadencia europea se habla cíclicamente desde hace siglos y se ha vuelto casi un hobby. Al respecto, observo que mientras en otras épocas había masas que escapaban de Europa por las guerras y por las tiranías totalitarias, hoy el Viejo Continente es la meta de masas que aspiran a ingresar en él. Con razón o no, confían en que allí mejorará su suerte.

Una cosa es afirmar que la política europea no ha estado a la altura del desafío, y otra, muy diferente, que Europa cultive el cinismo de "dejar morir chicos en la playa". ¿Hay xenófobos? Sí. ¿Hay racistas? Sí. ¿Se están violando derechos? Sí. ¿Europa está en deuda con sus valores humanistas? Sí. Esto es feo, que duda cabe, pero no tan sorprendente. Los países que han tenido grandes migraciones deberían ser los primeros en recordar que estos fenómenos generan reacciones identitarias, rechazo de la heterogeneidad, nacionalismos excluyentes, y que esas reacciones suelen resultar más virulentas entre los sectores más vulnerables de la sociedad, pues suele ocurrir que la gran parte de los inmigrantes se concentre en los barrios más carecientes, donde es más fácil que la guerra entre pobres se transforme en guerra étnica.

Esto debería hacer entender por qué una política de apertura indiscriminada a los inmigrados, ética y políticamente correcta, no resulta viable. Además de ser insostenible en términos económicos, produciría tensiones sociales tan extendidas y radicales que terminaría por impedir una política más gradual y eficaz. Dicho esto, y así como conmovió a todos la imagen del cuerpecito sin vida de Aylan, no hay que olvidar los miles de prófugos salvados día tras día en el Mediterráneo; sería correcto pintar la inmigración con todos sus colores y sus contradicciones: xenofobia e integración, criminalidad y ciudadanía ejemplar, explotación e inmigrados creadores de empresas, marginalidad y movilidad social.

Ahora, por fin, se vislumbra un cambio significativo en la política europea, que por primera vez parece apuntar a una estrategia colectiva, a un sistema de cuotas obligatorias de inmigrantes por cada país sobre la base de su riqueza y población. Un paso clave, que hace salir a flote lo que era evidente: frente a una Europa occidental cada vez más consciente o resignada a enfrentar la difícil prueba abriendo las puertas, se para una Europa oriental mucho menos imbuida de los valores del humanismo y que, habiéndose beneficiado enormemente con el ingreso en la Unión Europea, tiene miedo de perder los progresos obtenidos y opone un ciego nacionalismo a la ola inmigratoria.

Es imposible prever cómo evolucionará la situación y si Europa saldrá en pedazos o fortalecida de este largo drama. Pero una cosa es cierta, mirada fríamente en perspectiva histórica: si consideramos la coincidencia del alud migratorio con la tremenda recesión económica padecida por Europa en los últimos años, la revolución tecnológica que destruye puestos de trabajo, la inestabilidad política debida a la crisis del Estado nación y a las nuevas formas de participación y comunicación social, casi sorprende que la corriente populista y hostil al mestizaje cultural y étnico no sea mucho más poderosa de lo que es. En condiciones en parte comparables, en los años 20 y 30 las democracias europeas cayeron como castillos de naipes y los países europeos se refugiaron en sistemas sociales cerrados y totalitarios. Quizá los viejos y tan vapuleados valores decimonónicos, fundamentos de una sociedad abierta y plural, hayan plantado raíces firmes y no sean tan anacrónicos como algunos creen. Antes de dar clases de moralidad, los dirigentes mundiales harían bien en prepararse para enfrentar parecidos temblores sociales, que ya son, y cada vez lo serán más, globales.

Quedan dos aspectos para evaluar el complejo entramado de las migraciones en Europa. El primero se llama islam. No importa evocar los seculares conflictos entre mundo islámico y mundo cristiano para intuir la dificultad de edificar la convivencia entre musulmanes y cristianos. Se ha dicho que Europa tiene la mayor parte de la responsabilidad por haber apoyado las aventuras bélicas norteamericanas en el mundo islámico después del 11 de septiembre. En efecto, es difícil negar que la gestión de la crisis en Irak ha sido nefasta y que la intervención en Libia ha sido un triunfo de la imprevisión. Sin embargo, sería muy simplista pensar que las violentas reacciones antioccidentales que atraviesan el mundo islámico se deban principalmente a esto: tienen raíces mucho más hondas. Lo que ocurre es que el heterogéneo islam vive voy una traumática transformación, comparable con aquella vivida por el catolicismo latino hace un siglo, cuyo mayor canal de transmisión es la emigración. Este cambio nace con la secularización de las costumbres, el descubrimiento del individuo y la sociedad de consumo, y el desafío de la laicidad, factores que socavan su mundo y lo obliga a definiciones. Esto desencadena la guerra dentro del islam y, en consecuencia, contra la civilización europea, en la que hoy el fundamentalismo islámico ve –como el fundamentalismo católico ayer– el dominio de la inmoralidad y la causa de la erosión de la sociedad basada en preceptos religiosos. Esta reacción produce efectos en cadena, al alimentar el rechazo contra la inmigración islámica, por la dificultad de integrarla a un mundo ampliamente secularizado.

Para terminar: Europa tiene enormes flaquezas, como se vio. Hay algo, sin embargo, que sus críticos más feroces suelen callar: las responsabilidades de los países de origen de los migrantes. Cincuenta o más años han pasado desde la descolonización y muy raros son los casos de éxito de las élites políticas poscoloniales. Varias de ellas han gozado de fuertes ingresos, especialmente durante la última década, pero su capacidad de establecer instituciones sólidas, honestidad administrativa e inclusión social ha sido nula. En su mayoría, han creado feudos patrimoniales al servicio del jefe y de su clan, basados en la arbitrariedad, el clientelismo y la corrupción. Su producto han sido la miseria y la emigración.

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