Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Repensar el museo. ¿Cómo serán las muestras del futuro?

La mayor experta en este ámbito propone usar el espacio de otra forma: discotecas o picnics en los jardines, son algunas de las opciones

Sábado 19 de septiembre de 2015
SEGUIR
PARA LA NACION
0

La palabra "museo" a menudo carga un estigma negativo: remite a algo viejo, anticuado, elitista, "victoriano" y hasta aburrido. Todo lo contrario que los conceptos de "innovación" o "creatividad". "Lo peor es que muchos responsables de políticas de museos no hacen nada por acercar ambos mundos", cuenta la estadounidense Mar Dixon, una de las mayores expertas globales en tecnología de la información y museos. "Las adaptaciones demoran siglos. Las primeras aplicaciones para celulares de exhibiciones aparecieron cinco o seis años después de estar disponibles a nivel tecnológico, y la realidad es que apestan en su mayoría, nadie las quiere usar", ejemplifica.

Dixon habla con desparpajo mientras toma una copa de vino en el bar del Malba. Llegó la semana pasada para participar del encuentro "El museo reimaginado", que se llevó a cabo en La Usina del Arte. Es una outsider total en este rubro a veces formal y conservador, y mantiene un blog muy popular donde se la pasa provocando y criticando sin filtro a políticas que, según ella, la mayor parte de las veces no tienen en cuenta a la comunidad. Si las redes sociales cambiaron todo, ¿cómo no van a cambiar a los museos?, se pregunta la propulsora de iniciativas que se convirtieron en tendencias mundiales, como #MuseumSelfie, #AskACurator, #MuseumWeek y #LoveTheatre.

"Los museos son bienes públicos que a menudo están sub-utilizados. Sus directores deben tener en cuenta que la comunidad viene primero, deben abrirse. Permitir que a la noche los jóvenes de una ciudad lo usen como discoteca, o que un domingo sus jardines permitan pasar un día de campo. Es esa una reconciliación necesaria que va a hacer que el futuro los museos tengan más defensores que detractores", cuenta a La Nación.

Hasta principios de la década pasada, Dixon era una programadora y asesora en tecnología que vivía en Nueva Jersey, Estados Unidos. Cuando se mudó a Londres se dedicó varias semanas a visitar museos y le llamó la atención la poca gente que había en lugares que son, por lo general, gratuitos, o que cobran una entrada muy barata. "Si en un período recesivo, un lugar público, bien ubicado, con entrada casi gratis, está vacío, es que algo debe mejorar", pensó.

Se puso a estudiar el tema en profundidad y se volvió una autoridad en la materia, que hoy da conferencias por todo el mundo. Su primera aproximación, por deformación profesional, consistió en amigar las nuevas tecnologías con la experiencia en un museo. "El atraso es enorme, muchos chicos llegan y lo primero que ven es una pantalla que no es touch, y ya se desilusionan de entrada", dice. Mientras que todos podemos actualizar las aplicaciones del celular en forma instantánea con conexión a Internet, los "upgrades" tecnológicos de los museos se concretan luego de procesos decisorios burocráticos y tardan años luego en renovarse.

Dixon es fanática de las redes sociales, lleva sus lentes Google a todos lados y, en su primera visita a la Argentina, "periscopea" (transite en vivo a sus seguidores) desde los museos locales que recorre. "Están muy bien, veo en Buenos Aires un buen equilibrio entre muestras locales e internacionales; este balance es importante para atraer tanto visitantes que viven en la ciudad como turistas extranjeros", comenta la especialista que vino a hablar en el evento que co-organizaron la American Alliance Museum y la Fundación Teoría y Práctica de las Artes.

-¿No hay riesgo de que los avances en realidad virtual terminen reemplazando al experiencia de asistir a un museo en forma presencial?-, preguntó La Nación.

-Soy escéptica con esa posibilidad, por ahora la interacción de muestras de museos con Occulus Rift u otros dispositivos de realidad virtual no han funcionado a nivel masivo-responde la experta-. La gente va a los museos como parte de una experiencia mayor: salir, viajar, conocer ámbitos nuevos. Lo que sí, los curadores deben entender que ya no tienen el monopolio de la interpretación de lo que se expone dentro de un edificio: hoy la gente puede elegir obviar la visita oficial guiada (con los auriculares) y manejarse con su propia guía bajada del celular. Eso es bastante disruptivo."

La palabra "experiencia" es clave en el vocabulario de Dixon. Hoy los visitantes de un museo buscan sensaciones, y no ver un objeto en particular. Por eso el "story telling" (el relato) de las muestras es tan poderoso y central, más allá de lo que se esté exhibiendo. La capacidad de contar de una manera entretenida requiere que las muestras más exitosas surjan de equipos multidisciplinarios, con diseñadores de experiencias, expertos en tecnología, psicólogos y otras profesiones, y no sólo curadores tradicionales.

La bloguera tiene una hija de 13 años que tres años atrás dejó de ir a museos porque le parecían profundamente aburridos, y hasta depresivos. "No hay nada que me interese allí", le dijo a su madre, que de inmediato advirtió un problema grave que tiene este segmento: abundan las propuestas para chicos y para adultos, pero los adolescentes a menudo se quedan afuera. "Es muy importante seducir a los visitantes de entre 13 y 19 años, porque ellos serán mañana los que tomen decisiones presupuestarias para este tipo de instituciones."

¿Qué se puede hacer al respecto? La estadounidense menciona varias recetas exitosas. Los museos Tate y Manchester, en Inglaterra, incorporaron directorios de adolescentes para generar iniciativas que los relacionen mejor con este target. Otros museos capacitaron a sus guardias para que dejen de mirar a los jóvenes como si fueran sospechosos que se van a robar algo. Y, por sobre todas las cosas, Dixon recomienda desterrar definitivamente los cuadernos y anotadores. "Las escuelas, cuando establecen un día para ir al museo, obligan a los alumnos a llevar un anotador para que registren lo que aprendieron. Es algo horrible, deberían estar contentos si se divierten y pasan un buen rato. Pero en lugar de ellos dan un meta-mensaje nefasto: 'es un día para pavear, y para moderar esta pérdida anotá todo lo que veas".

A veces, destaca, no llevar anotador ni cámara es la mejor manera de obligarse a "estar presente" en una recorrida por una muestra, a disfrutarla más. "Recuerdo que en la entrada del Slone Museum, en Londres, me puse furiosa porque no podía entrar con mi cámara, y por lo tanto no iba a poder compartir el momento en redes sociales, y cuando salí me dí cuenta de que lo había disfrutado el doble, porque no tenía nada para distraerme".

Los problemas de relacionamiento de los muesos con el público no se limitan a los adolescentes. El Museo de arte de Indianapolis creó un cargo bien remunerado para una persona que se dedica específicamente a generar innovaciones disruptivas en la relación del museo con la comunidad. "Establecieron algunos fines de semana para día de camping, por ejemplo. Y aumentaron sensiblemente la concurrencia, aunque no es una institución gratuita, sino que cobra ocho dólares la entrada", destaca. Otro de los museos favoritos -por su política de innovación- es el Politécnico de Moscú, de ciencia y exploración espacial: "Todo el tiempo están probando cosas nuevas, de vanguardia. Es mejor equivocarse y pedir disculpas que andar pidiendo permiso todo el tiempo y que nada avance".

La innovación muchas veces llega de la mano de procesos y de observaciones que luego parecen obvias, y que no tienen que ver con tecnología o con gastos onerosos. Dixon cuenta el éxito que tuvo una medida del Museo de Ciencias de Londres para incluir a las familias de chicos con autismo en sus muestras. "Es una comunidad de cientos de miles de personas que los fines de semana no tiene una oferta digna de esparcimiento, porque los chicos y chicas con TGD -Trastorno Generalizado de Desarrollo- sufren de hipersensibilidad sensorial y se sienten incómodos en espacios con mucha gente, ruido y estímulos visuales", cuenta. El museo resolvió abrir una hora antes varios días al año, con un cuidado por evitar ruidos estridentes, con luces más suaves, sin aglomeraciones y con espacios adecuados luego para comer un refrigerio. "El éxito fue total, y ganás una comunidad de cientos de miles de personas agradecidas que se vuelven fans del museo. Es una innovación de procesos. No cuesta nada hacerlo aquí -Dixon señala el lobby del Malba-Y el beneficio para la comunidad es enorme".

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas