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Con el régimen de los Castro, un equilibrio demasiado prudente

Martes 22 de septiembre de 2015
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PARA LA NACION
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BOLONIA.- En la Plaza de la Revolución de La Habana no resonaron en estos días las palabras que la hicieron estremecer hace 17 años: "No tengan miedo", tronó entonces Juan Pablo II; "libertad, libertad", respondió parte de la multitud. Un poco porque la policía lo impidió, con sus habituales redadas contra los disidentes, y un poco porque Bergoglio no es Wojtyla.

Para el papa argentino, el comunismo no es la Hidra que sofocó el catolicismo y la soberanía de Polonia; para él, son evidentes sus afinidades con la doctrina cristiana, y con esas afinidades cuenta para devolver el castrismo a las raíces del cristianismo latinoamericano.

¿Acaso el régimen cubano no se alimenta del mismo antiliberalismo visceral que anima a Francisco? De manera que el Papa no desea quebrarlo, sino redimirlo. Al respecto, sus palabras fueron coherentes: "Hay una forma de ejercer el servicio que tiene como interés beneficiar a los míos, en nombre de lo nuestro. Ese servicio siempre deja a los tuyos por fuera, generando una dinámica de exclusión". Palabras no demasiado claras, pero que apuntan al anacronismo de un régimen que pretende ejercer el monopolio del poder y del patriotismo.

Al mismo tiempo, sin embargo, Francisco invitó a no caer en "proyectos que puedan resultar seductores, pero que se desentienden del rostro del que está a su lado": palabras dirigidas a prevenir la transición de Cuba hacia la "sociedad del consumo". Aunque suene a paradoja que el Papa aproveche su visita a Cuba, donde la gestión económica da escalofríos, para criticar la "cultura del descarte" en Europa, o para condenar el "individualismo", como si en Cuba el problema no fuera que el individuo ha sido sometido por décadas a la colectividad.

Éstas son las coordenadas entre las cuales se mueve Bergoglio, cuyo sueño parece ser, para decirlo de alguna manera, "peronizar" el castrismo, llevarlo al cauce nacional y popular, es decir católico, en que él ve reflejada la identidad eterna de América latina, de su "pueblo". Para lograrlo, hay que depurarlo de su cáscara marxista e impedir a toda costa la "contaminación" de Cuba por el "virus" secular, el Demonio de nuestra época.

A esto se debe el prudente equilibrismo de Bergoglio en Cuba: por un lado, su implícito apoyo a la transición, pero sin moverles demasiado el piso a los Castro con incómodas y explícitas reivindicaciones del Estado de Derecho, la democracia política, las libertades civiles, los derechos humanos. Y balanceándolo, por otro lado, con el también implícito reconocimiento de los logros del régimen en materia de protección social; logros más míticos que reales, pero que el gobierno cubano suele magnificar para legitimarse por encima de sus desastres económicos y de su poder totalitario.

Es casi cierto que Francisco conseguirá más de lo que en su día consiguió Juan Pablo II, cuya visita fue seguida por una etapa de frustración en la Iglesia. Hoy todo es diferente. El hecho es que el sistema está en apnea: la economía no levanta vuelo, el socio venezolano está colapsando, el "hombre nuevo" nunca nació, la corrupción es rampante, el igualitarismo una farsa y los jóvenes tratan de escaparse. Hasta el deshielo con Estados Unidos, un alivio para las arcas del régimen, lo hace temblar.

Desvanecida la excusa del enemigo a las puertas, es cada día más probable que un número creciente de cubanos se libere del temor al Estado policial, a los "actos de repudio" en típico estilo fascista, a un destino sometido al Estado en cada aspecto: casa, trabajo, carrera, viajes, coche, alimentos, información, todo.

Si es así, la mano tendida de Francisco puede ser el salvavidas para el régimen. Para los Castro, después de todo, se trataría de volver al punto de donde proceden, a las enseñanzas jesuitas de su juventud, a la tradición católica y antiliberal de la "Patria Grande" latinoamericana.

Cuba transitaría así del confesionalismo castrista al nacional-catolicismo evitando el "contagio" liberal y los pecados que tanto Castro como Bergoglio le achacan: individualismo, egoísmo, hedonismo. De espejo del fracaso, su pobreza se transformaría en virtud.

Todo esto tiene un precio para el régimen. Y el precio de la política de Bergoglio es que el gobierno adopte un camino rápido hacia la plena libertad religiosa, y permita a la Iglesia volver a desarrollar las funciones que en 1959 les fueron sustraídas. La Iglesia volvería así a la escuela, a las obras sociales, a los medios de comunicación y así sucesivamente. Más que la libertad de los cubanos, la prioridad del Papa es la libertad de la Iglesia, en la creencia de que las dos son inseparables, que América latina está unida por el catolicismo y que a partir de esa unidad debe combatir la descristianización, canalizada por el eterno enemigo: el liberalismo. La laicidad no está contemplada. Al igual que Castro, Bergoglio es hijo de esta antigua tradición fundamentalista.

La historia, sin embargo, sigue rutas imprevisibles. La Cuba de hoy ya no es la misma adonde viajó Wojtyla. Fidel ha dejado la escena con su inmenso carisma. Los jóvenes piden nuevas oportunidades y el aislamiento que tanto sirvió para consolidar el poder de los Castro hace ahora agua por todos lados. Por no hablar de la pobreza cada vez más insufrible. Ahora que incluso no se oye más el gruñido de Estados Unidos a las puertas, muchos se preguntan qué sentido tiene este régimen.

Puede así ocurrir que Bergoglio resulte, sin quererlo, más desestabilizador para Castro de lo que fue Wojtyla, que deseaba serlo más.

El consenso de que goza el régimen está muy debilitado desde hace muchísimo tiempo, a pesar de su poderoso aparato de control y propaganda. Quizá se acerque el momento en que el miedo deje paso a la esperanza y al anhelado cambio.

El autor es profesor de historia en la Universidad de Bolonia

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