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Participar de una "cena emocional" creada por artistas

Invitada a esta especie de happening, una cronista se animó a jugar con las conexiones entre lo que se ve, se escucha, se toca, se huele y claro..., se degusta

Sábado 03 de octubre de 2015
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PARA LA NACION
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Foto: LA NACION

La invitación por mail da intriga, pero también inquieta un poco: promete un combinado de experiencias sensoriales, habla de una artista china, de cuatro estaciones gastronómico-performáticas, de posibles relaciones transmodales entre sabor, música, aromas e imagen. La releo desde mi celular, a punto de arrancar el auto para partir hacia el Museo de la Universidad de Tres de Febrero, sede Tecnópolis, y ensayo un último brainstorming para hacerme una idea acerca de lo que estoy a punto de vivir. Pero no, me resulta imposible imaginar bien de qué se trata.

Por suerte, a veces, la vida y la oferta cultural de Buenos Aires nos sorprenden para bien: si en muchos casos los anuncios de eventos experimentales resultan mucho más interesantes que los eventos en sí, esta vez las rimbombantes palabras de la invitación van a encontrar algún asidero en los sucesos. La Cena Emocional a la que fui invitada, este evento que una serie de músicos argentinos organizó impulsado por la visita de Janice Wang a Buenos Aires, será toda una experiencia que, durante poco menos de una hora, permitirá a los agasajados jugar con las conexiones entre lo que ven, escuchan, tocan, huelen y degustan para darle lugar, finalmente, a la exploración de lo que sienten.

Pero vamos por partes. ¿Quién se supone que es esta chica Janice Wang? Integrante del Media Lab del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, una de las universidades más innovadoras en temas de ciencia y tecnología a nivel mundial), esta artista e investigadora se especializa en la cultura de la comida y estudia, ante todo, las vinculaciones intermodales entre los sonidos y el sabor. "Me interesa aprender cómo las distintas culturas moldean la manera en que las personas comen, conocer distintas experiencias gastronómicas y utilizar la psicología cognitiva para mejorarlas", se presenta en el sitio del MIT. La cuestión que la obsesiona: cómo los estímulos auditivos pueden modificar la percepción sobre lo que tomamos y comemos.

Entusiasta creadora de instalaciones y happenings en los que pone sus conocimientos al servicio del arte, Wang aprovechó su paso por Buenos Aires para trabajar en una experiencia artística para unos pocos -y afortunados- porteños: junto a Bruno Mesz (pianista, clarinetista y matemático) y María Ceña (bailarina y coreógrafa) diseñó para el Muntref una performance compuesta por cuatro estaciones para rastrear, como en un menú por pasos, sobre emociones como la alegría, la ira y la melancolía.

Acá estamos reunidos, entonces, los treinta y pocos hombres y mujeres que participaremos de la primera entre las únicas dos funciones que tendrá esta performance. Una cantante lírica y un pianista nos reciben en el salón de recepción del museo, mientras un grupo de asistentes reparte papelitos rociados de un perfume que podría ser de mujer o de ambiente, no distingo bien. ¿Canela? ¿Clavo de olor? ¿Cardamomo, violetas o algo más frutal, tal vez? Algunos, los inseguros de siempre, nos miramos curiosa y disimuladamente como para entender qué es lo que tendríamos que estar haciendo con esta información. Aunque la pregunta de fondo pasa, más bien, por otro lado: ¿qué se supone que deberíamos estar sintiendo?

Otros, más relajados, se sientan en los cubos blancos o en el piso y se disponen a escuchar. Los asistentes vienen nuevamente a nosotros y dan el visto bueno para que nos sirvamos el arroz con leche que, en cuencos chiquitos, está esperando por nosotros a pocos centímetros del show musical. La revelación nos entusiasma: el postre tiene gusto a flores. ¿Lo tiene de verdad o así lo sentimos nosotros, que ya empezamos a tener la percepción distorsionada por tanto estímulo sensorial? La cantante lírica cierra el tema y nosotros aplaudimos con las bocas dulces.

El clima cambia radicalmente cuando nos invitan a girar hacia atrás para dar comienzo a la segunda intervención, que se estaba armando detrás nuestro: las luces de color intenso y una percusión enérgica convocan a salir del estado de ensoñación para entrar en una sintonía casi opuesta. La circunstancia pide, ahora, ojos abiertos y sentidos bien atentos. De a poco, los invitados se animan a probar el bocadillo que acompaña este trayecto: pinchados sobre las espinas de dos cactos inmensos, los panes tostados y condimentados con rabia tiñen las bocas de un estado nuevo. El maridaje es perfecto; esta música pedía picante.

Algo se descomprime cuando finaliza la escena, porque la guardia mental empieza a caer: queda claro que la premisa para disfrutar de la performance pasa por dejar de pensar tanto y dejarse llevar más. En definitiva se trata -ni más ni menos- de sumar a la experiencia artístico-estética componentes nuevos, incluir a la puesta el gusto y el olfato; combinar sabores, olores, texturas y gustos para que la inmersión en la escena propuesta sea total. Todos los sentidos están interpelados en la escenificación de Mesz y Wang. No estamos obligados a comer, ni a oler ni a tocar, pero cuantos más sentidos sumamos, la inmersión se agudiza y la escena cobra mayor interés: lo que al principio genera alguna resistencia se alquimiza casi de inmediato en una entrega absoluta. Y entonces sí comienza un viaje onírico que involucra cada rincón de nuestra percepción. Un viaje como el de Alicia, pero sin pociones ni drogas. La tercera parada es todavía más introspectiva que la primera: se escucha el viento, hay olor azul, si tal cosa existe, y una bailarina o nadadora se pone a danzar en el centro de un círculo formado por peceras llenas de agua muy fría. Lo sé porque acabo de meter la mano para atrapar un arándano de los muchos que están flotando por ahí. La frutita estalla en mi boca, ácida, mientras la campeona de nado en el aire sigue con lo suyo. ¿Está escapando de algo? Hay algo bastante ominoso en su coreografía.

En auge durante los últimos años, los estudios sobre la percepción inter- o transmodal investigan la vinculación y coordinación de nuestros cinco sentidos: ¿vemos distinto cuando olemos una fragancia muy fuerte? ¿Se modifica algo en nuestra manera de escuchar si estamos comiendo algo dulce o algo salado? O a la inversa, ¿es capaz de distorsionarse nuestro gusto si escuchamos música clásica o rock? Aunque no seamos sinestésicos, esa curiosa capacidad de oír colores o ver sonidos, todos tenemos la capacidad de construir correspondencias entre colores, sonidos, olores y sabores, y de modificar nuestra percepción sensorial ante distintos estímulos, sólo que rara vez nos damos cuenta.

La cuarta y última estación propone un final bien arriba, como es debido. Las luces cálidas y el aroma a naranjas invaden todo el espacio. Nunca, hasta hoy, la polisemia de la palabra naranja había tenido tanto sentido para mí. Cuando la música de los tambores invita a bailar, los primeros invitados nos animamos a ir por las copas de champagne. Ya estamos un poco más preparados, pero la sensación es sorprendente igual: sí, por supuesto, el brindis sabe a cítricos. La condensación del naranja, finalmente, tiene un poco de gusto a alcohol y fiesta.

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