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Correr con 10.000 chicas. Y con Marita Peralta

Foto: Fotos de Guía Km Zero, Leo Zavattaro y McDonald''s
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LA NACION
Domingo 18 de octubre de 2015 • 13:22
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"Vos sonreí. Sonreí toda la carrera".

El consejo de la enorme Marita Peralta nada tenía que ver con una cuestión de géneros, de hombres y mujeres, de machismo y feminismo. Es cierto que mi pregunta había sido cómo correr como único varón entre 10000 chicas, incluida ella, pero también es cierto que su respuesta fue más allá, mucho más allá, de esa inédita circunstancia. Marita me contestó lo mismo que me hubiera dicho una semana antes, si le consultaba por lo mismo antes de correr la Maratón de Chicago. Al fin y al cabo, con una sonrisa en su cara ella consiguió, no hace mucho, su clasificación para los Juegos Olímpicos de Río, nada menos que en la maratón de Berlin.

"Vos sonreí. Sonreí toda la carrera", repitió, como si estuviera guionado, ya minutos antes de largar los 5K de MCDonalds, la tradicional carrera de las chicas, esta vez con un infiltrado, vestido de celeste en medio de esa maravillosa marea rosa que ya nos escuchaba, lista para largar mientras charlábamos sobre el escenario.

Una experiencia que, al menos antes de empezar, me ponía más nervioso que cualquiera de las cinco maratones ya corridas, y que se hacía por primera vez desde que esta carrera se lleva adelante y por única vez entre todas las carreras que se hacen al mismo tiempo en varias ciudades de América latina.

Nunca en la vida me habían corrido 10.000 chicas, sólo era cuestión de disfrutar.

Foto: Fotos de Guía Km Zero, Leo Zavattaro y McDonald''s

Y no habló sólo Marita antes de largar. También lo hizo la judoca Paula Pareto, la que hizo llorar a todos cuando se consagró campeona del mundo hace poco; las chicas del beach vóley, Georgina Klug y Ana Gallay, las que le pusieron color argentino a ese deporte tan brasileño; Maripi Hernández, histórica integrante de esas Leonas que llevan el espíritu olímpico a todas partes; y Nora Vega, la legendaria patinadora marplatense, que supo de aplausos similares a los que recibieron ahora, subidas sobre un escenario y vestidas con la clásica remera rosa de la carrera, allá por 1995, durante los inolvidables Panamericanos de Mar del Plata.

Algo mágico hay en la conexión entre esa multitud que se siente atleta por un día y estas atletas que lo son toda la vida, en general gracias a un sacrificio personal que las hace encarnar lo más sublime del espíritu deportivo.

De eso me habla Marita, apenas después de la largada, en una estampida que es energía pura, debajo de los majestuosos edificios de Puerto Madero. "No puedo creer que me reconozcan tanto, no lo puedo creer", dice, por supuesto con una sonrisa iluminándole la cara y, por supuesto también, sin agitarse ni un poquito con ese 4'21 que le impone al primer kilómetro, más para acompañarme que para competir, en medio de tantas mujeres.

Al costado, Nora nos alienta sobre sus patines y, detrás, Maripino nos pierde pisada. Alrededor, los gritos de aliento del resto de las corredoras no se hacen esperar.

"¡Grande, Marita!", le grita una que aceleró sólo para alcanzarla por unos metros y decirle eso. "¡Graciasssssss!", le responde ella; primero, mecánicamente; pero después, al girar la cabeza y mirarla. "¡¡¡Te conozco de Féisbuuuuuuk!!!", le grita.

"Le reconocí la carita", me aclara, después de pasar el kilómetro 2 a. "¿A cuánto vamos?", me pregunta, sin la más mínima alteración en su voz ni en su sonrisa. "A 4'16", le respondo como puedo, mientras Marita vuelve a estar pendiente de las demás, disfrutando cada paso por compartido con todas ellas. "Es impresionante, qué lindo que tantas mujeres se prendan a correr, qué lindo.".

Se siente la energía, es cierto. Es diferente. La actividad deportiva más democrática del mundo, la que integra a todos, vuelve a mostrar su mejor cara.

Allá adelante van Emilse Frencia (que finalmente ganará, con 18m25s) y Karina Fuentealba (segunda, con 18m45s). Detrás viene una multitud. "Quiero un retome, quiero verlas de frente", dice Marita, y al paso del kilómetro 3, ya a 4'30, esperándome, me chicanea: "Preparate, porque tenemos que hacer un progresivo. ¿Qué son 2 kilómetros más? Nada, un calentamiento".

Foto: Fotos de Guía Km Zero, Leo Zavattaro y McDonald''s

Y vuelve a reírse, más todavía, cuando al girar ve, por fin, en la otra mano, a las miles de chicas que vienen detrás. "Qué lindo", vuelve a repetir, como vuelve a escuchar, por enésima vez, "¡Genia, Marita!". No puede creer que la reconozcan tanto. Mamá como muchas de las que corren, ha hecho un enorme sacrificio para llegar hasta donde llegó, para ser la Mamá de las Maratones, y allí está recibiendo todo el afecto.

Maripi no pierde el ritmo y al paso recibe por celular noticias sobre el resultado de su equipo, que está jugando un partido importante. Nora acompaña con sus patines y recuerda los gloriosos tiempos de las pistas. Ana y Georgina, más acostumbradas a la arena que al asfalto, hacen la suya. Y Paulita viene con amigas, más atrás. Todas, todas ganan.

Pasamos el kilómetro 4 en 4'29 y es allí donde Marita, sin agitarse todavía, sin transpirar, siempre sonriente, lanza la frase cuchillo: "Vamos, que falta sólo un kilómetro, nada. No quiero escuchar, después de la llegada, 'me quedó un poco.' Hay que dejarlo todo".

Ya se escucha la música, ya se ve el arco rosa, ya se escuchan los gritos. El reloj marca 4'21 para el último kilómetro, hasta totalizar 22m19, pero no es lo que importa.

Importan las sonrisas. Las de todas; la de las atletas olímpicas que se sienten reconocidas; la de Marita Peralta que se siente orgullosa por tanto cariño.

Ellas sí sonrieron. Sonrieron toda la carrera.

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