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Hacia el siglo XXII, la ciencia va en avión y el humanismo a pie

Jueves 22 de octubre de 2015

Quizás haya nacido, en algún lugar del Japón, la niña que en el siglo XXII batirá la marca de longevidad de Jeanne Calment, francesa que murió en 1997, a los 122 años. La hazaña, si así puede llamársela, de la señora Calment no impresionaría demasiado si se la comparara con los 969 años que el libro del Génesis atribuye al patriarca Matusalén, abuelo de Noé, haber alcanzado.

Los científicos, como diría Belisario Betancur, el ex presidente conservador de Colombia, son tan escépticos que si llegan a desmayarse "después no vuelven en sí; vuelven en no". Por eso son más que cautelosos con las cuestiones antediluvianas del Antiguo Testamento y sólo pisan el terreno firme de las comprobaciones fehacientemente documentadas. Es el caso de la asombrosa trayectoria de la vecina de Van Gogh, en Arlés.

Nadie se ganó tanta atención en el Foro Iberoamérica, la concertación de políticos, intelectuales y empresarios que se reunió aquí por dos días para debatir sobre la evolución de nuestras sociedades en la era digital, que el doctor Carlos López Otín, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo, España. Y se comprende: por la especificidad de sus materias, Otín se encuentra en el centro de lo que él prefiere llamar la era genómica, una revolución en la que vuelven a plantearse las preguntas de qué es la enfermedad, qué son la vida y la muerte. Tiempos en que se amplía la disposición de elementos para reprogramar algunas, entre las decenas de billones de células del cuerpo humano, e ir resolviendo, con inversiones de no más de 10.000 millones de dólares -según se calculó aquí-, los efectos de muchas de las 6000 enfermedades hereditarias que pueden afligir tanto a dos como a miles de personas.

¿Quién decidirá, y hasta dónde, los embargos que por razones éticas deban demorar la aplicación práctica de las investigaciones científicas? Hoy, la ciencia va por autopistas; el humanismo, por bicisendas.

Japón es el país con el mayor promedio de edad del planeta. La edad media de vida de las mujeres es de 86 años, cinco años más que la de los hombres, como en los demás países. De modo que resultaba lógico conjeturar que la marca de la señora Calment sea batida en Japón y por otra mujer; por añadidura, por alguien que a esta altura haya nacido, pues los progresos de la ciencia médica han volado en la última década y potenciado las posibilidades de sobrevida.

Un científico argentino, Guillermo Jaim Etcheverry, ex rector de la UBA, dijo que si se aplicara todo lo que se sabe, la revolución sería aún más profunda sobre las tendencias sociales. La era digital ha acarreado una revolución en la democratización de la información y los pacientes ejercen así una presión enorme sobre los médicos y los sistemas asistenciales, dijo Jaim Etcheverry.

Un paciente informado no es necesariamente un paciente bien informado. El exceso de información, como en todos los órdenes, confunde si no hay capacidad para interpretar los datos. Información y conocimiento no son sinónimos. En palabras del profesor López Otín, la variación de diseño entre el organismo de un hombre y el de un chimpancé es de no más del 2 por ciento, pero la diferencia radica en que a pesar de que ambos tenemos casi las mismas potencialidades, nosotros estamos en condiciones de interpretarlas y aprovecharlas de distinta forma, con más plasticidad.

Economistas partícipes del debate hicieron notar que en 1913 la edad promedio de la población mundial era de 39 años, pero ese índice ahora casi se duplica en muchas partes mientras nos seguimos jubilando, sin embargo, a los 65 años. ¿Hasta cuándo? "Así es imposible que las jóvenes generaciones tengan en el futuro fondos de pensión", alertó Guillermo de la Dehesa, que fue secretario de Estado en España, país en que la jubilación efectiva puede anticiparse incluso a los 62 años.

Más de un panelista propuso que, para salvar los sistemas de seguridad social, "los beneficios de la jubilación", como decían nuestros padres hasta que gobiernos populistas lo arruinaron todo, deberían postergarse hasta cumplir los 75 años. No hay Parlamento que aguante hoy iniciativas de ese tipo en un solo salto: las gentes se desgañitarían en protestas callejeras, por más que las propuestas vinieran acompañadas, como efectivamente se sugirió, de tres jornadas laborales por semana, cada una de cuatro horas. La era digital es la era de los servicios y hay quienes creen que esos cambios serán inevitables.

Los problemas se acrecientan por ese lado. El producto interno de los países aumentó 8,5 veces en el siglo XX, pero se ha ralentizado y las expectativas de crecimiento de la economía mundial, extrapoladas las estimaciones hechas hasta 2020 por el Fondo Monetario Internacional en 2012, empobrecido nada menos que respecto de los Estados Unidos, Europa, China, Brasil y Rusia. Alguien dijo que el FMI suele equivocarse en sus anticipos y otro contestó que aún más desacertadas son las cifras de los gobiernos, categoría de la que quedó afuera la Argentina: se hablaba de errores, no de dolo serial.

Además, el crecimiento poblacional se debilita, con excepción de la India, que a este paso en 2050 tendrá 1600 millones de habitantes, bien por encima de China. La contracara serán Japón, hoy con 130 millones de habitantes, y que en un siglo podría perder más de un tercio de su población y, con ello, relevancia como potencia mundial, y Europa, afectada por un estancamiento que podría neutralizarse, en medio de delicadas colisiones culturales, con las corrientes inmigratorias que buscan, por razones económicas, políticas y ahora hasta ambientales, mejores lugares en los cuales establecerse.

La población mundial envejece. Los mayores de 60 años, que hoy constituyen el 12 por ciento, serán el 22 por ciento en 2050. Se ha conjurado mucha pobreza en las últimas décadas, pero no ha ocurrido lo mismo con la desigualdad, dijo Felipe González, quien reintrodujo en los 80 a España en Europa. Eso plantea un problema de sostenibilidad del modelo de globalización. "La suma de los indignados -observó González- no hace un programa de gobierno."

La era digital es por definición más transparente que las anteriores, pero provoca también más descreimiento de las sociedades en la política si no se hallan soluciones a los males que las agobian. La corrupción es tema paradigmático. Corrupción hubo siempre, pero nunca tan sistémica y de difusión abrumadora por los medios tradicionales y las redes sociales. Las sociedades reaccionan cuando la corrupción se manifiesta en contextos que permiten interpretarla como funcional al empobrecimiento general. Es el caso de Brasil, donde la presidenta Dilma Rousseff tiene una de las imágenes más bajas de la historia reciente. Surgen así héroes populares: el juez Moro y nueve fiscales intachables, que tienen a su gobierno y a influyentes empresarios contra las cuerdas. El ex presidente Fernando Henrique Cardoso dice que la limpieza irá más lejos aún.

En otros países, como la Argentina, los anabólicos al consumo, el déficit fiscal deliberado y el gasto público sin miramiento alguno sobre las consecuencias para el porvenir a mediano plazo postergan las reacciones populares. No es que las sociedades sean más cínicas unas que las otras; son humanas, simplemente. Pero tanto en Barcelona como en el coloquio anual de IDEA en Mar del Plata una coincidencia generalizada ha sido que quienquiera triunfe en las elecciones inminentes habrá cambios en la Argentina. "Por lo menos en los modos, que no es poco", dijo uno de los oradores después de haber escuchado a Ricardo Lagos, el ex presidente chileno, afirmar que cultura es aceptación del otro, es escuchar y aprender, es ejercicio del sentido común inherente a la democracia y la república.

Aún en medio de los procesos más dinámicos y colectivos, como el de la era digital, siempre será un valor eficiente la virtud individual. Emular los mejores ejemplos, no los peores, a fin de conferir sustentabilidad a las oportunidades personales que se abren. Hay testimonios de que Jeanne Calment fumaba dos cigarrillos por día hasta años antes de su muerte, pero nadie se tomaría en serio que la razón de su longevidad afincaba más en eso que en la serenidad de su larga existencia y al hábito inveterado de impregnar las comidas con aceite de oliva.

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