Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La educación aún no garantiza la igualdad de oportunidades

Los principales candidatos presidenciales pertenecen a las clases medias o altas y asistieron a colegios privados o públicos de elite, una muestra de que estamos lejos de la sociedad meritocrática de la que alguna vez nos jactamos

Viernes 23 de octubre de 2015
0

¿Por qué Lula no llegó todavía a ser presidente de la Argentina? Cuando digo "Lula" me refiero en realidad al perfil que encarna el ex presidente de Brasil: un niño pobrísimo, hijo de padres analfabetos, criado en una villa miseria, obligado a trabajar desde chico de lustrabotas, que pese a las inclemencias del destino y a que ninguno de los datos de su biografía infantil permitiría imaginar un ascenso exitoso en la escala social, un día se convierte en presidente de una república.

Una educación inclusiva y de valor agregado fue clave en ese destino. Es cierto, Lula tuvo que dejar la primaria en quinto grado. Sin embargo, fue su educación como tornero y el título de técnico que obtuvo a los 14 años en el sistema de formación industrial la llave con la que abrió la primera puerta hacia una movilidad social que daría sus frutos. Con esa educación entró al sector metalúrgico y encontró su lugar en la militancia sindical. Lo que siguió ya es historia.

Lo que pasó en Brasil con Lula da Silva no ha pasado todavía en la historia de la Argentina democrática. Los argentinos añoramos con melancolía un pasado educativo meritocrático de gloria, en el que cada chico con sanas ambiciones educativas, a fuerza de sus propios méritos escolares, por más pobre que fuera, habría tenido una igualdad de oportunidades para hacer de sí mismo lo que quisiera, incluso presidente de la república. Pero esa idea en realidad es falsa.

Los presidentes argentinos, por lo menos desde la ley Sáenz Peña en adelante, no fueron pobres. Nacieron en hogares donde el horizonte social y educativo era más o menos prometedor y recibieron educaciones secundarias que estuvieron restringidas, durante más de un siglo, a las capas medias y a la alta burguesía. A las elites. La educación secundaria, desde el vamos, fue pensada en la Argentina para separar a las clases dirigentes de las masas.

En el presente, la tendencia se confirma. Los candidatos presidenciales en estas elecciones son miembros de las clases medias para arriba. Ninguno tiene una historia de mérito educativo esforzado, labrada para sobreponerse a los sinsabores del destino, sobre el que haya construido su camino de ascenso. A todos ellos las posiciones sociales de influencia les estaban más o menos prometidas, y aseguradas en algunos casos, desde la cuna.

Esto es evidente en el caso de Mauricio Macri, que fue al colegio Cardenal Newman en primaria y secundaria, un colegio bilingüe de elite, de alta gama, donde se consolida un grupo social bien surtido en lo económico y en influencias. Pero lo es también en el caso de Daniel Scioli, aunque con otros componentes.

La puerta de entrada del niño Scioli al mundo de las oportunidades estuvo fijada por los esfuerzos de su abuelo, primero, y luego de su padre, que consolidaron su condición de burguesía exitosa dedicada al comercio. La secundaria pública de elite intelectual a la que fue Scioli, el colegio Carlos Pellegrini, dependiente de la UBA, con examen de ingreso y de alta exigencia, no hizo más que reforzar un privilegio que venía desde la cuna.

En cualquiera de los dos casos, esos colegios de elite aseguraron desde el vamos un acceso a oportunidades impensadas hoy para el chico pobre que reparte estampitas en el subte. El pequeño Lula argentino sigue sin suerte.

La escuela privada católica de clase media de la que egresó Sergio Massa, el Instituto Agustiniano, en San Andrés, también confirma una disponibilidad de futuros con los que podía soñar ya desde su hogar, con un padre empresario de la construcción y una madre ama de casa.

La escuela parroquial de Morón, el Instituto Nuestra Señora del Buen Viaje, donde hizo la secundaria Margarita Stolbizer, permite la misma interpretación. Los padres de Stolbizer eran médicos: su padre fue ginecólogo; su madre, dermatóloga. Es decir, el valor educativo y la aspiración social estuvieron desde el arranque en el hogar familiar de la candidata progresista.

La biografía de Nicolás del Caño incluye secundaria en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano y el colegio Deán Funes, en Córdoba. Viene de un hogar donde las sofisticaciones de una formación de izquierda son parte de su horizonte cultural. Y Adolfo Rodríguez Saá superpuso a su prosapia familiar puntana el prestigio de su secundario en la Escuela Normal Superior Coronel Juan Pringles, dependiente de la Universidad de Cuyo. Con esa educación prestigió su posición de poder

Ni Perón, con su origen descastado de hijo natural y madre de raíces populares, puede asemejarse a Lula. Su abuelo paterno fue un médico porteño, de militancia mitrista, diputado y senador. Su padre estudió medicina, aunque luego abandonó. En secundaria, Perón entró al Colegio Nacional Politécnico, una escuela privada porteña. Empujado en la escalera social por su abuela paterna, bien surtida de contactos, ingresó al Colegio Militar, donde selló su pertenencia social.

Hasta aquí, los datos. ¿Pero qué conclusiones se pueden extraer en relación con la educación argentina y la movilidad social, la construcción de las elites gobernantes y la calidad democrática?

La primera, que es todo un síntoma de la baja calidad de nuestra democracia el hecho de que hasta el momento sean una rareza los hijos de la pobreza extrema que hayan traspasado el techo de chapa de su origen social vía la educación para llegar a altas posiciones de influencia.

Lo que está en juego es cómo se conquistan las posiciones de poder e influencia en la Argentina, en la política por ejemplo, pero también en ámbitos empresariales e intelectuales. Parece claro el peso relativo, escaso, que tiene el aparato educativo para deconstruir las posiciones de origen. En el país, la utopía de la igualdad de oportunidades educativas es todavía eso: una utopía.

Conviene aclararlo: no se trata de ensalzar la pobreza y el afán de trascenderla por sobre los méritos educativos de las clases medias y altas. Mi argumento es otro: es interesante que las elites sigan creyendo en el factor educativo como medio para consolidar poder. Falta comprender que mientras la educación y sus frutos sean un privilegio de los sectores mejor posicionados, no puede hablarse ni de meritocracia ni de igualdad de oportunidades.

Por otro lado, el autoengaño meritocrático de los dirigentes acerca de una supuesta Argentina que fue y ya no es los hace añorar un modelo selectivo de educación que está lejos de garantizar la movilidad social.

Esa perspectiva acarrea riesgos hacia el futuro. Desde 2006, la escuela secundaria es obligatoria en la Argentina. Los pobres deberían estar graduándose, pero sabemos que el 50% se queda en el camino. La pobreza de origen borra los intentos de inclusión.

Habrá que esperar varias generaciones para que los Lula de la Argentina logren hacerse un lugar en el mapa de la influencia política, empresarial, social e intelectual vía la educación. Y eso sólo sucederá si quienes gobiernen a partir de ahora entienden que la Argentina meritocrática es un sueño que nunca se alcanzó. Un autoengaño melancólico que confunde el mérito con los privilegios de origen.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas