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La vida secreta de la mente: los senderos ocultos del cerebro

El científico Mariano Sigman publicó un libro que no se sube a la moda del neuroboom y explora un costado más psicológico

Sábado 24 de octubre de 2015
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PARA LA NACION
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Sigman es uno de los investigadores más importantes del país
Sigman es uno de los investigadores más importantes del país. Foto: Alejandro López

"Yo me perdí la revolución sexual por dos meses", dijo una vez Woody Allen. El neurocientífico Mariano Sigman tuvo una sensación parecida con el proceso que vivió su disciplina mientras escribía La vida secreta de la mente (Debate): lo empezó hace más de tres años, antes del neuroboom, vio como el tema se convertía en motor de best sellers mientras él iba y venía con borradores de su libro y lo sacó recién este mes, con una tapa más sobria que la de sus predecesores, sin promesas de "claves para ser más creativos" ni las apelaciones directas al lector que se pusieron tan de moda en los textos de divulgación y autosuperación ("Te voy a contar una anécdota?.", "Dejame que te confiese algo?.", y así).

"Tuve la suerte de juntarme con un editor que me sugirió ser honesto con lo que escribía, fiel a mí mismo, y es lo que elegí para contar. Si no lo era, y además no vendía, me quedaba sin nada", se ríe. Pero este no es el único factor diferencial en La vida secreta?. con relación a otras obras del género.

El cerebro es el protagonista excluyente del libro, con capítulos sobre sus características en la infancia y adolescencia, la identidad, la toma de decisiones, la conciencia, la educación y su capacidad de transformarse. Sin embargo, el abordaje no es exclusivamente neurocientífico, sino multidisciplinario: Sigman recorre aportes del psicoanálisis, de la economía del comportamiento, de la filosofía y de otras disciplinas. Parte de la curiosidad y de la mente inquieta del autor, que trabajó en Nueva York con el Premio Nobel de Neurofisiología Torsten Wiesel, escribió sobre divulgación para varios medios y hace diez años volvió a fundar un laboratorio de neurociencias en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, en un subsuelo gris y mal iluminado, cuando el neuroboom aún no existía.

En la actualidad, Sigman investiga en la Universidad Di Tella. En la confitería Oui-Oui del campus Alcorta, mientras toma un licuado de frutilla y naranja, el académico conversa con la nacion sobre un protagonista raro de su relato para un libro de neurociencias: Sigmund Freud, a quien el autor aclara que "admira, pero no venera".

"Me gusta la metáfora que sugirió un amigo, de Freud como Cristóbal Colón: alguien que en su momento intuyó algo completamente disruptivo, tuvo la valentía y el coraje para llevarlo adelante contra toda la opinión de su época, pero cuando llegó pensó que era otro continente". El padre del psicoanálisis tiene errores, pero al contrario que la mayoría de sus colegas, Sigman prefiere rescatar sus aciertos y no regodearse con cinismo sobre sus equivocaciones: "Freud llegó hasta hipotetizar con éxito sobre el funcionamiento de las neuronas, y sabía de la importancia de la parte fisiológica del cerebro. Pero también era consciente de que en su época no había instrumentos para avanzar como los que tenemos hoy, y tomó un atajo con su teoría".

Un intercambio innovador

Este intercambio entre neurociencias y estudios de psicología habría sido impensado no muchos años atrás. Sigman rinde homenaje en su libro a Jacques Mehler, un argentino exiliado que se formó con Noam Chomsky en el MIT. De allí se dirigió a Oxford y luego a Francia, donde fundó la escuela de ciencias cognitivas en París. "Durante muchos años, a Jacques se lo recibía con bombos y platillos en todo el mundo menos en un lugar: la Argentina. Aquí se lo acusaba de reaccionario por pretender que el pensamiento humano tenía una fundación biológica". Por ese entonces, sugerir que "Freud fue el primer neurocientífico" habría sido una herejía.

Quince años atrás, el escritor estadounidense Tom Wolfe publicó El periodismo canalla y otros artículos, una compilación de ensayos sobre diversos temas. En una de las notas, Wolfe se entusiasmó con una rama científica que, a su entender, estaba destinada en el corto plazo a producir una revolución similar a la que las ideas darwinianas llevaron a fines del siglo XlX. El escritor vaticinaba que para 2010 -o sea, hace cinco años- "el universo digital parecerá insignificante comparado con un nuevo invento tecnológico que por el momento no es más que un tenue resplandor procedente de unos pocos hospitales. Se llama exploración cerebral por la imagen y consiste en una serie de técnicas que permiten observar el funcionamiento del cerebro humano en tiempo real".

Quince años después de aquel pronóstico del autor de La hoguera de las vanidades, los avances de las neurociencias fueron enormes, pero la sensación de que la explosión de este campo académico aún no llegó persiste. Sigman cree que en el corto plazo no se descubrirá una "teoría unificadora" sobre lo que sucede en el cerebro: "Y probablemente nunca suceda. Porque estamos frente a un campo tan complejo que tal vez podamos identificar algunas reglas generales, pero no principios básicos y comunes para todo el funcionamiento de la mente. Por eso los libros de física tienen 60 páginas y los de neurociencias tienen 1800: porque son una compilación de cientos de descubrimientos, pero sin una teoría que los unifique". No existe tal cosa como los "fundamentos de las neurociencias".

Esto no quita la posibilidad de que haya avances enormes, y de hecho los hay, "pero vienen más del lado de la medicina y de la computación; es más una fuerza bruta ingenieril, y no un aporte académico", explica. El Human Brain Project, que financian los países europeos y del cual Sigman forma parte, se despliega desde la premisa de que así como se pudo descifrar el genoma, algo parecido ocurrirá con el cerebro.

"No estoy tan seguro de que suceda esto, aunque sí seguiremos teniendo novedades increíbles", vaticina. "Hoy podemos hacer cosas que hasta hace poco parecían de ciencia ficción, como comunicarnos con pacientes en coma, hacer que dos cerebros interactúen a través de un dispositivo electrónico -en una suerte de telepatía asistida- o descifrar sueños."

La historia de la comunicación con pacientes en coma es una de las más increíbles del libro, y fue un proyecto del cual el autor formó parte cuando estaba investigando en París. En 2006 se descubrió una manera muy rudimentaria (pero efectiva) de "observar la imaginación". Cuando a una persona se le pide que se imagine que juega al tenis, se activan regiones del cerebro muy distinguibles de las que se encienden cuando se le pide que se imagine que recorre una casa. Algunos pacientes en coma (no todos) llegaron a contestar preguntas con esta suerte de código morse: imaginando una acción o la otra para decir "sí" o "no".

A diferencia de otros libros sobre el cerebro, Sigman apela muy poco a la primera persona. Pero el texto es sumamente personal, y buena parte de las historias que se cuentan tienen que ver con investigaciones propias, o en las que el autor colaboró. Sin tecnicismos y con un agregado de mucha pasión y disfrute por el objeto estudiado: el adjetivo más usado por lejos por Sigman para describir trabajos científicos es "precioso". Como el Gollum de Tolkien y el anillo ("My precious?"). O como la travesía de Frodo y Sam, porque el autor plantea en todo momento el relato como un viaje, en este caso por los senderos más desconocidos de la mente humana.

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