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Donald Trump: el magnate populista

Con un discurso demagógico que escandaliza a los liberales, irrumpió en la campaña presidencial de los Estados Unidos. Muchos no lo toman en serio, pero otros empiezan a preocuparse

Ciudadano Trump: con gritos y gestos ampulosos, el precandidato republicano hace oír su polémico discurso
Ciudadano Trump: con gritos y gestos ampulosos, el precandidato republicano hace oír su polémico discurso.
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LA NACION
Domingo 25 de octubre de 2015
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NUEVA YORK

A la mayor parte de la gente, lo que más le impresiona de Donald Trump es su pelo –partiendo de la base de que no es un peluquín, que es toda otra discusión en sí–. Recientemente, en el festival de cine de Toronto, distintas celebridades opinaban, ante la cámara, sobre cuál era la mejor manera de describir su color. "Salmón en mal estado", lo definió Kristen Stewart; "beige rosado", opinó la mayoría (Emily Blunt, Jason Bateman, Brian Cranston); "popó de perrito enfermo", lo describió Evan Rachel Wood. La más sofisticada, Lady Helen Mirren, dijo que era el color exacto de un Aperol Spritz. "Es algo que toman mucho en Italia –tuvo que explicar para el público norteamericano–. Delicioso, pero que luce terrible". Sin embargo, a Graydon Carter, célebre editor de la Vanity Fair norteamericana, lo que siempre le llamaron la atención fueron las manos del actual precandidato republicano a la presidencia, y desde hace 25 años que se refiere a él como "un ordinario de deditos cortos" ("short fingered vulgarian"). De lo que toda la Gran Manzana estuvo hablando la semana última fue que, en el editorial del número de noviembre de su revista, Carter confiesa que al día de hoy Trump le envía fotos de su persona, con las extremidades –que obviamente considera de tamaño normal de punta a punta– resaltadas con marcador dorado. "Pero yo sigo pensando que tiene dedos cortos", subraya el periodista.

La anécdota muestra el poder que tiene cualquier historia mínima y totalmente irrelevante de Trump de paralizar a la prensa pase lo que pase de gravedad en el mundo. Pero si fuera puramente un bufón, como tantos pensaban originariamente, ya hubiera desaparecido de la escena hace mucho tiempo, porque hay un límite a lo que el público puede tolerar como mero entretenimiento dentro de la política si no va un poco más allá.

¿Y cuál es ese más allá? Aunque a sus detractores les de repulsión, Trump diría que su vida y actitud son una auténtica expresión de los ideales norteamericanos. Repetidos estudios han determinado que los estadounidenses valoran el individualismo más que otras naciones y que están más dispuestos a llamar la atención sobre sí mismos. Que hay una cierta reverencia hacia quienes toman riesgos en la búsqueda del premio mayor, aun cuando fallen. Y que el americano promedio está dispuesto a tolerar grandes diferencias en dinero, educación y salud con tal de preservar la oportunidad de que uno pueda ser alguno de esos ganadores en la carrera de la vida, sin importar cuán bajas sean las probabilidades. Tampoco está mal visto autopromocionarse. Donald Trump "puede hacer sonar su corneta un poco más fuerte que el resto de los americanos, pero lo hace con la música correcta" para el oído local, sostiene Michael D’Antonio, quien hace este análisis en su flamante biografía Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success.

Donald Trump nació en el barrio neoyorquino de Queens en 1946. Su padre, Fred, era un desarrollador inmobiliario de las afueras de Manhattan. Su madre, Anne Mc Leod, era una inmigrante escocesa. Trump creció con un hermano y dos hermanas, una de las cuales, Maryanne Trump Barry, es hoy una jueza federal de gran prestigio y bajo perfil.

Trump fue a una escuela privada local y luego fue enviado pupilo a la Academia Militar de Nueva York a los 13 años después de que le diera un trompazo a su profesor de música de segundo grado porque "no consideraba que él supiera lo suficiente sobre música", según escribió en un libro de 1989. En la secundaria estuvo a cargo de la limpieza de las armas, un gran honor que hacía de manera meticulosa. Perfeccionista nato, a sus compañeros les llamaba la atención también la forma en la que doblaba, de manera tanto más impecable que el resto, sus calzoncillos.

Según Trump, esa escuela le dio más entrenamiento militar que la de muchos que luego hicieron carrera en las fuerzas armadas. Sin embargo, de lo que más suele vanagloriarse es de haber hecho su carrera de grado en Wharton, la escuela de negocios de la Universidad de Pennsylvania. Según repitió en diversas oportunidad, su título muestra que tiene la sabiduría y el cerebro para liderar la nación "como un supergenio". Sin embargo, en su paso por la universidad (a la que se transfirió después de hacer el primer año de carrera en la Universidad jesuita Fordham, en el Bronx), de ninguna manera fue un líder entre los estudiantes.

El consenso entre sus ex compañeros es que hablaba mucho sin causar mayor impresión en clase, y no participaba de la vida en el campus. Por el contrario, todo su tiempo libre lo dedicaba a ver cómo podía usar su ventaja como hijo de un desarrollador inmobiliario prominente para tener un comienzo temprano en una carrera en los negocios. Y esto se los decía a todos. Porque a diferencia de muchos de los alumnos a su alrededor que querían enriquecerse de la manera típica en las familias patricias que mandaban a sus descendientes a una institución Ivy League –es decir, de manera discreta–, Trump no tenía problema en gritar sus ambiciones. "Era una época en la que todos iban de preppies con blazers de tweed y corbatas a lunares a la escuela de negocios –recordó un compañero hablando para The Boston Globe–. Él, en cambio, que iba de traje y con un buen sobretodo: ya lucía más bussiness".

Entre quienes no sucumbieron por las prendas de oficina estuvo Candice Bergen, que acababa de ser nombrada Miss Universidad de Pennsylvania, antes de saltar a la pantalla y volverse famosa en el papel de Murphy Brown. Trump se lo tomó bien. "Ella era un belleza. Estaba saliendo con hombres de París de 35 años, todo ese rollo. Yo hice mi movida. Y debo reconocer que ella tuvo el buen tino de contestar "de ninguna manera'", confesaría luego The Don, como lo llaman los medios.

"No GÜEY"Los inmigrantes, especialmente los de origen mexicano, se convirtieron en los grandes enemigos del discurso xenófobo de Donald Trump
"No GÜEY"Los inmigrantes, especialmente los de origen mexicano, se convirtieron en los grandes enemigos del discurso xenófobo de Donald Trump.

Pero mujeres bonitas nunca le faltaron. En 1977 se casó con la modelo checa Ivana Zelnícková, y tuvieron a Donald, Jr. (1977), Ivanka (1981), y Eric (1984). Los tres hijos fueron a Wharton y en la actualidad trabajan con él. Luego, en 1991, a Ivana la dejó por la actriz Marla Marples quien declaró que con él tuvo "el mejor sexo de su vida". Fruto de esa relación fue Tiffany, hoy también en la Universidad de Pennsylvania. En el interín salió con Carla Bruni e inundó a la princesa Diana de Gales con flores y regalos tras el divorcio de ésta con el príncipe Carlos. Se vieron en repetidas oportunidades y no haber podido seducirla es su "único lamento en cuanto a mujeres", según escribió en su libro The Art of the Comeback.

En la actualidad Trump está casado con la eslovena Melania Knauss, con quien tuvo a Barron William en 2006. Pero fue el triángulo amoroso con Ivana y Marla lo que más marcó no sólo su relación con la prensa sino también a la prensa en sí. "Mi padre fue una de las personas que cambiaron la forma en la que los medios tratan a las celebridades. Y no hay nada fuera de límites en realidad. Algunas de las tapas de The New York Post en el momento del divorcio Donald/Ivana posiblemente fueron determinantes en ese cambio. Antes era un mundo distinto", reconoció Donald Jr.

Hoy Trump claramente odia al establishment político pero, aun más, a los periodistas. Cuando Timothy O'Brien, un reportero del New York Times, escribió un libro asegurando que Trump no es tan rico como dice, le hizo un juicio millonario. Trump lo perdió, pero los gastos en abogados para la editorial fueron tan monumentales que ésta, en el fondo, perdió también. Lo que más le gusta es evitar a los medios directamente, y comunicarse con sus seguidores por las redes sociales, en especial por Facebook y Twitter, lo cual, sin embargo, también le trae problemas. "En Twitter vas a decir cosas de las cuales te arrepientas porque las estás haciendo de manera instantánea, ¿Ok? Pero lo que yo hago a los demás no es nada en comparación a lo que me hacen a mí. Sólo basta mirar las burlas violentas sobre mi pelo que hacen todo el tiempo", declaró a su biógrafo.

Típicamente el intercambio será que una celebridad X dice: "Trump usa la peor peluca jamás usada", a lo que él responde cosas como: "La celebridad X debería hacerle un juicio a su cirujano plástico". Pero pocos se han beneficiado más de la obsesión por las celebridades que inundaron el discurso público que él. "Y su análisis es totalmente autorreferencial –sostiene D'Antonio–. Los periodistas y los medios en general son buenos o malos según cuánto lo alaben o critiquen". Y no hace diferencias ideológicas. Con quienes más se pelea es, de hecho, con los comentaristas del canal Fox, emblema republicano y de la derecha norteamericana.

Con su tercera esposa, Melania Knauss
Con su tercera esposa, Melania Knauss.

No siempre lo que dice lo beneficia. Pero su genio está en que a los pasos en falso supo transformarlos en viva prueba de que, a diferencia de los candidatos habituales, él no tiene filtros y no tiene un gurú con encuestas y teorías dictándole qué decir. Trump ha convertido a su combativa marca de autenticidad en el centro de una campaña muy poco convencional y que lo tiene dominando las encuestas de opinión.

Recientemente otro candidato republicano le recriminó no tener propuestas claras de política exterior. "Para qué voy a decir lo que voy a hacer cuando sea presidente como hacen ustedes –improvisó–. ¿Para que nuestros enemigos se vayan preparando?". No es de candidato serio, pero la lógica de la respuesta no es tan fácil de destruir.

Otro punto interesante es que, a diferencia del resto de los candidatos republicanos, al no recibir fondos de donantes puede mantener posiciones asociadas con la izquierda, o la ultra izquierda, que, más allá de cuestiones ideológicas, serían impensables para candidatos que sí necesitan recibir dinero de Wall Street. Por ejemplo, sostuvo que es absolutamente injusto que los profesionales –profesores, dentistas, veterinarios, incluso banqueros trabajando para grandes instituciones– tengan que pagar más de la mitad de sus ingresos en impuestos mientras que quienes están en fondos de inversión, que son los nuevos reyes del sector financiero, paguen menos de un cuarto.

Trump levantó enormes edificios y casinos, pidió plata prestada para hacerlo, tuvo que llamar a concurso de acreedores (nunca digan que se fundió con esas palabras, o viene un juicio), volvió como una marca que frecuentemente necesitó de socios mucho mayores para subsistir, fue golpeado casi mortalmente por la crisis financiera, y de alguna manera sigue aquí. Porque, sobre todo, logró convertir como nadie a la celebridad en ganancia neta.

¿En qué va a quedar su pelea por la presidencia? Cerca de los 70 años y con el dinero suficiente para financiar una carrera presidencial sin la necesidad de donantes, está es la última oportunidad que le queda para mudarse a la única residencia en el país que él consideraría una dirección más prestigiosa que la Trump Tower. Pero si no funciona, lo peor que le puede pasar es tener horas y horas grabadas para otro reality show. Y la marca Trump, con todas sus polémicas, es ahora infinitamente más conocida en el mundo entero. Para él, es pura ganancia. Pero el efecto no es pura diversión. Movió el discurso muy a la derecha, sobre todo en un tema clave que hace a la identidad americana como es la inmigración. Trump puede estar dando al sistema político estadounidense el sacudón violento que muchos piensan que necesitaba. Sin embargo, sus efectos, aun si Trump sale de la carrera, para muchos millones de personas pueden llegar a estar lejos de ser graciosos.

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