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Los refugiados, en un mundo sin paraísos

Lunes 26 de octubre de 2015
PARA LA NACION
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No hay divorcio entre la civilización y la barbarie. Por el contrario, la barbarie habita en el corazón mismo de la civilización. Así como la belleza puede ocultar el espanto y transformar el horror en arte, tras el brillo o el esplendor de una civilización queda velada, siempre, su procedencia de crueldad o de sangre. No hay progreso en este sentido: sólo cambian los tiempos, sólo cambian las formas.

La palabra "barbarie" lleva las marcas de su origen. Dicen que fueron los griegos quienes acuñaron este vocablo para nombrar a los extranjeros. Dicen que a sus oídos la lengua de los otros les sonó a balbuceo. Dicen que la palabra "barbarie" comenzó por ser una onomatopeya: "bar-bar", cuyo sentido, desde el origen fue despectivo. Por fuera de las fronteras, por fuera de la lengua del imperio, cualquier otro era inferior, brutal, inculto.

El extranjero, es decir, el bárbaro, es ese inquietante extraño. El otro, tan próximo y a la vez tan ajeno, se hace acreedor de hostilidades. Es decir que el semejante, visto desde los ojos de algunos, se convierte en una fuente de amenaza, de codicia, de sospecha. Entonces, ese mal que se supone en el otro, vela el mal que habita en cada uno. Esto se llama, sin eufemismos, segregación o xenofobia.

Hoy, en nuestros tiempos, en ese mismo mar de los griegos, millones de personas huyen desesperadamente hacia el exilio. Huyen errantes y desposeídos. Millones a los que llamamos refugiados, aunque se les niegue el refugio.

Ese mar es el mismo que surcaron todas las civilizaciones antiguas. Ese mar es el mismo en donde comenzó casi todo. El mar que cada civilización nombró de distintos modos: "Mar Nuestro", "Mar Blanco", "Gran Mar", "Gran verde". Ese mar es, hoy, otro nombre del genocidio.

Es que, como dijo Walter Benjamin, "no hay testimonio de civilización que no lo sea también de barbarie": lo que fue aventura, vientos, fertilidad, arte y ciencia, fue también codicias, poderío, guerra. Lo que ayer fue cuna, hoy es tumba.

Y, aunque estas cosas ocurran actualmente en ese lugar tan lejano, no olvidemos que en este recóndito país del sur, nosotros también somos hijos de una conquista brutal y hemos tenido nuestro matadero.

Es que parece ser que en el hombre coexisten, primigenias, dos fuerzas antagónicas: una de vida y otra de destrucción: Eros y Tánatos. Es de este doble linaje del que desciende lo humano. Hay en los hombres una hostilidad primaria a cuya satisfacción es necesario renunciar para no eliminarnos unos a otros. La cultura se asienta en las vicisitudes de estas dos pulsiones, la que pugna por la vida o la que pugna por la muerte.

Sólo a la ingenuidad le cabe un sentimiento de asombro. Al menos, tengamos la sospecha de que no existen paraísos, ni perdidos ni por venir.

Psicoanalista, miembro de Freudiana, institución de psicoanálisis

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