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La derrota del conformismo kirchnerista

La rebelión de votos que golpeó al oficialismo, especialmente en zonas populares, muestra el agotamiento del relato oficial y ofrece una oportunidad inédita para el comienzo de una nueva etapa en el país

Martes 27 de octubre de 2015
PARA LA NACION
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Foto: Sebastián Dufour

La sociedad argentina sorprendió una vez más con su disposición a dar vuelta la página de la historia sin avisar, y de modo inapelable. Se rebeló contra un sistema de poder que parecía haber madurado lo suficiente para institucionalizarse, bloquear cualquier desafío o alternativa y convertir al Estado en un instrumento tan dócil como irresistible. Pero al igual que sucedió con el sistema de medios oficialistas creado en estos años, se probó que una cosa es armar aparato, llenar de militantes la escena y hacerse de audiencias cautivas, y otra muy distinta es lograr que éstas se crean el relato que se les inocula y acepten que no merecen nada mejor.

Primer dato: a Scioli le fue bastante peor el domingo que en las PASO. Sumó unos pocos votos y en el porcentaje cayó por la enorme afluencia de votantes que no quiso perderse la oportunidad de participar en una elección histórica, decisiva para sus vidas.

Debió influir en parte que la oposición fiscalizó mejor ahora que en agosto en zonas periféricas de las grandes ciudades y el norte del país. E influyó seguramente también Aníbal Fernández, una monada imposible de vestir de seda. Pero el motivo más general fue el fracaso del argumento conformista: "conservemos lo que tenemos y no cambiemos porque puede ser para peor", una idea repetida hasta el hartazgo que generó precisamente eso, hartazgo. Muchos que fueron ganados por la estrategia del miedo dos meses atrás ahora se decidieron a cambiar.

Segunda cuestión: se ha extendido un quiebre en la base social y territorial del peronismo, que perdió votos incluso en distritos que controló por décadas con amplia hegemonía. Mérito de una buena campaña de Massa y de un planteo tranquilizador de Cambiemos sobre los planes sociales: "No van a perder lo que tienen, pero no se conformen con eso, porque apenas les alcanza para seguir en la pobreza". Y un inverso demérito de Cristina: meter todo el tiempo la cuchara con la cadena nacional, imponer, además de a Aníbal, a Axel Kicillof y Zannini, y forzar a Scioli a la sumisión total.

De ese quiebre del voto de sectores populares contra el aparato peronista resultó buena parte de la sorpresa del domingo: sin ánimo de disculpar a todos los encuestadores, hay que reconocer que en esta ocasión más que las mentiras que ellos nos hayan querido vender pesaron las que les vendieron a ellos sus encuestados. Probablemente más por miedo que por vergüenza ante un aparato que conocen demasiado bien, muchos en el conurbano y otros lugares parecen haber ocultado el voto hasta último momento. De allí que Macri, Vidal y sus candidatos a intendentes mejoraran su desempeño, además de en capas medias, en sectores bajos que ignoraron las advertencias oficialistas de no votar "el ajuste" de "los porteños ricos trasplantados".

Al hacerlo, estos votantes rompieron un cepo opresivo de décadas. Y dieron a esta elección su significado más novedoso: la volvieron una rebelión de la sociedad contra el Estado, una versión popular y electoral de las rebeliones del campo en 2008, o las de clase media contra el "Vamos por todo" de 2012 y 2013. Una fuga en masa por encima de los alambrados que impone el clientelismo y la vigilancia cerril practicada sobre las áreas periféricas de nuestro país por el aparato estatal y paraestatal que se hace llamar "poder público" para degradarlo.

Una elección, en suma, que además de revalidar los principios y las prácticas de la competencia política autoriza a ser optimistas sobre nuestra democracia. Y que evoca en todo esto la de 1983. Igual que entonces, una sociedad hastiada les dio la espalda a las tradiciones y los aparatos, y votó, sin avisar, por el cambio. ?Con al menos dos salvedades.

En primer lugar, en este caso se votó también, y por sobre todo, contra una elite encaramada desde hace más de 20 años en el Estado, al que ha intentado convertir en su patrimonio. Alfonsín venció a la historia cuando derrotó desde el llano a un peronismo que compartía con él esa situación. Ahora fue derrotada la idea de que sólo desde el poder estatal se pueden crear voluntades políticas. Una convicción que los Kirchner quisieron convertir en regla inamovible, que la sociedad argentina avaló mientras el unicato parecía compatible con cierto crecimiento y derrame, pero se cansó de consumir en los últimos años.

Por otro lado, hay que advertir que Macri y Cambiemos vencieron ayer más con las armas del realismo que con las de la ilusión: no prometieron el oro y el moro, no anunciaron que de su mano se iba a "comer, educar y curar" ni que iba a caer ningún otro maná del cielo. Apenas ofrecieron una muy pedestre administración racional de las cosas, el fin de las locuras, el camelo y el despilfarro. Con eso no agitarán mucha pasión ni entusiasmo, pero por ahí es una ventaja más que una limitación: podrían eludir la mayor dificultad que en su momento desveló a Alfonsín, una abismal tensión entre expectativas y posibilidades.

Los argentinos no somos muy duchos que digamos en emprender cambios preventivos. Cuando algo da un mínimo beneficio inmediato, aunque acumule costos futuros cada vez más amenazantes, tratamos de sacarle jugo hasta el último minuto, ignoramos los problemas y después a juntar los pedazos.

Las políticas económicas de Kicillof son un buen ejemplo de ello. Y la gran pregunta que tenemos por delante es si va a ser diferente esta vez, si queremos realmente que sea diferente: si es posible salir del brete en que estamos antes de que estallen por el aire las inconsistencias acumuladas.

Que la versión sciolista de este problema no haya resultado avalada en las urnas el domingo es por todo lo dicho también motivo de sorpresa. Su apuesta por un "gradualismo sin costos" se parecía mucho a esa pastillita de autoengaño que solemos consumir cada vez que en el horizonte despunta la tormenta. Pero también es cierto que esa opción aún puede imponerse y la visión alternativa tiene que resolver todavía serias dificultades.

Sin ir más lejos, Scioli podría ahora, liberado del lastre de Aníbal, y en caso de contar con una menos mezquina colaboración de Cristina (difícil, claro, pero imaginémosla por un momento tomando los resultados como su propio "baño de humildad"), acorralar a Macri con dos argumentos difíciles de refutar: que en el clivaje peronismo-antiperonismo él sigue siendo la minoría y que en el que opone a progresistas-distribucionistas-estatistas contra neoliberales-ajustadores-devaluacionistas le va peor todavía.

La ola del cambio tiene aún que resolver estos desafíos si pretende sortear los obstáculos que han bloqueado las reformas modernizadoras y democráticas en nuestro país una y otra vez. Y mientras lo intenta debe todavía ganar una elección difícil.

Aunque después de este domingo esa alternativa tiene una oportunidad inédita en la mano. Porque además de un sosegado pero ajustado realismo reformista y de la capacidad de dar voz a la sociedad frente al Estado, corre a favor suyo la vacancia de un discurso que unifique a la Nación. Scioli, que siempre se esmeró en tenerlo, dejó peor que nadie a la luz esta falencia la noche de la elección. Porque les habló al peronismo y al progresismo, pero fue incapaz de hilvanar un discurso comprensivo para todos los ciudadanos, a los que insólitamente llamó "indecisos".

Algo que los Kirchner por más que se la pasaron identificándose con la patria y el pueblo tampoco lograron hacer. Pues les resultó siempre más tentador desconocer a las minorías en nombre de una mayoría supuestamente disciplinada y perenne.

Ahora que somos todos manifiestamente minorías, quien sea capaz de hablarnos a todos, incluidos quienes no lo van a votar, y ofrecer una idea de nación tendrá la llave de la representación ciudadana. Al menos hasta aquí Macri lleva varios cuerpos de ventaja en esta tarea.

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