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Dos millones y medio de espectadores, en una fiesta de principio a fin

Pese a la rápida eliminación de Inglaterra, el Mundial de rugby resultó un éxito organizativo, además del deportivo: los estadios estuvieron ocupados en un 95 por ciento

Sábado 31 de octubre de 2015 • 19:33
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LA NACION
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Foto: AP

LONDRES.- "Too big to miss" ("Demasiado grande como para perdérselo") anunciaba hace 44 días la organización de Inglaterra 2015. Nadie se lo perdió, finalmente: 2,477.805 espectadores récord vivieron el mejor Mundial en la historia del rugby, que ayer se coronó con el título de los All Blacks ante Australia en Twickenham.

Cuesta imaginar un Mundial más exitoso luego de que los estadios tuvieran capacidades al 95% y que cerca de medio millón de turistas del mundo coparan desde Newcastle, en el noreste, a Exeter, en el sudoeste, cada una de las once ciudades de la Copa en Gran Bretaña.

Ni la pronta eliminación de los dueños de casa pudo aplacar el furor por el rugby en estas tierras. Sin Inglaterra en la fase eliminatoria, se preveía que el entusiasmo por el Mundial mermaría. Pero la ovalada prevaleció: las canchas siguieron llenándose y los seleccionados del Hemisferio Sur, con su juego vistoso, saciaron el paladar de todos hinchas para que el espectáculo estuviera garantizado hasta la final.

Igualmente, los ingleses, que hace un mes quedaron al margen del torneo, habrán sentido orgullo en Twickenham al ver la Union Jack en las banderas de Nueva Zelanda y Australia durante los himnos de los equipos. Vaya si tenían el pecho inflado que por primera vez desde la eliminación de la Rosa se volvió a escuchar el clásico himno rugbístico "Swing Low, Sweet Charriot" dos veces durante el partido y con una fuerza suficiente para opacar a los ruidosos kiwis.

Aunque los australianos son creativos y ruidosos -en las series de la Copa Davis dan la nota siempre-, fueron los neozelandeses los que ganaron la batalla en las gradas, como los de negro en el campo.

El mundo del rugby tuvo su final perfecta: intensidad, emoción y adrenalina precedieron a la coronación de Nueva Zelanda como bicampeón mundial ayer ante Australia.

El tiempo también acompañó a la tarde y al Mundial. Contradiciendo la idea generalizada de que "en Inglaterra llueve 300 días al año", la gran mayoría de los 48 partidos se jugaron sin agua y en condiciones agradables para los espectadores, como pasó ayer en Twickenham.

Poco importó para los demás hinchas que sus selecciones no estuvieran en la definición: el Mundial lo ganó el equipo que juega más lindo, el que despierta más entusiasmo al margen de los colores o rivalidades. Por eso hinchas franceses de boina, sudafricanos con camperas verdes y argentinos con pelucas celestes y blancas hacían fila para sacarse una foto con el micro de Nueva Zelanda en la puerta del estadio.

Nadie se la quiso perder a la final: además de los All Blacks, los únicos que no se quedaron afuera fueron los revendedores. Como en cada uno de los diez partidos en Twickenham, los oportunistas se anunciaban a los gritos. Pero ayer por la tarde sólo había hinchas genuinos que querían comprar entradas. "Viajé 26 horas para ver a los All Blacks, necesito un ticket", decía el cartón de Allison a metros de la catedral del rugby. Como ella, había decenas de fans rogando por un par de entradas. Pedían hasta 1000 libras por un ticket. Claro, cuándo más iban a ver a Nueva Zelanda campeón ante Australia en la catedral del rugby.

En la ceremonia, Inglaterra gastó todo el cotillón que tenía preparado para una coronación propia. Los cañones de humo, el juego de luces, el DJ, los hombres vestidos de negro en el centro... por momentos parecía un casamiento. Luego, para el cierre, la organización se anticipó a las Fiestas de tantos fuegos artificiales que desplegaron en el cielo de Twickenham.

Después de la foto de los All Blacks con la Copa Webb Ellis en la mitad de la cancha, los hinchas neozelandeses invadieron los pupitres de prensa libres para ver de frente el haka de celebración, con la medalla de oro rebotando en el pecho. El capitán Richie McCaw lideró la última danza maorí de los hombres de negro, que se convirtieron en los primeros bicampeones del mundo. Era demasiado grande como para perdérselo.

sp/gs

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